Oliver Duch / HERALDO DE ARAGÓN

José Luis Rodríguez. In memoriam

Un poema de homenaje y recuerdo de José Luis Rodríguez, escritor y profesor de filosofía.
AÑADIR A FAVORITOS

Hubo un tiempo, en los 80,

en que nos veíamos casi a diario.

No sé si eras un esnob, un caballero

de otro tiempo, tocado de bufanda

y sombrero pajizo, partidario de los bares,

del cigarrillo insomne y la conversación.

Hablábamos de todo: de tus poemas iniciales,

del maestro Antonio Gamoneda, del pensador

Gabriel Albiac, que fue para ti amigo, faro y colega.

Y de otras muchas cosas: Cortázar, siempre Cortázar,

volvías a él, a su pasión por los gatos y los gauloises,

a aquella trompeta que caía al vacío en uno de sus cuentos.

Volvías a París, y a la novela Rayuela de callejas

y de destinos cruzados donde te habría gustado vivir.

Tu biografía era una fronda de aventuras.

Políticas, sentimentales, oníricas, de resiliencia.

O de lecturas. O de amores entrevistos.

Y de libros que se abrían para ti como

un abanico de tesoros y de tentaciones.

Morabas, en tus relatos y en tus novelas, en un lugar

imaginario, que podría ser León y sus afueras campestres,

la tierra llana y glacial a la que llamabas Piedraverde.

Contigo siempre había temas que tocar:

un sinfín de poetas, que empezaban por Paul Celan y Pessoa,

y continuaban con Friedrich Hölderlin, el sonámbulo,

aquel ebanista apacible que fue un exiliado en la tierra;

los pensadores, desde Marx y Fichte a Sartre,

y siempre Albert Camus. A veces pensaba

que me gustaba más a mí, pero disimulabas.

Creo que con el paso de los años se convirtió

en tu modelo ético y estético. La luz necesaria

para la afirmación del pensamiento propio.

Había temas que abordar. Tu amistad

con José Antonio Labordeta, tan cómplice

en la canción coral de las rebeldías.

Y otro día, inolvidable, quedamos a comer en tu calle,

debajo de tu propia casa.

Y allí lo tocamos todo: tu pasión por el mar,

tus años de infancia y adolescencia en A Coruña,

tus años de interno en Guernica, antes de saber

bien que aquel lugar era un emblema de libertad.

Y ya desde entonces surgió tu pasión

por el Athletic de Bilbao,

te sabías las alineaciones, desde Carmelo a Gaínza,

desde Iríbar a Arieta, Uriarte y Rojo,

los de entonces, y los de ahora. El hombre

de secano tenía una gabarra en el alma.

El poeta se imaginaba la curva precisa de un córner

volando como un vencejo sobre San Mamés.

Hablamos del amor, de las palabras,

de los viajes, de tus clases (asumías con suavidad

que eras uno de los profesores más queridos,

el seductor a su pesar que enloquecía

a sus jóvenes alumnas dentro y fuera del aula)

y, cómo no, de tus libros. Libros de todo:

la vejez, la juventud, el olvido, la pasión,

Savonarola, Chopin, los náufragos del Titanic,

de lo más liviano a lo más abstruso,

de filosofía, de la imaginación, de tus mitos,

cada vez eras más mitómano, y adorabas a Sarah Bernhardt,

y a Romy Scheneider (¿o esto lo he soñado? Creo que no)

y elogiabas la pasión serena de Mar, tu amor,

tu enfermera, la sonrisa que no desmayaba

ni ante el espanto ni el desorden aciago del cuerpo.

Al final, tras el vino, los licores, los recuerdos,

llegó la despedida. Me dijiste que, en tus batallas

contra la muerte, “tengo un corazón débil”,

te entretenías leyendo mucho, viendo fútbol

y pintando. Te gustaba tanto como escribir a mano.

Y sacaste de una bolsa dos acuarelas:

una de Julio Cortázar y otra de Labordeta.

José Luis, nunca me atreví a llamarte Pepo,

acabas de irte con una certeza:

vivirás para siempre en tus poemas

y en la memoria de tus amigos y alumnas. Dice una:

“Era el más guapo y estiloso. Nos tenía locas”.

Sobreviviste, con tu lucidez y con tu parsimoniosa

caligrafía de amanuense de fantasías,

al arrebato de los sueños y a los inquilinos

adversos que traían el dolor y algún sollozo.

En mi casa queda tu huella:

esa temblorosa mano de artista

que le abrocha en azul y agua el abrigo a Cortázar

y también conservo un manuscrito en el que escribiste

tu novela sobre Federico Chopin.

Leo en una de las páginas: “Tiene ganas de huir,

de perderse”. No era tu caso: amabas la vida,

la música, la amistad y el fuego de la literatura.

    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: