Max Aub regresa a La Habana y se horroriza

Max Aub visitó Cuba a finales de los años 60. Su desencanto ante la dureza de la vida en la isla y el acercamiento de Castro con la URSS sirve para leer la actualidad cubana.
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Leía hace semanas unos apuntes sobre la situación cubana, escritos en Facebook por Ileana Medina, quien lleva unos 30 años exiliada en Santa Cruz de Tenerife. La periodista volvía sobre la necesidad de millones de cubanos de avizorar un futuro diferente, aunque, por mucho que le escueza a buena parte de la izquierda, el cambio, de llegar, esta vez podría venir de la mano del tándem Donald Trump/Marco Rubio. Quedaría cerrado así un capítulo de casi 70 años de colectivismo, imposiciones, experimentos, adoctrinamiento y represión, que daría paso a otro momento igual de trabajoso, pero marcado por algo que hace décadas se perdió: la ilusión.

Luego leí lo escrito por una internauta, que supuse sea una amiga española de Medina Hernández. En loable acto de solidaridad, la comentarista escribió: “Imagino que como en España con Franco, nos hubiese dado igual cómo y quién, pero que hubiesen acabado con la tiranía”, a lo que, con la franqueza que la caracteriza, la cubana acotó: “Ya te digo yo que la vida en la España de Franco era un jardín con respecto a lo que es Cuba hoy”.

Aparté entonces esa balanza con la que comparamos una cena con otra, este amor con aquel, una dictadura con la de más allá, y pensé en Max Aub.

Escritor, dramaturgo, intelectual activo, Aub nació en París en 1903, se trasladó a Valencia, vivió con ilusión la Segunda República (de la que fue agregado cultural en Francia) y con dolor el llamamiento del bando sublevado de julio de 1936. Tres años después huyó a territorio francés, fue capturado y enviado a varios campos de internamiento, antes de ser deportado a Argelia, donde también estuvo preso y escribió Diario de Djelfa. En 1942 logró embarcarse en Casablanca rumbo a Veracruz.

Pero la historia que nos ocupa ocurre más tarde. Treinta años después de exiliarse, Aub regresa a España con pasaporte mexicano y visa de tres meses, con el pretexto de escribir un libro sobre Luis Buñuel. Llega por avión a Barcelona, el 23 de agosto de 1969, y hasta el 5 de noviembre (“España está mal. Ya se le pasará”, escribe en el vuelo de regreso), visita Valencia, Madrid, Toledo, Zaragoza, Sitges, Calafell; se reencuentra con Damaso Alonso, Américo Castro, Gerardo Diego; se ve con Carlos Barral (“Señorito y marxista, como hoy se debe ser, sobre todo en Barcelona”), con Buero Vallejo (ese que un año antes le dijo al escritor cubano Lorenzo García Vega que los críticos de Fidel Castro no eran bien vistos en aquel Madrid franquista); conversa con Francisco García Lorca, hermano del poeta; cena con Núria Espert, dialoga con Sergio Pitol, pero, sobre todo, constata que a nadie, entre letrados y gente de a pie, le apetece regresar a las razones que lo condujeron al exilio. Ni los viejos hablan del pasado ni, lo que es peor, son severos como deberían con la dictadura. Todos preguntan qué le parece la nueva España. Todos quieren hablar del futuro.

“Estuve el mayor tiempo posible con gente joven o que lo fue hasta hace poco, extraños y familiares, ninguno me preguntó nunca nada acerca de la Guerra Civil –lamenta Aub al inicio de La gallina ciega (Joaquín Mortiz, 1971), el diario de sus casi tres meses en España–. Los periodistas me hicieron más de 50 entrevistas, en ninguna me preguntaron (…) nada acerca de la contienda”.

“Sencillamente –escribe más abajo–, les tiene sin cuidado. (…) Les importaba saber qué me parecía España, lo suyo, el futuro. ¿Lo digo sin amarguras?”

El sintagma “tener sin cuidado” se repite más de una decena de veces. Hay acritud y dolor en los diálogos con amigos que hicieron sus simples vidas en dictadura. Y hay debate. Le exaspera la paz (“Triste España, tan satisfecha de sí”), la ausencia de combate ideológico que respira en 1969 en el estado despótico con el que él no quiso convivir. Y le molesta “esta España nueva, híbrida, que les ha salido a los tecnócratas, banqueros y obispos conciliadores”.

En efecto, España no es la misma. El peso de la Iglesia en la vida de todos es ciertamente inferior: se vive menos “con el botafumeiro en la mano”, como describe Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la postguerra española. Las restricciones de agua, electricidad y alimento son cosa del pasado. Quedó atrás lo que la autora salmantina llama “período de convalecencia”. Hay menos promoción del ahorro y la moderación. Es la misma dictadura, pero a la “retórica mesiánica y triunfal”, sigo con Martín Gaite, hace rato que le salió al paso –siempre es más persistente la realidad que el deseo– la impronta de Ava Gardner, Marlene Dietrich, Rita Hayworth, entre otros. Porque la influencia de Hollywood era palpable incluso antes de que en diciembre de 1959 Dwight D. Eisenhower aterrizara en la base de Torrejón de Ardoz.

“El mundo se acabó. Sólo queda el tenis”, escribe Aub con agrura tras comer en un restaurante de Valencia con un amigo al que solo le interesa ir al club a jugar tenis. “Pero de lo que le importaba antes ¿qué queda?”. El viaje catártico de este escritor –un año y medio después de visitar La Habana– no puede despegarse de su mirada contra la modernización y la ligereza del ser, la despolitización y la inacción hedonista, el acomodamiento y la anulación del espacio político individual.

La gallina ciega es el contrapunteo entre la España que Max Aub dejó atrás, la que observa y la que esperaba ver. “Soy un turista al revés; vengo a ver lo que ya no existe”, apunta. Y sobre todo no le gusta que la gente haya dejado de hablar mal de Franco; él, que tan presente tiene al “timonel de la dulce sonrisa”, como lo etiquetó uno de esos periodistas lambones que se las arreglan para transitar por los caminos enarenados del poder.

Todo lo que concierna a Franco provoca escozor en Max Aub. Si ha cedido treinta años después es porque se sabe al arrastre de una insuficiencia coronaria, pero también porque necesita cerrar ese capítulo y ratificarse que México es el lugar donde cuajaron existencia y escritura. Aquí publicó en 1960 su cuento “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”, un relato ucrónico en el que el mesero mexicano Nacho Jurado concibe un atentado contra el Generalísimo, viaja a Madrid y se las arregla para asistir al desfile por el triunfo franquista. Solo persigue algo: que con este crimen cambie el juego político, regrese la República y se larguen de una vez los exiliados –atronadores, vocingleros, añorantes del pasado– que frecuentan el café donde labora en el centro histórico de Ciudad de México. Como los refugiados de esta historia, los cubanos llevamos años –antes y después de Facebook– ideando también un espacio donde respirar mejor.

Para colmo, Franco deviene pivote hacia un nuevo conflicto, Cuba, cuando en uno de sus debates con amigos en La gallina ciega, le hacen ver que está en una dictadura festoneada con liviandades y brotes de libertad que no existen en totalitarismos similares. “Comprenderás que a Franco le tiene absolutamente sin cuidado que Vargas Llosa escriba aquí cuanto se le antoje acerca de los dirigentes del Perú o que Carlos Fuentes, si viniese, haga lo mismo con el PRI”, le aclara un amigo en otra sobremesa. “Tal vez le importaría más que se metieran con Fidel Castro”, remata.

El escritor sabe que el franquismo y la Revolución cubana se han cogido las bocas desde el primer día y por debajo de la mesa. Lo sabe y le duele, porque lo ha probado sobre el terreno. Su visita a España de agosto de 1969 ocurre año y medio después de visitar La Habana. Bajo el brazo, como el pan, guarda los apuntes de su estancia en la isla. Se llama Enero en Cuba (lo publica Joaquín Mortiz y su colofón data de febrero de 1969) y constituye –con En Cuba, de Ernesto Cardenal, y El interrogatorio de La Habana, de Hans Magnus Enzensberger– un valioso relato del cierre de la primera década del proyecto comunista en el Caribe y del definitivo fin de la Revolución cubana.

Aub llega a La Habana el 23 de diciembre de 1967. El plan es pasar las fiestas con su hija Elena, su yerno, Federico Álvarez Arregui, profesor de la Facultad de Letras, y sus dos nietos, Federico David, El Güero, de 12 años, y María Teresa, Terete, de 10. Seguidamente participará en el Congreso Cultural de La Habana, un proyecto faraónico que reunió a más de 500 intelectuales del 4 al 11 de enero de 1968, que le pareció un despropósito. Allí confraterniza con Michel Leiris, Luis Goytisolo, Claude Couffon… y coincide con Rodolfo Walsh, Jorge Semprún, Caballero Bonald…

A este liberal de izquierda sin simpatías por la Unión Soviética –que ve como un segundo imperio– le aburre la “mediocridad de la mayoría de las intervenciones” del congreso y le exaspera que nadie mencione a Andréi Siniavski y Yuli Daniel, dos intelectuales disidentes soviéticos enviados al Gulag. También le inquieta que no repudien al franquismo. “La razón es evidente –apunta con resignación el 6 de enero–: Cuba mantiene relaciones comerciales excelentes con España, su revolución vive gracias a la URSS. Es triste, es verdad y, ahí sí, no hay más que callar”.

Fue una suerte para Max Aub morir en julio de 1972, tres años antes que Franco. Se ahorró comprobar el tratamiento que el gobierno cubano le dio al fallecimiento en cama del gallego: la manera en que el diario Granma, órgano del Partido Comunista, siguió desde finales de octubre de 1975 al debilitamiento de su salud, hasta los tres días de duelo nacional emitidos en Decreto Oficial y mantenidos en un siempre frágil secreto.

Enero en Cuba es una trenza en la que fluyen el elogio por la ausencia de publicidad en las calles y la crítica al “clásico desbarajuste de los países socialistas” en los servicios, con “cinco veces más camareros de los necesarios”; la simpatía y humanidad de los médicos (fue hospitalizado unos días por un desajuste cardiaco) y la ausencia de insumos (“como en los cuarteles, uno tiene que traer su pijama, su cuchara, su vaso”); o el relato del informe de Raúl Castro contra Aníbal Escalante y la ‘microfacción’ en el PCC: “lo de siempre en todas partes: quítate tú para que me ponga yo, afán personal de poder. Evidentemente, hubo algo más”.

Aun así, no sorprende el nervio revelado cuando el escritor tiene a Fidel Castro cerca. El 2 de enero de 1968 es invitado al desfile por el triunfo en la Plaza de la Revolución, donde valora el discurso “medido y comedido” del líder, su anuncio del racionamiento de la gasolina “con claridad”, “con eficacia”. Seis días después: “Hay algo en él de humildad ante las masas, de misionero español, evidente. Quiere un mundo más justo con tal intensidad que no le importan los caminos trillados”. El mayor dislate de su mirada en La Habana está en haber “descubierto” una veta anarquista en la Revolución cubana y sobre todo en la comparación de Castro con Buenaventura Durruti.

“Si todos los anarquistas del mundo se pusieran de acuerdo, ¡qué monumento le levantarían a Fidel Castro!”, anota apenas su primer día. Su visión demasiado ilusa lo lleva a fabular sobre la desconexión de la política cubana del canon trazado por la URSS. “Es imposible que Fidel se entienda con los soviéticos”, aventura ocho meses antes del abrazo de agosto de 1968 tras la entrada de los tanques en Praga.

Aub desea a toda costa que cristalice en Cuba un proyecto de estado decente, eficaz y feliz, lejos del influjo de Washington y Moscú. “¿Podrá volverse, poco a poco, a un liberalismo mínimo, a una convivencia aceptable?”, escribe el 16 de enero. Su rechazo a casi todo lo que llega de Moscú no es nuevo. En 1948, tras el presunto suicidio por defenestramiento del canciller no comunista checo Jan Masaryk, el escritor se opone a tener que escoger entre E.U. y URSS. “También puede uno quedarse en medio, para recibir las bofetadas o tirarse por la ventana”, apunta en uno de los cuadernos editados por Manuel Aznar Soler como Diarios (1939-1972) y Nuevos diarios inéditos (1939-1972).

En 1956, tras la difusión del informe de Kruschev sobre los crímenes de Stalin, Aub sostiene que “lo terrible” de los comunistas “es seguir siendo partidarios cerrados, a machamartillo, de un régimen capaz de producir tal aberración”. En 1961, alerta del “fracaso que representa” que la URSS restablezca la pena de muerte para delitos comunes. “Dicen que es humano”, apunta. Y en diciembre de 1967 salta ante la noticia de que Moscú apoya “la candidatura de Juan Carlos como rey de España y sucesor de Franco”.

“¿Sera cierto lo que me asegura Zalamea de que las relaciones entre ambos países están tirantes?”, se pregunta Aub, salivando, el 20 de enero en La Habana. Cuba, definitivamente, es su islote de ilusión.

Siete meses después, justo el 24 de agosto, leemos: “Días tristes”. La isla comienza a movérsele cuesta abajo. En septiembre de 1970, Aub acude a una recepción en la embajada cubana en Ciudad de México y le viene un “frío en la espalda” al escuchar al embajador soviético en una conversación informal sobre el Mediterráneo: “pueden desaparecer en minutos y no pasaría nada”.

“Lo peor es que callo”, apunta resignado otra vez. Le quedaban dos años de vida, sus diarios español y cubano circulaban, se vendían de a poco y sobre todo provocaban alguna urticaria en viejos amigos. Pero Max Aub seguía escribiendo.

El 17 de enero de 1970, su cuaderno expone una conversación con su yerno. “La vida en Cuba es muy dura. Pero no hay más remedio. Poco a poco iremos cosechando los frutos”, sostiene el padre de sus nietos siguiendo el discurso que la izquierda mundial ha preferido enarbolar durante décadas. Aub descree: “No le quiero herir en lo más vivo”. A fines de febrero su hija Elena llega de La Habana: “La vida, en Cuba, cada día más dura”.

La Revolución cuya resistencia el escritor deseó en abril de 1961 (“aunque sea sólo por lo y la moral”), diez años después se le atraganta. A mediados de 1971 se ha producido el célebre Caso Padilla y él necesita explicarse, pues sabe que un día será leído. Su yerno le ha traído el último número de la revista Casa de las Américas con la confesión de Padilla. “Si no fuese ridículo sería asqueroso”, sentencia, atónito ante la delación de colegas y elogios a la policía política –“ángeles guardianes (se les ven las alas)”–, antes de concluir que todo no es más que un asunto de ego.

Max Aub, quien vivió bajo Franco y Pétain, ha olvidado lo que escribió en sus cuadernos en junio de 1950: “Todo régimen totalitario necesita que el arte le sea favorable”. Incluso parece que ignora lo escrito el 12 de enero de 1968, de regreso de un congreso de progresistas: “Cuba, ‘paraíso de intelectuales’’, entre comillas, hasta que –una mañana o una noche– Fidel se levante y lo barra todo (o casi) de un manotazo”.

El asunto cubano formó parte de los últimos desvelos de este escritor que no quería regresar a España, no solo porque había una dictadura, sino un mundo diferente y ajeno. Convencido quizás de que Fidel Castro era más Mussolini y Perón que líder anarquista, el 21 de diciembre de 1971, Aub le escribe una carta personal: “Dese usted prisa, compañero, bien está la justicia, pero para seres vivos. A los muertos no les sirve; a un pueblo hambriento, disminuido, cacoquimio, tampoco. Dese usted prisa y déjese de pasar a la historia como héroe de la libertad si no puede lograr que su pueblo se alimente. Reconozca lealmente que se ha equivocado: que los capitalistas norteamericanos todavía son demasiado fuertes y crueles para enfrentarse con ellos. De los rusos no hablemos”.

Detrás de este gesto no está su reacción a la doctrina partidista ni al azote de la policía política, sino una razón familiar: “mi nieto tiene quince años y si no lo traigo aquí conmigo para que coma no digo que muera, pero el hambre no le dejará ser un hombre como usted o como yo (…), porque usted y sus compañeros tienen la razón política y no quieren dar su brazo a torcer”.

“Todo tiene un límite”, insiste. “Sí, sería hermoso que Cuba, teniendo la razón de su parte, fuera otra Numancia: hermoso para pasar a la historia. Pero de eso no vive el hombre”. La misiva, larga y visceral, con dolor indisimulable, concluye: “Patria o muerte, gritaban, y ése es el problema. Usted escoge. ¡Venceremos! ¿Quién? ¿A quién?” El 30 de junio de 1972, poco antes de morir, Max Aub se horrorizaba al descubrir en la prensa una foto del líder cubano con Brézhnev y Kosygin: “¿Dónde estás, Fidel Castro?”

Hay un momento en Enero en Cuba, brevísimo y cinematográfico, en el que el escritor, justo el 31 de diciembre de 1967, se asoma al balcón de su habitación en el Habana Libre: “A lo lejos –no tanto– los reflectores y otras luces de los barcos de guerra norteamericanos, fijos en el límite de las aguas territoriales”. Una semana antes, le había molestado que Fidel Castro diera un “imposible” como respuesta a la pregunta sobre un entendimiento entre Cuba y E.U. Hoy, tanto el diario cubano de Max Aub, como su carta al Líder Máximo, cobran especial importancia cuando, en medio de la fatiga total, no solo al 96% de los cubanos le resulta urgente un cambio político en la isla, sino que el 60.9% está a favor de una intervención militar directa de Washington, según la encuesta realizada por El Toque.

En estos días he jugado a imaginarme el regreso de Max Aub a la isla cacoquímica y enrocada de 2026. Esta vez ha aterrizado solo en Rancho Boyeros; no vienen su esposa ni sus nietos. Le han bastado 24 horas para comprender. En La Habana no existe siquiera la esperanza que había en España antes de la muerte de aquel dictador que dormía cerca de la mano incorrupta de Santa Teresa de Jesús. Oscurece, que en esta ciudad tiene otra connotación. El escritor sale al balcón de la misma habitación en la que estuvo 58 años atrás. Está solo y mira de esguince al mar. Al fondo, suena Adagio for Strings, de Samuel Barber, que es casi un lugar común del dolor. Música de tragedia. La que nos toca. Antes de regresar a la ilusión. ~


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