Un almanaque perpetuo

‘Oscensario’ es una colección de personas y personajes de la historia de Huesca que logra un efecto muy curioso: hace ver la contemporaneidad de todo el mundo.
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Estaba pensando en cómo empezar a explicar lo especial que es este libro y me ha venido a la mente la imagen de un perro que se camuflase aguantando la respiración entre varios muñecos de peluche, sin moverse. Es lo mismo que hace E.T. en una secuencia de la película, entre los muñecos de los niños. Lo digo porque a veces los libros ocultan su verdadera naturaleza, quizá al esconderse entre otros, y me parece que este libro lo hace. Oscensario se hace pasar por un almanaque, y remeda su formato, pero sus textos acompañan y orientan como poemas. ¿Será entonces un almanaque perpetuo? “Lectura a salto de mata, cartilla en movimiento”: así lo presentan sus autores, Javier Sáez Castán y José Antonio Escrig. También lo llaman “retablo”, “suite”, “sillería de coro” o “espejo”. Se trata de una colección de personas y personajes de la historia de Huesca, desde los reyes de Aragón hasta Camilo, último ejemplar del oso pardo pirenaico, pasando por Javier Tomeo, la santera de la Virgen del Viñedo, Fidela Gardeta o Pepín Bello. Es decir, que la concurrencia es abundante y variada. Cada cual tiene su retrato. Las ilustraciones son de Javier Sáez Castán (Premio Nacional de Ilustración 2016) y los textos de José Antonio Escrig, aunque también JSC firma algunos de los textos, y hay algún otro escritor invitado. 

No sé cómo habrán concebido el libro, pero la estructura es una fantástica invención. Parten de un gran mural donde JSC ha retratado a plumilla a todos los personajes (y en el que se reserva un hueco para Usted, el lector), que aparecen como posando para una importantísima foto, la que los sacará a todos juntos, y salen mirando ligeramente hacia su izquierda. Al comienzo del libro, los autores comparten con nosotros las diez premisas para la selección de los personajes y la realización de los dibujos. La quinta dice “que se trate de primeros planos y que miren en la misma dirección, un punto indefinido que solo puede ser entendido como una dimensión metafísica…”, y la sexta que “sus gestos, lavados de penas y alegrías, no reflejen estado de ánimo alguno”. Estos personajes que se han juntado aquí se organizan luego, dentro del libro, en distintas categorías. Entonces a cada cual le corresponde su retrato (destacado del fondo gracias al característico color verde que es la única otra tinta que aparece en el libro y que sirve además de guía, pues muchas de las ilustraciones, manecillas y destacados aparecen en ese color), al que siguen unas líneas sobre sus méritos, su vida, su personalidad, su historia. A menudo un personaje remite a otro, indicado mediante una manecilla como en los libros antiguos. Y cada cual tiene su número. Aquí no están numeradas las páginas, cosa que por un lado hace pensar en un orden atávico y popular, pero no solo liberado de una convención sino organizado por el sistema, más necesario, de las afinidades electivas (porque quienes tienen adjudicado un número son las personas y no las superficies sobre las que están tendidos).

Vuelvo un poco atrás: los autores confiesan también al principio cuánto les ha costado establecer la división por categorías, y ofrecen un esbozo de teoría del paisanaje, que es “un trasiego de siglos entre persona fugaz y pueblo antiguo”, definición que comprenderemos en toda su extensión a lo largo de la lectura del libro, porque la manera en que aquí los personajes son rescatados no es a través de la colección de vidas más o menos saladas, sino que se advierte una concepción de la vida humana como un continuo al que unos acceden mientras otros se descuelgan, teniendo cada cual un tiempo para sus cosas, y en este girar hay algo que es eterno, en que todos llegamos a ser contemporáneos. Es un efecto muy curioso del libro, que te hace ver la contemporaneidad de todo el mundo.

La historia de cada cual rescata su intimidad y a la vez su relación con el mundo en que vivió, y si están enlazadas se nos sugiere. A veces podría verse como un coro de fantasmas, y en esto recuerda a Spoon River, donde cada cual tiene su oportunidad de presentarse, y cada vida se destila en su dignidad única e irrepetible. En cuanto a las coplillas que engarzan los perfiles, que a veces son coplillas y a veces remedan anuncios de otros tiempos, no sé si son rescatadas o de nuevo cuño, pero resultan inmediatamente populares en el sentido de Guénon (transmitir más que inventar). A veces se me ocurría que, por su amor por lo popular y por su percepción de los mundos sutiles, Oscensario es una mezcla entre Julio Caro Baroja y Novalis. Yo lo he ido leyendo en el orden que me iba apeteciendo, y esto del orden de lectura es algo que también han tenido en cuenta los autores, siempre atentos a los engranajes invisibles que no sé cómo han percibido, si no chirrían. Por ejemplo, proponen, o adivinan, la lectura lineal, la lectura en cajas, la lectura en zigzag o la lectura en esferas, y en la parte dedicada a la lectura en esferas insertan un parapegma o gráfico concéntrico que es una nueva manera de organizar a los personajes. El libro está iluminado, sí, gracias al foco que se detiene en cada rostro por turnos y porque las palabras también son imágenes que se dejan iluminar, porque hablan de todos estos vivos. 

Oscensario
Javier Sáez Castán
José Antonio Escrig
Diputación Provincial de Huesca, 2025


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