Ilya Repin, "Respuesta de los cosacos de Zaporozhia" (detalle), via Wikimedia Commons.

Cartas de locos y tontos

Cosacos del siglo XVI, aspirantes a emperadores y presidentes han dejado constancia de lo que pasa cuando el poder, la capacidad de modificar la realidad, se ejerce fuera de los límites de la misma.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

El sultán otomano Mehmed IV, que llegó al poder siendo un niño y se mantuvo en él durante casi cuarenta años (de 1648 a 1687), tuvo entre sus muchas y fallidas campañas militares la batalla contra los cosacos de Zaporozhia, entre 1675 y 1678. Es difícil confirmar qué es parte de la leyenda y qué es real, o hasta qué punto. Mehmed IV, cuya permanencia en el trono solo fue superada por Solimán el Magnífico, es el antípoda de este, ejemplo de maestría política, táctica, refinamiento e interés por el arte.

Se cuenta que, tras su absoluta derrota frente a los cosacos, y sin darle importancia, Mehmed IV les envió una misiva exigiéndoles su rendición: quienes lo humillaron debían convertirse en sus súbditos. No había ninguna lógica militar en ello. Los cosacos respondieron por medio de una carta que desapareció, pero una aparente copia del siglo XVIII ha servido para colocarla dentro de los delirios verbales que permiten las tangentes del poder: delirio la exigencia del sultán como delirio la reacción, que parecería fuera de todo código normativo, salvo porque no es necesariamente tan ajena a la condición epistolar de tiempos más recientes.

Mehmed IV escribió:

Yo, Mehmed VI, hijo de Mohamed, hermano del sol y de la luna, nieto y vicerregente de Dios, soberano de todos los reinos: de Macedonia, Babilonia y Jerusalén, del alto y bajo Egipto, gobernante de todo lo que existe, extraordinario e invencible caballero; guardián constante de la tumba de Jesús Cristo, fideicomisario de Dios mismo, esperanza y confort de musulmanes, confusión y gran protector de cristianos, ordeno a ustedes, los cosacos de Zaporozhia, se rindan voluntariamente ante mí y sin ningún tipo de resistencia, ¡y no se permitan molestarme con sus ataques!

Los de Zaporozhia, entonces, respondieron:

¡Tú, satán otomano, hermano y camarada del maldito diablo y secretario del mismo Lucifer! ¿Qué tipo de caballero piensas que eres? Tú y tu ejército tragarán la mierda del diablo. No das la medida para tener cristianos a tu cobijo. Tú, mozo de Babilonia, mecánico macedonio, cervecero de Jerusalén, pelacabras alejandrino, porquero del alto y bajo Egipto, cerdo armenio, cabra tatar, verdugo kamenet, ladrón de Podolia, nieto de la serpiente maligna, y bufón de todo el mundo y del no mundo, tonto de nuestro Dios, hocico de cerdo, culo de yegua, perro carnicero, frente sin bautizo, que el diablo vaporice tu culo. Así es cómo te contestan los cosacos […]

La carta sigue en el mismo tono algunas líneas más. Un óleo del siglo XIX, pintado por Ilía Repin, retrató una escena burlona de su escritura. Hoy, tal vez por el recuerdo del capitán Haddock, con los insultos que identificarán quienes, como yo, se criaron con las novelas gráficas de Tintin, la carta cosaca es mi ejemplo predilecto de maltratos retóricos vinculados al poder: el ineficiente, el autopercibido, el ausente de contención y desconectado de la realidad.

El poder, con sus diferentes formas y abusos, es un sujeto suficientemente pensado. Sus figuras, con todo y el crecimiento de herramientas contemporáneas para ejercerlo de alguna manera, se suscriben casi invariablemente al catálogo construido desde las ideas de Platón sobre el derecho del más fuerte; el poder despótico, doméstico, político, de Aristóteles; el poder natural, en el Leviatán; el poder divino del dinero en Marx; el temporal y espiritual de Auguste Comte; el poder de la violencia, el horror, la prepotencia y la mentira en torno al cual reflexionó Arendt.

El poder, por definición, es la capacidad de actuar o modificar la realidad. Hay vicios del poder cuando se ejerce fuera de los linderos de esa realidad. Cuando las sociedades entregan al sujeto de poder la capacidad –palabra clave al hablar de poder– de actuar sobre sus vidas y destinos, pero reina la desconexión con la realidad, muy probablemente habrá consecuencias, pero estas no son el objetivo de la acción, sino su saldo. El poder no modifica la realidad según la intención hipotética de la acción, arroja a su merced.

En 1859, Joshua Abraham Norton, empresario fracasado, se autonombró Norton I y declaró:

A petición y deseo perentorio de una gran mayoría de ciudadanos de estos Estados Unidos, yo, Joshua Norton […] me declaro y proclamo Emperador de estos Estados Unidos; y en virtud de la autoridad que me confiere la ley, ordeno a los representantes de los distintos estados de la Unión que se reúnan en el Salón de música de esta ciudad el primero de febrero próximo, para realizar allí mismo las modificaciones necesarias en las leyes vigentes de la Unión que puedan aliviar los males que aquejan al país, y así generar confianza, tanto a nivel nacional como internacional, en nuestra estabilidad e integridad.

Le faltó escribir “soberanía”.

Por años, los residentes de San Francisco jugaron a tener un emperador. Norton I acuñó su propia moneda, envió cartas a jefes de Estado, desconoció y abolió el Congreso y la Suprema Corte. Autoungirse jefe de Estado ofrece satisfacción performativa a quienes quieran seguir la farsa, pero los efectos directos en la realidad serán siempre limitados.

Las proclamas de Joshua Abraham Norton podrán evocar ciertos paralelismos en otras regiones y tiempos, como el intercambio otomano remite a los desplantes de Putin en Ucrania. En los códigos lingüísticos contemporáneos, el espíritu cosaco no difiere mucho de las intenciones en el vocabulario que Trump usa contra sus oponentes locales o líderes de otras naciones, cuando estos le contradicen o se resisten a sus desplantes.

La gran diferencia en estos casos se encuentra en la condición de quienes emiten los mensajes.

En este extraño género de textos relacionados con el poder o su ilusión, es común que quienes los escriben o difunden busquen imprimir un aire épico a sus objetos, demostrar el poder del personaje en cuestión, su posible irreductibilidad o coraje. Sin embargo, siempre, si hay un gramo de seriedad, lo que es necesario pensar depende de la capacidad que tienen, por su peso (no figurativo), por su cargo, por sus alcances, justamente, dentro de la realidad.

Cuando a principio de este año, Donald Trump le transmitió al primer ministro de Noruega su enojo por no haber recibido el premio Nobel de la Paz, el tono de delirio cobró relevancia dentro del fenómeno de influencia que hoy definen los juegos del poder y los vulgarismos al ocupar el espacio sin el ejercicio de adecuación de la realidad.

Dado que su país decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber evitado más de ocho guerras, ya no me siento obligado a pensar únicamente en la paz (…)

Dinamarca no puede proteger ese territorio de Rusia o China, y ¿por qué tienen ellos un “derecho de propiedad”? No existen documentos escritos; solo se sabe que un barco desembarcó allí hace cientos de años, pero nosotros también tuvimos barcos desembarcando allí.

He hecho más por la OTAN que nadie desde su fundación, y ahora la OTAN debería hacer algo por los Estados Unidos.

El mundo no estará seguro a menos que tengamos el control total de Groenlandia.

En ese fenómeno, el de la fascinación de nuestros días por lo irracional y lo falso, por lo que no se sostiene con argumentos y alimenta convencimientos previos, creencias (el rango más bajo de la opinión, como se decía en mi casa familiar), entró una carta del expresidente mexicano dirigida al ejecutivo estadounidense.

Se publicaron líneas y líneas sobre ella. Sus correligionarios la vitorearon pasando por encima de los miles de migrantes mexicanos cuya vida fue destrozada en acciones que la correspondencia negó.

Meses atrás, muchos escribimos sobre un libro en el que el mismo expresidente, en un revisionismo histórico aberrante, contradijo buen número de hechos probados alrededor de las sociedades prehispánicas. Supongo que ni siquiera los suyos le dieron importancia, dentro de la realidad, ya que no hay noticias de que el secretario de Educación haya pedido revisar los libros de texto para ajustarlos al relato del exmandatario.

El peso de la carta y el libro es el mismo. El problema es que ese es el nivel de nuestra política. No se trata de ignorar expresiones similares, porque ahí estamos. No en otro lugar proverbial en el que la bravuconearía irracional no deja consecuencias, aunque sea al interior de la vida y de la conversación nacional que contamina. Ignorar sería negar nuestra condición y no actuar sobre ella.

Norton I esbozaría una sonrisa. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: