México en tiempos del cinismo

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El contrato de no agresión suscrito entre el PAN y el PRI para el Estado de México en el 2011 ha sido leído de mil maneras. Que si el pacto pone en evidencia la ingenuidad de César Nava. Que si el PRI es un monstruo maquiavélico que aprovechó la inocencia del panista para hacerse de un as bajo la manga. Que si esto demuestra cómo la política mexicana es capaz de confundir moralmente hasta a un hombre de la inteligencia de Fernando Gómez Mont, testigo de lujo de un pacto indigno de la democracia mexicana (aunque él insista en que este tipo de pactos son el pan nuestro de cada día en el ejercicio de su profesión). También hay quien opina que esto da la razón a López Obrador: el PRI y el PAN tienen un acuerdo tácito para compartir el poder en México. Después de todo, dicen los que defienden esta hipótesis, el convenio firmado en Bucareli no es otra cosa más que el más evidente acto de protección a la candidatura del gobernador del Estado de México: un PRI mexiquense a salvo y en el poder en Toluca equivale a medio triunfo de Peña en el 2012. También hay quien dice que el compromiso, con sus cláusulas redactadas como un ejercicio de una clase de derecho en secundaria, es el colmo de la degradación panista: el partido de Gómez Morín se ha mimetizado con sus viejos adversarios. Los métodos del PAN son los del viejo PRI, pero sin la sofisticación y malicia. Por último, dicen varios colegas, el pacto agudizará el abismo entre la ciudadanía y el poder político. Cuando los presidentes de los partidos más importantes del país mienten para luego ser descubiertos de manera flagrante, la fe del votante promedio, ya de por sí desencantado, va camino del basurero. México, en suma, parece dirigirse, cortesía de su clase política, a una crisis del calibre de Watergate: la impresión de que todos, sin distingo de ideologías y partidos, viven en el fango de la mentira y la erosión moral.

Todas esas teorías tienen, me temo, algo de cierto. Lo primero que sorprende del contrato entre Nava y Paredes es cuánto puso en la mesa el PAN y qué poco ofreció el PRI. Por decir lo menos, el convenio se antoja desigual, al menos si se le toma al pie de la letra. Creo que Nava dice la verdad cuando sugiere que el pacto tenía como fin ulterior librar al PRI de una alianza incómoda en el Estado de México y la aprobación del paquete fiscal propuesto por el Ejecutivo. El problema, claro, es que sólo una de las dos variables está ahí, en negro sobre blanco. Astuto, el PRI se abstuvo de exponer su lado del convenio en un papel que, como todos los papeles, tarde o temprano saldría a la luz. Por eso Nava no ha tenido de otra más que retar al PRI a revelar su lado del contrato. El tricolor no lo hará. No tiene, en el fondo, nada que ganar. El PAN, entonces, quedará, de nuevo, como un partido en el poder de ya casi legendaria debilidad. Nava apostará el todo por el todo en julio y, de ahí, tratará de construir una candidatura presidencial panista (no suya, evidentemente) que intente derribar al intocable, invencible gobernador mexiquense. En suma, todos pierden, menos

el PRI.

Y México, claro. Pero eso, sabemos, le importa poco a los grandes actores de la política nacional. Particularmente patética fue la reacción de hombres de notable talla política tras la revelación de la existencia del contrato. Beltrones no sabía nada (¡Beltrones!). El Presidente tampoco. Los diputados panistas y los senadores priistas mucho menos. El secretario de Gobernación sabía pero guardó silencio por instrucciones del presidente de su partido, escondiéndole información crucial al Presidente de su país (Gómez Mont respetando más a un mozalbete de 36 años que a Felipe Calderón. Asombroso). En el fondo, todas estas mentiras absurdas no hacen más que evidenciar dos cosas lamentables: México vive en los tiempos del cinismo y la política mexicana sólo sirve para alcanzar acuerdos por y para el poder, no para el gobierno y el bien común. Poner en la mesa de negociación la estrategia electoral para conseguir la aprobación de reformas fundamentales para el país podrá sonarle normal al secretario de Gobernación, pero la dinámica implica, me temo, una perversión grave. En una democracia sana, el progreso del país no es negociable, ni como fin ni como variable en una oferta. Uno está en el poder para gobernar, no para perseguir el poder mismo. El acuerdo entre PRI y PAN es la gota que derrama el vaso.

– León Krauze

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(Ciudad de México, 1975) es escritor y periodista.


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