Repaso exhausto del mes de junio

Pero este abotargamiento: ¿un lodo seco? Incomunicación pueril acompañada de un sincero y evidente deseo de encontrarse; así ha pasado junio.
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Frecuentísimos encuentros casuales. Reencuentros en el plazo de cuatro días, en un lugar distinto. Carcajadas insensatas. Presentación de personas nuevas (¿unas cincuenta?). Constatación de encuentros previos, ya olvidados. Amistades comunes. Noticias de nuevos contagiados. Noticias de amigos desde las islas griegas: “el paraíso”. Recomendaciones de secretismo. Fotos de chumberas y de limoneros. Dinero cutre. Dinero evaporado. Dinero bien empleado en el dispendio. Revelación del mal uso de las categorías bien y mal. Relecturas a una nueva luz: Apología de los ociosos, de Stevenson; Teoría de los cuatro movimientos, de Fourier. Discusiones delirantes de borrachos en la callecita de abajo, cada tres o cuatro días, de madrugada pero también a pleno sol. René Clément. Olor penetrante a pis en los arbustos detrás de las casetas. Bromas de editores sevillanos sobre la canícula. La jardinería como posibilidad. El vergel como única esperanza. Riego y poda. Módulos. Cambio de dieta: primero por el calor; de manera inminente por el precio. Tomates y cerezas. Estupor ante la cuenta de la frutería. Temblores entre las estanterías del supermercado. Cerveza helada. Espionaje de mesa a mesa en las terrazas. Asombro por el incansable afán ajeno por la conversación. Cambio de postura y establecimiento y divertido desarrollo de largas conversaciones. Monólogos. Monólogos por el pasillo. Plantas de los pies llenas del polvo del pasillo. Necesidad de salir de casa, de la ciudad, del país, de tu cuerpo, de la intolerable Vía Láctea. Conveniencia de salir. Pesquisas sobre rutas alternativas hacia los destinos y subsiguiente alteración en la percepción de las distancias. Algo llamado destinos. Desplome de lo administrativo. Caminos de hierro. Recolocación austrohúngara del mapa de Europa. Guías Baedeker. Correos desatendidos. Páginas amarillentas. Sensación de túnel neblinoso y brindis al difuso sol. Inconsciencia durante el sueño y brisa fresca, casi fría, al amanecer encima de las sábanas. Inconsciencia también durante el día, como atravesado por un cuerpo inexistente. Aun así, incursión en sendas nuevas, estas, sí, de línea clara. Intuición del cuerpo; percepción de la constancia de las corrientes psíquicas. Asombrosa capacidad de funcionar sin impulso aparente. Vuelo sin motor. Vencejos: este año menos. Más distantes. Huevos de torcaz en los balcones. Planes sobre piscinas sustituidos por siestas como bastonazos. Planes sobre el futuro sustituidos por imprecisión verdaderamente muy familiar. Resignación. Mentira: furia. Asombroso despliegue de fuerza física e ilusionantes sospechas sobre portentosa fuerza psíquica infrautilizada. Bíceps espirituales. Recordatorio de una secular ausencia de planes. Aceptación. ¿Vejez o zen? Expresiones de amor inesperadas: prodigiosa fuente de confianza. Vislumbre de las consecuencias de nuestros actos. Noticias tristes. Helicópteros con su sonido de escupitajo rítmico: ciudad sitiada. Policías en moto. Policías de pie, con los brazos en jarras. Descenso del tráfico. Barrios trasladados al mes de agosto por unos días. Caos desinflado. Horterada descomunal. ¿Otra vez con esas? Eterno retorno grotesco. Cuatro duchas diarias. Ropa seca en hora y media. Ropa repetida: uniforme. Gracias a una película barata, recuerdo conmocionante de la importancia del arte para la vida (imprescindible). Nostalgia de la conmoción estética, de la conmoción cordial. ¡Nostalgia de algún éxtasis, D’Alema! Nostalgia del lodo: ninguna. Pero este abotargamiento: ¿un lodo seco? Incomunicación pueril acompañada de un sincero y evidente deseo de encontrarse. Amabilidad extrema, por parte de conocidos, desconocidos y enemigos. En lugar de la previsible violencia, una cordialidad rescatada del fondo del estómago. Atractivo generalizado: encanto de los cansados como tú. Profunda sensación de hermanamiento. Ninguna resolución y una entrega al patinaje sobre los días, ¡qué pulidos! Asunción de la propia imbecilidad. Amor por la propia imbecilidad. Elucubraciones, como un rayo desechadas, sobre la naturaleza de la imbecilidad. Indiferencia por la propia imbecilidad, y por la ajena. Insistencia en el firme compromiso con lo irrealizable e inútil, por todas las partes, con gran entusiasmo y choque de manos. Ofrecimientos de toda índole: materiales, intangibles, electrónicos, posponibles. Lo siempre visto. Incredulidad agradecida. Manía y depresión, pasividad y agresividad. Manía contra pasividad y depresión contra agresividad. Todas las combinaciones (seis: ¡qué pocas!). Agradecimiento por la dicha de la infancia. Olvido de los sinsabores de la infancia. Borrado de recuerdos. Más recuerdos que en mil años. Un rey de un país lluvioso. ¿Preparación para algo, acaso un mundo nuevo? Pequeñas y abundantes hogueras una noche larga y cálida en recuerdo de un santo levantino. Deseos escritos sobre la marcha en papelitos arrojados a un fuego encendido por otros. Repentina confianza en ritos nunca seguidos. Fuego sin dueño, rodeado de siluetas. Generosidad hacia los deseos ajenos. Fuego con dueño. Saltos inofensivos, fuertes aplausos desmayados, amabilidad extrema hacia el modesto arrojo ajeno. Invención total sobre unas brasas. Pero entonces: preocupación por el desarrollo del mes de julio. Reconocimiento de la imposibilidad de lo pretendido. Lo exahaustivo exhausto. Y aun así. 

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