Chateaubriand y la desigualdad: doscientos años después

El político y escritor temía que el péndulo revolucionario, una vez puesto en marcha por la desigualdad y en una sociedad sin un Dios que la “justifique”, pudiera oscilar demasiado.
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Decidí que mi lectura de verano… serían las memorias de Chateaubriand (Memorias de ultratumba). Quería leerlas desde que compré los libros a mediados de 1970. En la edición que tengo, las memorias se publican en tres volúmenes (son enormes). He leído partes de los volúmenes 1 o 2, pero nunca había tocado el volumen 3. Pero ahora que mi vista empeora, el volumen 3, convenientemente impreso en letra grande, me llamó la atención. Así que lo cogí. Es un libro de unas setecientas páginas. Podría haberse organizado mucho mejor (pero no hablaré de ello) y abarca los años 1828-1838.

Para aquellos que no sepan quién era Chateaubriand, les sugiero que lo consulten en Wikipedia. Una descripción de una frase sería que fue famoso en política como “lealista”, alguien que defendió la monarquía francesa, se exilió por ello, luego regresó bajo Napoleón cuando se declaró la amnistía para los exiliados, y bajo la Restauración se convirtió en Ministro de Asuntos Exteriores francés; en literatura, es conocido por su “romanticismo”. Así pues, tenemos la habitual combinación de conservadurismo y romanticismo.  

Pero no es tan sencillo: aunque Chateaubriand era partidario de los Borbones, era muy consciente de que la revolución y después Napoleón rompieron el espinazo de la monarquía hereditaria y destruyeron ese vínculo mítico entre el pueblo y su monarca. La república era en adelante inevitable. Idealmente, a Chateaubriand le habría gustado la solución inglesa, una monarquía que mantiene la apariencia de legitimidad y apela a las antiguas creencias, pero que no gobierna. Curiosamente, nunca menciona explícitamente la solución inglesa, aunque, por supuesto, conocía bien el sistema británico, sobre todo por haber vivido allí durante el exilio y haber sido brevemente embajador de Francia en el Reino Unido.

Como todo gran libro –y permítanme decir que es un gran libro a pesar de sus muchos defectos–, el de Chateaubriand hace reflexionar al lector no solo sobre las cuestiones de la época que describe, sino, de forma más general, sobre las cuestiones que nos preocupan hoy en día. He seleccionado tres, aunque podría haber encontrado más.

El papel de los verdaderos creyentes en la política. No es exagerado decir que Chateaubriand se había encaprichado de la idea de “monarquía legítima” que, en el caso francés, se remonta a la Casa de los Capetos, unos 800 años antes de que Luis XVI fuera guillotinado. Pero ese encaprichamiento, como todo encaprichamiento, tiene algunos rasgos de bobo. Chateaubriand dotó a la monarquía de un brillo, más imaginado que real, que, según él, debió tener bajo los gobernantes más famosos, como Luis IX y Luis XIV. Todo lo que no sea eso –y los contemporáneos, incluidos los reyes y los aspirantes a reyes, siempre están por debajo de ese alto nivel imaginario– es inaceptable. Al tener unos ideales tan elevados, consiguió alienar a aquellos a los que apoyaba. Estos encontraban a Chateaubriand molesto (uno se imagina que leyendo entre líneas), tal vez incluso insufrible, criticando en silencio cada vez que se encontraba con los reyes que consideraba que no estaban a la altura de su propio listón tan elevado. Así pues, los practicantes de la política “real” le mantuvieron casi siempre al margen (à l’ecart) durante la Restauración, a pesar de sus breves éxitos como ministro de Asuntos Exteriores y como embajador ante el Papa.

En todo esto, Chateaubriand me recordó a los verdaderos creyentes en el socialismo, que también eran considerados una molestia y una vergüenza por los que se dedicaban a la política “real”. No es de extrañar que, poco a poco, esos verdaderos creyentes fuesen desalojados y que, aunque aquellos a los que apoyaban de forma ostensible y grandilocuente no pudiesen precisamente deshacerse de ellos (aunque Stalin sí lo hizo), se les mantuviese a una distancia segura.

¿Cuáles son las circunstancias, que dan derecho a mayores ingresos, que nos parecen aceptables? Puesto que Chateaubriand creía en la monarquía hereditaria, pensaba comprensiblemente que el heredero al trono, en virtud de su nacimiento, tenía derechos especiales y únicos. Por ello, lamenta el horrible destino que privó de este derecho no solo a Luis XVI (que, se podría decir, lo perdió él mismo), sino también al joven hijo de Carlos X, que en realidad era demasiado joven para haber hecho algo malo. Lo que hoy consideraríamos una pura circunstancia (el nacimiento que no debería dar ningún derecho especial a una persona que, arbitrariamente, se benefició de él) para Chateaubriand se convierte precisamente en lo contrario: la circunstancia que da derecho a una alta posición y a la riqueza.

Sin embargo, Chateaubriand no era ciego al papel injusto de las circunstancias en general. Tanto con respecto a sí mismo, como aún más con respecto a Talleyrand (a quien despreciaba), escribe sobre las ventajas que confiere el nacimiento noble. Así que sabía de la injusticia cuando la veía; pero en el caso especial de un heredero al trono, pensaba que la ventaja que confería estaba bien.

Hoy en día no diferenciamos entre la inclusión o exclusión, más bien arbitraria, de circunstancias (es decir, independientes del esfuerzo) que creemos que dan al beneficiario derechos especiales. Obviamente, la herencia es uno de esos casos: discutimos cuánto patrimonio heredado está bien y de quién se puede heredar. Pero, al igual que Chateaubriand, en las monarquías actuales, los derechos del monarca y su familia –los derechos que conllevan enormes emolumentos, libertad de impuestos, etc.– rara vez se cuestionan, mientras que la igualdad de oportunidades se proclama abiertamente. ¿Por qué la igualdad de oportunidades se detiene tan abiertamente en este punto, tal y como se detuvo en el pensamiento de Chateaubriand?

¿O por qué el deseo de igualdad de oportunidades se detiene en las fronteras nacionales? Los mayores ingresos recibidos gracias a haber nacido en un país rico también se consideran irreprochables y, a menudo, incluso indiscutibles.   

Religión y desigualdad económica. Chateaubriand, un hombre muy religioso, que creía, como hemos visto, en la legitimidad real, tiene del uso de la religión la misma opinión que Marx.  Es el opio del pueblo; aunque Chateaubriand no le daría una connotación tan negativa como la que le da Marx. He aquí dos citas de Chateaubriand:

Un estado de cosas político en el que unos ganan millones mientras otros mueren de hambre ¿puede continuar cuando la religión no está ahí con sus esperanzas de otro mundo para explicar el sacrificio?

La gran desigualdad de condiciones y de riqueza era soportable mientras se ocultaba. Pero en cuanto esa desigualdad se hizo notar en general, recibió un golpe fatal. Empezad de nuevo, si podéis, a contar ficciones aristocráticas; tratad de convencer a un pobre que sabe leer y que ya no cree en Dios, y que tiene la misma educación que vosotros: sí, tratad de convencerle de que tiene que aceptar esas privaciones mientras su vecino se entrega a lo superfluo.

Así, mientras (1) no se vean las grandes desproporciones en ingresos y riqueza, o (2) la religión esté ahí para “explicarlas”, el orden desigual de las cosas puede continuar. (Un pensamiento que no es ajeno a Keynes, quien en el primer capítulo de sus Consecuencias económicas de la paz pensaba que la desigualdad de ingresos es aceptable siempre que los ricos no consuman sino que inviertan sus mayores ingresos). Pero Chateaubriand también era pesimista. Pensaba que con la caída de las monarquías largamente establecidas y el debilitamiento de los sentimientos religiosos, la desigualdad conducirá naturalmente a las revoluciones.

No estaba en contra de una cierta redistribución de la riqueza, aunque creo que la igualdad en sentido formal (por ejemplo, que los campesinos tuvieran los mismos derechos formales que los nobles) habría sido probablemente demasiado para él. Pero, sobre todo, temía que el péndulo revolucionario, una vez puesto en marcha por la desigualdad ya no oculta a la vista y en una sociedad sin un Dios que la “justifique”, pudiera oscilar demasiado. El amor por lo que él llama “igualdad absoluta” podría extenderse más allá de la igualdad en las condiciones económicas. Podría llegar a imponer la igualdad en los ámbitos moral y físico y producir la más vil servidumbre del “alma”.  En eso fue bastante clarividente: los excesos de las revoluciones francesas no hicieron más que amplificarse con las revoluciones rusa y china, y los intentos de crear una “igualdad absoluta” desembocaron en tiranías.

Traducción de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en el blog del autor.  

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