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¿A quién quieres engañar?

La desinformación está hecha de verdades, mentiras, anhelos y creencias. Enfrentarla es más complejo que nombrar un ministerio de la verdad o una inquisición que imponga multas.
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Escribí hace dos semanas sobre el afán paternalista de cuidar a los radioescuchas y televidentes para que no rocen la mentira ni con el pétalo de un tuit. Esa intención es siempre autoritaria, porque requiere un inquisidor que sancione. Ya sea que sancione directamente el contenido, como los interventores que tenía la Segob en los cines antes, o que vigile a un capataz –defensor de audiencia le dicen ahora– para eventualmente sancionar a un canal de televisión.

Esa es una discusión que tiene que ver con la censura, la autocensura, la libertad de prensa y las herramientas del autoritarismo. Otra discusión es la de la mentira, la propaganda y la desinformación, que hoy tienen más eco y velocidad.

Apenas esta semana vi circular en redes una pregunta: “Te obligan a ponerte máscara, te asustan con el covid, te obligan a usar lentes durante un eclipse y ¿no sospechas nada?”. Miles de retuits. Después venían las derivaciones: nos quieren domesticar, los amos del mundo no quieren que veamos algo que pasa en el cielo, los lentes sirven para ocultar un aterrizaje. ¿Es cierto? ¿Debemos mirar los eclipses sin protección porque en realidad estamos frente a un fenómeno encubierto por la mafia mundial?

También leo a la presidenta afirmar que México es el país más democrático del mundo, sobre todo porque elegimos a los jueces mediante votación. Lo segundo es cierto. Lo primero no se desprende de lo segundo. ¿O sí? ¿Somos los más democráticos aunque tengamos contrapesos debilitados? Y si alguien acepta esa afirmación como verdadera, ¿qué se hace con ese dato? ¿Votar por Morena y defenderla de los emecistas (o panistas o priistas) porque hacerlo equivale a defender la democracia?

Son dos ejemplos extremos del ruido que hay en el ecosistema informativo. Uno es evidentemente falso y puede ser bastante dañino en el plazo inmediato para los ojos de los incautos, aunque ni siquiera quede claro quién gana con semejante disparate. El otro mezcla un hecho –la elección judicial– con una conclusión ideologizada y una intención clara, pues ahí sí aparece un ganador bastante evidente: Morena. A esto se le llama propaganda.

¿Mintió Andrés Manuel López Obrador cuando prometió que tendríamos un sistema de salud como el de Dinamarca? Derrida1 diría que para mentir hay que saber que se está engañando. Si aquello era una promesa, un deseo o incluso una fantasía en la que él mismo creía, la categoría cambia; si sabía que era falso y lo dijo para convencer, entonces estamos en el terreno de la mentira.

Pongo esta larga introducción porque conviene recordar que la desinformación o, mejor dicho, el ruido desinformativo, está hecho de verdades, mentiras, anhelos, creencias, engaños orquestados, errores sin dolo y falsedades perversas. Todo revuelto. Enfrentarlo es bastante más complejo que nombrar un ministerio de la verdad, poner capataces sujetos al gobierno y construir una inquisición con capacidad para multar.

La mejor política para distinguir lo falso y, todavía mejor, para reconocer a los canallas que quieren engañarnos, consiste en combatir con las mismas armas: contenido. Mucho contenido. Contenido variado y contenido aprendido. Información que pasa por un método –es decir, periodismo– y conocimiento adquirido por experiencia, aulas, libros y vida. Contenido suficiente para poder responder con cierta seguridad: ¿a quién quieres engañar?

A mí no. Yo sé lo que pasa cuando los jueces dependen del barrio y sé qué ocurre cuando la Luna aparentemente cubre al Sol. No necesito que un panista malqueriente me explique una cosa ni que alguien con intereses en la industria espacial me explique la otra. Tengo herramientas previas para desconfiar, contrastar y llegar a una conclusión.

Eso tiene nombre en inglés: media literacy. En español solemos traducirlo como alfabetización mediática y, cuando se usa como indicador, puede servir para algo más interesante que medir conocimientos básicos: permite describir qué tan preparado está un ecosistema social para resistir la manipulación.

Así lo intenta el Media Literacy Index, que mide la capacidad de distintas sociedades para resistir a las idioteces –digo, a la mentira, la desinformación y la propaganda– a partir de variables como la libertad de prensa, la educación, la confianza social y las herramientas digitales disponibles para participar en la conversación pública. Una sociedad que se asoma al mundo únicamente a través de su burbuja de X difícilmente será muy resistente a la desinformación.

El índice es bastante nuevo, tiene limitaciones y se concentra sobre todo en países europeos, Estados Unidos, Canadá y Japón, pero me interesa por lo que considera importante. La resiliencia y la resistencia a la desinformación no aparece vinculada a ministerios de la verdad ni a sanciones contra los medios, sino a libertad de prensa, resultados educativos en ciencia, matemáticas y lectura, confianza interpersonal e intergrupal –la contracara de la polarización– y un ecosistema digital que permita algo más que encerrarnos con quienes piensan igual.

Hay otros índices y otros esfuerzos en el mundo para medir y combatir la desinformación. Hablaré de ellos en las siguientes entregas porque creo que ahí está una conversación muchísimo más útil que la de seguir inventando tutores para adultos.

Mientras tanto, me quedo con la idea que parece simple pero es civilizatoria (causa y consecuencia de la civilización): la mejor defensa es que seamos difíciles de engañar. ~

  1. Jacques Derrida, Histoire du mensonge: Prolégomènes, Galilée, 2012. ↩︎


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