El camino entre Tel Aviv y Arad, la pequeƱa ciudad donde vive Amos Oz, se desenvuelve como una larga serpentina en medio de un paisaje inusitado. La avariciosa temporada de lluvias en Israel es suficiente para transformar las llanuras pedregosas y desĆ©rticas del sur del paĆs en pequeƱos jardines de verdes nuevos salpicados de flores. Como alfombras coloridas colocadas al azar en los sitios menos indicados, estos jardines efĆmeros de pequeƱos margaritones amarillos y amapolas intensamente rojas ālas famosas kalaniotā bordean toda la carretera que conduce a Arad. La reconciliaciĆ³n con el largo trayecto es automĆ”tica.
Aun sin conocerlo, es evidente que Amos Oz no padece complejos de prima donna. Toma el telĆ©fono una y otra vez para guiarme en Arad hasta su casa en la calle Nof. Una vez ahĆ, Ć©l mismo abre la puerta y me conduce por la escalera que desciende hasta su estudio, antes de desaparecer para preparar unas tazas de cafĆ©. Mientras saco la grabadora, alcanzo a distinguir sobre su amplia mesa de trabajo una foto sepia, que sobresale entre otras mĆ”s pequeƱas, a todo color, que retratan a su esposa e hijos. Es la misma y Ćŗnica fotografĆa que contiene el libro que me ha llevado a Israel a conocer a Oz: Una historia de amor y oscuridad. En ella, el padre de Oz, elegante y rĆgido, mira directamente a la cĆ”mara a travĆ©s de unos lentes de arillo negro; su madre āla protagonista del cuento oscuroā trata de ocultar sus ojos tristes con una leve sonrisa, y el pequeƱo Amos se escapa de la fotografĆa con la mirada. No es la Ćŗnica āmagdalenaā que me remonta involuntariamente al libro. Oz parece haber reproducido la atmĆ³sfera de ese departamento, que fue el escenario de su infancia, en su estudio de Arad: un sĆ³tano donde apenas se cuela la luz, que clausura muy temprano los dĆas israelĆes en febrero. El amplio cuarto estĆ” tapizado de libros, de techo a suelo, de pared a pared, en lo que parece ser una pieza mĆ”s del rompecabezas de aquel departamento oscuro. En Una historia de amor y oscuridad, Amos Oz recuerda: āLo Ćŗnico que tenĆamos en abundancia eran libros. Estaban por todas partes… miles de libros en todos los rincones del apartamento.ā Su presencia era tan firme y permanente que Oz no deseaba entonces ser un escritor, sino convertirse āen un libroā.
Cuando, finalmente, el escritor se sienta frente a mĆ y menciono el libro tratando de colocarlo en un gĆ©nero āen el de āla ficciĆ³nā o en el de las āmemoriasāā, Ć©l subraya el tĆtulo: como su nombre lo dice, se trata de āuna historiaā. āEl cuentoā, aƱade, āes la mĆ”s antigua de todas las formas literarias. Tan necesaria como otras necesidades humanas bĆ”sicas, como comer, como el sexo: el cuento existĆa aun antes de que hubiera cualquier tipo de alfabetoā. Oz subraya que los cuentos lidian con los āsecretosā. Su materia son ālos secretos de los otros. El chisme es primo del cuentoā. Las novelas estĆ”n hechas de otra pasta, porque la materia de la literatura es la fantasĆa. āLa fantasĆa āexplica usando una de las muchas metĆ”foras que salpican sus respuestasā es lo que nos sucede en una estaciĆ³n de ferrocarriles, cuando estamos esperando un tren e imaginamos la vida de cada uno de los que pasan frente a nosotros.ā
Le pregunto: āSus libros son esencialmente israelĆes. Todo lo que alguien necesitarĆa entender de Israel, lo que se ve, y, mĆ”s importante aĆŗn, lo que estĆ” bajo lo aparente, estĆ” de una u otra forma en sus novelas y ensayos. ĀæEstĆ” de acuerdo en que lo que escribe es quintaesencialmente israelĆ?ā Oz sonrĆe y su cara angulosa se quiebra como todas las que han estado expuestas al sol por mucho tiempo. No es lo Ćŗnico de Ć©l que recuerda los largos aƱos que viviĆ³ y trabajĆ³ en un kibbutz. Oz es un hombre fuerte de anchas manos toscas: su signo fĆsico es la cuadratura. No se va a dejar encasillar tan fĆ”cilmente. āToda novela pertenece a un tiempo y a un espacio; no hay una novela universal. Pero mientras mĆ”s parroquial es una novela, mĆ”s universal se vuelve.ā Cualquiera que sea el destino de sus libros, provinciano o universal, su amor por la tierra donde vive es tan evidente en sus respuestas como en sus escritos.
āVivir en Israel ha sido muy emocionanteā, confiesa mĆ”s adelante. āĀ”Si fuera estadounidense, tendrĆa unos doscientos veinte aƱos! CrecĆ como ciudadano de la Palestina britĆ”nica. Mis primeras palabras en una lengua extranjera fueron āBritish go home!ā, que era lo que le gritaban los niƱos judĆos de JerusalĆ©n a los britĆ”nicos. En la primera intifada āagregaā, la de los judĆos contra los ingleses. MĆ”s tarde, presenciĆ© el nacimiento de Israel y he madurado junto con el paĆs.ā
āĀæIsrael ha logrado convertirse en un paĆs normal?ā le pregunto, utilizando la fĆ³rmula a la que recurren muchos israelĆes que desearĆan dejar de vivir asediados eternamente por un conflicto abierto o potencial con sus vecinos. āEn Israel hay estabilidad āafirmaā. Es un paĆs estable, porque tiene una amplia clase media y la clase media busca siempre la normalidad. Aun si viven en las faldas de un volcĆ”n que amenaza hacer erupciĆ³n, los seres humanos buscarĆ”n construir una atmĆ³sfera de normalidad. En Israel, en cualquier ciudad, la gente se levanta, desayuna, toma el cafĆ©… En ese sentido, no hay duda de que Ć©ste es un paĆs establecido.ā Una estabilidad que permanece a pesar de que ni siquiera han podido trazarse las fronteras definitivas del paĆs āmĆ”s allĆ” de sus conflictos internos. Y mĆ”s allĆ” del hecho palpable de que el signo de la historia israelĆ es el de la aceleraciĆ³n y la fluidez, le digo, pensando en los israelĆes: un mosaico de seres humanos que cargan pasados tan diversos como la humanidad, y son la materia prima de las novelas y cuentos de Oz. āĀæEsos legados, que le dan a este paĆs un perfil Ćŗnico, mĆŗltiple y diferente, desaparecerĆ”n a corto plazo?ā āEl pasado, la tradiciĆ³n, siguen ahĆ, vibrando y permeando a las generaciones futuras. Viaja de una generaciĆ³n a otra de mĆŗltiples maneras. AquĆ todo mundo tiene una historia como la suyaā, me dice seƱalando el libro que acabo de regalarle. āSi le pide a un niƱo israelĆ, un zabra que tiene atrĆ”s dos generaciones nacidas en Israel, que dibuje una casa, pintarĆ” una casa europea. La huella de la DiĆ”spora sobrevivirĆ” por un largo tiempo, por muchĆsimas generaciones. Y esa huella es benĆ©fica, porque es la garantĆa de que Israel serĆ” polifĆ³nico y multicultural por mucho tiempo.ā
La grabadora se detiene inesperadamente, y mientras yo vuelvo al pasado y saco un cuaderno y una pluma advirtiĆ©ndole a Oz que mis apuntes serĆ”n tan fieles a sus palabras como el voluntarioso aparato que se declarĆ³ en huelga, aprovecho para preguntarle: āĀæY cĆ³mo escribe sus libros? ĀæEs usted un escritor metĆ³dico, o escribe cuando llega la inspiraciĆ³n?ā āMe siento cada maƱana a escribir… o a esperar. Mi trabajo es parecido al de un tendero que abre su tienda cada maƱana y espera a sus clientes. Si llegan, fue un buen dĆa.ā
āĀæY usted reina sobre sus personajes?ā āNo me siento Dios cuando escribo. No soy dueƱo de mis personajes.ā Describe el toma y daca entre el escritor y sus personajes como una lucha entre lo que Ć©l quiere y lo que los personajes que valen la pena deciden por sĆ mismos: a dĆ³nde ir, quĆ© decir y quĆ© hacer. āCuando son moldeables, como si fueran de barro, tiro el texto a la basura porque no sirve y les digo: Vayan y bĆŗsquense otro autor.ā
No sorprende que la generaciĆ³n de fundadores de Israel aparezca una y otra vez en sus novelas: no son āmoldeablesā. Oz ha escrito lo que es, tal vez, el mejor epitafio para ellos. En su novela Una paz perfecta, un personaje joven y sensible los describe como āā¦ los judĆos mĆ”s maravillosos de la historiaā. Aun mejores que los profetas, que hablaban muy bonito pero no hacĆan nada. Y sigue mĆ”s adelante:
āEstos viejos, por el contrario, previeron hace cincuenta aƱos que el fin estaba cerca y que los judĆos habĆan acabado entre la espada y la pared, asĆ que tomaron la vida en sus manos y se estrellaron con ella contra el muro, para hacer algo o morir, y salieron del otro lado con un Estado para nosotros, entre esas manos.ā
āEs cierto āconcluye de vuelta a nuestra conversaciĆ³n, despuĆ©s de una pausaā, pero esos viejos me dan miedo: tambiĆ©n eran fanĆ”ticos.ā
Ya que aramos en el territorio del universo humano que puebla sus escritos, no puedo evitar decirle algo que he pensado desde que empecĆ© a leer sus novelas: āĀ”QuĆ© sucede con sus mujeres! Siempre estĆ”n tan frustradas y tan tristes, son tan parecidas a Madame Bovary, que me es imposible relacionarme con ellas. ĀæQuĆ© les pasa?ā A Oz no le gusta mi pregunta. āĀ”No es verdad! āresponde enfĆ”ticoā. La heroĆna de Black Box es una mujer dinĆ”mica y vibrante…ā A renglĆ³n seguido, se adelanta a la objeciĆ³n obvia que no alcanzo a formular : āUna golondrina no hace veranoā, y dice a manera de prĆ³logo: āLa alegrĆa no es un tema literario interesante.ā Por fin, concede en parte. āLas mujeres de la generaciĆ³n de fundadores de Israel estaban frustradas y tristes porque se les ofreciĆ³ una falsa igualdad. Se les decĆa āVĆstete como hombre, trabaja como hombre, y tendrĆ”s los derechos de los hombresā, pero sus aspiraciones nunca se cumplieron: era una falsa igualdad.ā
La entrevista termina como empezĆ³: en la polĆtica. Si al principio Oz responde lacĆ³nicamente que la soluciĆ³n al conflicto entre israelĆes y palestinos es āla que todos sabemosā, al final, vuelve al tema: āNo se puede aplaudir con una sola manoā. La soluciĆ³n depende de los dos, de los palestinos y los israelĆes. Oz no cree en los retiros unilaterales sino en las soluciones negociadas. Pero advierte que la soluciĆ³n depende de un acuerdo, y Ć©ste depende, a su vez, de que āla tolerancia y la moderaciĆ³n ganen terreno en los dos grupos. Y en Israel āconcluyeā los extremistas han perdido fuerza, pero no ha sucedido lo mismo entre los palestinosā.
āUsted es un escritor muy influyente que dedica buena parte de su tiempo a escribir artĆculos polĆticos. ĀæPor quĆ©?ā Oz desecha al āinfluyenteā, con un gesto definitivo que no tiene un gramo de falsa modestia. āĀæQuĆ© es la influencia?… Es imposible cuantificar la influencia. Pero aunque se pudiera probar que no tengo ninguna, seguirĆa escribiendo artĆculos polĆticos. Yo escribo con dos plumas, una negra y una azul. Con una de ellas escribo literatura, con la otra, escribo artĆculos polĆticos cuando un polĆtico o algĆŗn demagogo distorsiona el sentido de la palabra. Yo busco mantener la claridad del lenguaje. Cuando un polĆtico pervierte la palabra, tomo la pluma y mando a mi gobierno al diablo.ā ~
EstudiĆ³ Historia del Arte en la UIA y Relaciones Internacionales y Ciencia PolĆtica en El Colegio de MĆ©xico y la Universidad de Oxford, Inglaterra.