Woldenberg demócrata

José Woldenberg cumple 70 años. Enrique Krauze celebra los aportes de su vida.
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Sin haberlo tratado de cerca, sin haber sido propiamente su amigo, siento una lejana hermandad con José Woldenberg. Nuestras trayectorias iniciales fueron distintas. Yo pertenezco a la generación del 68 y me incliné pronto al liberalismo. Él pertenece a la generación post-68, leyó –supongo– los libros canónicos del marxismo, tomó e impartió clases en Ciencias Políticas, denunció activamente el sindicalismo oficial, luchó en el sindicalismo independiente, militó como un líder en el sindicalismo universitario y se incorporó a los partidos de izquierda herederos del Partido Comunista. Habitaba esa zona intermedia entre el estatismo revolucionario y el socialismo.

Pero conforme pasó el tiempo, algo más profundo que las pasiones ideológicas y las militancias sindicales o políticas comenzó a moverlo: una valoración del debate entre posiciones distintas, una inclinación natural a la tolerancia, una disposición a escuchar, una rendija a la duda, una pausa a la fe, una instintiva civilidad. Hombre de temple suave, carácter amable y una decencia natural, Woldenberg sencillamente puso esas prendas al servicio de la vida pública. En una palabra, sin renunciar a los ideales socialistas pero admitiendo que su traducción histórica y práctica debe ser susceptible a la crítica, Woldenberg se volvió demócrata.

Soplaban vientos de libertad en el mundo. Woldenberg los percibió y comprendió. En 1989 participó en la creación del Instituto de Estudios para la Transición Democrática (IETD), donde coincidió con sus colegas perredistas pero también con priistas y una mayoría sin afiliación. Al mismo tiempo, comenzó a distanciarse del PRD. En 1990, mientras su partido se negaba a impulsar una transición pactada con el gobierno, el PAN negociaba reformas que había propuesto hacía décadas y que finalmente cristalizaron en la fundación del IFE y del Tribunal Electoral. Woldenberg renunció al PRD en 1991. Ese mismo año, el IFE comenzó lentamente a acreditarse en las elecciones intermedias.

Aquella dimisión dio paso a la etapa más importante en la vida pública de José Woldenberg: su trabajo por la democracia electoral. Entre 1991 y 1994, al tiempo en que presidía el IETD, se dedicó a analizar con profundidad la legislación electoral y a proponer reformas para apoyar la transición hacia la democracia. En el año axial de 1994, la mayoría calificada de los grupos parlamentarios de la Cámara de Diputados lo nombró consejero ciudadano del IFE junto a Santiago Creel, Miguel Ángel Granados Chapa, José Agustín Ortiz Pinchetti, Ricardo Pozas y Fernando Zertuche. Tras la reforma electoral de 1996 –que dotó de autonomía y ciudadanizó el instituto– Woldenberg fue designado su consejero presidente, puesto que desempeñó hasta 2003.

Su impecable conducción del IFE le ganó una aprobación universal y un sitio en la historia que nadie, nunca, podrá regatearle. “El IFE de Woldenberg” es un referente de institucionalidad y limpieza electoral. No obstante, algo falló –a su juicio– en el arranque de nuestra transición:

Pasamos de un régimen de un partido casi único a un régimen plural de partidos, de elecciones sin competencia a elecciones altamente competidas, de un mundo de la representación monocolor a un mundo de la representación plural… Como país fuimos capaces de desmontar un sistema autoritario y construir una germinal democracia. Y, sin embargo, no hubo una pedagogía suficiente para comunicar que eso era algo venturoso y digno de protección.

No sé si estoy de acuerdo con él. En democracia, como en la vida, son los errores, a veces dolorosísimos, los verdaderos pedagogos. En ese trance estamos hoy. Y habremos de salir de él.

Nuestra hermandad lejana no nace solo de la democracia. José y yo somos ramas del tronco judío europeo trasplantado a México. Compartimos un sentimiento de gratitud por este país que acogió a nuestros padres y que es nuestro único hogar. Todo ello explica quizá por qué hace muchos años, cuando cumplí 60, Woldenberg escribió un texto generoso en el que evocaba –no sé si conscientemente– una plegaria del Pésaj (la cena judía de Pascua) donde se repite la palabra “Daieinu”, es decir, “nos bastaría”. Enseguida mencionaba algunos afanes míos afirmando que, al menos a él, le habría bastado uno solo para justificar su solidaridad.

Celebro que ahora, a sus 70 años, sea yo quien pueda decirle que me bastaría uno solo de los muchos aportes de su vida (intelectuales, académicos, editoriales, políticos, electorales, institucionales) para darle mi reconocimiento pleno.

Publicado en Reforma el 2/X/22.


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