No recuerdo si bebía cerveza o agua de tamarindo. Tenía 24 años, era 1988 y estaba sentado a la mesa con Carlos Santana, en peculiar rueda de prensa –con chicharrón, guacamole y tortillas calientes– en el restaurante Arroyo, al sur de la Ciudad de México. El guitarrista estaba a unos días de presentarse en el estadio Nou Camp, en León, Guanajuato. ¿Qué artistas te interesan hoy en día?, le pregunté. “El Príncipe”, respondió al botepronto. ¿Prince?, repregunté para no dejar lugar a dudas. “Ése”, confirmó. No me sorprendió su respuesta: apenas habían transcurrido cuatro años del trancazo global de Purple rain, película y álbum, y desde 1985 Prince Rogers Nelson había declarado que, si bien se le comparaba con Jimi Hendrix, su mayor inspiración temprana había sido el guitarrista de Autlán, Jalisco, al que escuchaba en las noches por la radio.
Este martes 21 de abril se cumple una década de la muerte de Prince. Personaje singular y controvertido, es difícil regatearle el valor cultural que tuvo en la década de los 80, cuando reinó con Michael Jackson y Madonna en las listas de ventas y popularidad. Víctima, a sus cortos 57 años, del fentanilo que utilizaba para paliar dolores crónicos, sobre todo de cadera, Prince se destacó por su afortunada mezcla de funk, rock, pop y R&B. Su persona escénica parecía una calculada reinterpretación y síntesis del santoral de la música popular negra estadounidense de la segunda mitad del siglo XX: pizcas de Smokey Robinson, Little Richard, James Brown, Marvin Gaye, Stevie Wonder, Jimi Hendrix y Sly Stone. Y en su sonido también cabían The Beatles, Joni Mitchel o Fleetwood Mac. Como nativo de Minnesota, el multiinstrumentalista se preciaba de haber absorbido las más diversas influencias.
Precoz, productivo, prolífico y provocador, Prince desafió convenciones que se han ido desplomando desde hace décadas. No solo propuso una mezcla musical que iba más allá del gusto de la comunidad afroamericana, sino que logró sintetizar un exitoso crossover al alcance de todos los grupos étnicos y nacionalidades; asimismo, con su excentricidad y androginia cuestionó, de manera similar a Bowie –quien también se fue en 2016–, la rígida concepción y expresión de lo binario. En ambos sentidos, podría decirse que llevó al límite las batallas pacíficas de Sly Stone y Little Richard. No extraña que Simon Reynolds, en Como un golpe de rayo. El glam y su legado de los setenta al siglo XXI (Caja Negra Editora, 2017), incluya al “pequeño perverso polimoformo”, sus encajes, atuendos púrpura y letras provocadoras en su amplio recuento. Cita a su colega Barney Hoskyns, quien saludó a su álbum Dirty mind, de 1980 (“su primer clásico”), como “una versión glam–funk de Let’s get it on” y describió una presentación de Prince en Nueva York como “si estuviera viendo una combinación de Marc Bolan y Jimi Hendrix en el mismo cuerpo”.
Pianista desde los siete años –vástago de pianista de jazz y de aspirante a cantante convertida en trabajadora social y ama de casa–, contratado por Warner a los 18 años, ejecutante de todos los instrumentos de su primer álbum y productor del mismo (al despreciar a Maurice White, de Earth, Wind & Fire), Prince tuvo desde siempre los ingredientes necesarios para forjar una leyenda.
Puedo transportarme con facilidad a esa noche de 1984, a mitad de mi vida universitaria, cuando un grupo de amigos nos reunimos en el departamento de Vicky, en la Condesa, para ver Purple rain, que ella había rentado en un Videocentro. Hace unos días repasé el filme y confirmé que cinematográficamente es apenas pasable: una serie de videoclips bien hilvanados, un inofensivo ejercicio soft porn (la deslumbrante Apolonia Kotero se luce sin ser actriz), un contundente racimo de hits que ilustran la paradoja de ritmos que hacen convivir a un público heterogéneo y multiétnico en una sociedad que, hasta la tercera década del siglo XXI, supura agresivas tensiones raciales, y la primera de tres películas que son estudios de caso tanto de definición de marca personal como de simple y llano narcisismo. La cinta obtuvo el Oscar a la mejor banda sonora original en 1985.
Acérrimo rival de Michael Jackson, Prince también desplegaba un agudo falsete que destaca en sus mejores baladas. Tenía un arrollador sentido del ritmopero, a diferencia del otrora Jackson 5, no requería de un Eddie Van Halen para engalanar con pirotécnicos solos de guitarra sus mejores hits, porque él mismo fue uno de los mejores guitarristas de su generación, uno que, en despliegue de virtuosismo y sentimiento, pudo tocar el solo de “While my guitar gently weeps” con Tom Petty, Jeff Lynne, Steve Winwood y Dhani Harrison, hijo de George, en el homenaje al ex Beatle que es todo un clásico de YouTube.
Imposible que la historia universal de la música popular no le conceda a Prince un sitio privilegiado por su marcado interés en la sexualidad y el erotismo y su abierta manera de abordarlos, con frecuencia de modo explícito, en sus canciones. El recuento de las batallas culturales del siglo XX tampoco podrá obviar que su canción “Darling Nikki”, en donde la protagonista se masturba al mirar una revista, llevó a una escandalizada Tipper Gore, cónyuge del entonces senador Al Gore, a la postre vicepresidente de los Estados Unidos de América impulsar las etiquetas de “Parental Advisory” en los discos, que acaso los hicieron más deseables entre los jóvenes.
Jamás se me hizo escuchar en directo al imparable performer, al arrollador showman; la vez que creí estar cerca –en 1993, en Los Ángeles–, apostado en una taquilla de Ticketmaster, volaron en cinco minutos los boletos para tres presentaciones en el Universal Amphitheatre. En Minneapolis y en torno a su complejo Paisley Park, Prince fue una suerte de promotor cultural que no solo armó robustas y proficientes bandas para acompañarle (The Revolution y New Power Generation), sino que también impulsó y protegió a talento diverso: Wendy & Lisa, The Time, Vanity 6, Apollonia 6, Sheila E, Carmen Electra y 3rdeyegirl (algo así como un The Warning funk–rock). En Paisley Park se celebrará este 21 de abril el evento A day 2 reflect / A night 2 remember y del 3 al 7 de junio se realizará la Prince Celebration 2026 con conciertos de sus allegados.
Compositor de gran sentido melódico, creó caramelos pop para Sinéad O’Connor (“Nothing compares 2 U”), The Bangles (“Manic Monday”), Chaka Khan (“I fell for you”), Stevie Knicks (“Stand back”) y Sheena Easton (“Sugar walls”). Propongo que todo melómano curioso le eche otra buena oída a los covers que Patti Smith hizo de “When doves cry”, Steven Wilson, el ex Porcupine Tree, de “Sign o’ the times”, Tom Jones y David Gilmour de “Purple rain”, y Foo Fighters de “Darling Nikki”.
Los recuentos de personas de su círculo más cercano hablan de alguien que casi no dormía ni comía; un imparable fabricante de música. De hecho, la acre disputa que tuvo con Warner fue resultado de la negación de la disquera a publicar material al ritmo que el artista deseaba. El conflicto se agravó al exigir la propiedad de los masters de sus grabaciones. Como se sabe, Prince comenzó a pintarse la palabra “Esclavo” en la mejilla hasta que abjuró de su nombre artístico, sustituyéndolo con un símbolo y dando lugar a que la prensa lo llamara The Artist Formerly Known As Prince (TAFKAP), o The Artist, a secas. Es lamentable que la libertad artística que ganó al desligarse de Warner no se tradujera en mayor reconocimiento a su cuantioso trabajo. Lo cierto es que su época en el conglomerado dio grabaciones sobresalientes, sin mácula, con mucho punch comercial y fascinante mezcla de géneros: ahí están 1999 (1982), Purple Rain (1984) y, sobre todo, Sign o’ the times (1987), un álbum doble que es, sin reparos, su obra maestra (algo así como el What’s going on o el Songs in the key of life de Prince), un torrente vigoroso con la ambición y las cualidades de las grandes obras de Duke Ellington, Miles Davis, Stevie Wonder, Marvin Gaye y Michael Jackson. Los años devastadores de la epidemia del SIDA, que ahora parecen lejanos, provocaron ese mosaico en donde conviven el soul y el R&B más refinados, el funk más infeccioso y movilizador con un rock tan potente y decidido que nunca será patrimonio exclusivo de supremacistas (a fin de cuentas, el rock, en su esencia, es pura negritud).
No sé si es coincidencia que por estos días, cuando se cumplen diez años de la muerte de Prince, se estrene la biopic Michael, sobre Jackson. Este invitó al de Minneapolis a colaborar en “Bad”, pero aquel declinó la invitación; tampoco aceptó formar parte de esa feria de celebridades que dio lugar a la balada de buenas intenciones “We are the world”. Se escudó en una timidez que, aunque documentada, resulta paradójica con su exuberancia y despliegue en los escenarios.
Todos los registros visuales muestran a un Prince que gozaba estar sobre el escenario; un general del entretenimiento a la James Brown, Sly Stone y también a la Michael Jackson, con metales, coristas y nutridas y jubilosas troupes. Su última gira, “Piano & a microphone tour”, que se desarrollaba cuando sobrevino su sorpresivo deceso, lo mostraba solo sobre el escenario, en plan íntimo. Versionó “Heroes”, de Bowie, ante la partida del inglés, sin saber que tres meses más tarde lo alcanzaría. Afirmo ahora que ya son héroes, de amplio y rico legado, forever and ever. ~