Igual que algunos coleccionan sellos, cuadros, botijos o amantes, a mí me gusta coleccionar argumentos (es un decir) absurdos que escuchamos de manera cotidiana. Hay quien las considera síntomas del cinismo que se ha adueñado de buena parte de nuestra política, de los rendimientos decrecientes de la política del simulacro o de que los spin doctors son cada vez peores, mientras que otros ven en ellas una expresión del nonsense de Edward Lear. En su reciente “El rugido de nuestro tiempo”, el ensayista Carlos Granés señala la paradoja de que ahora los políticos son gamberros y transgresores, mientras que los artistas son moralistas y gente básicamente de orden. Pero además muchas veces juzgamos la importancia de los libros o las películas por la relevancia del tema (una obra necesaria, etc.) o la cercanía a la vida del autor, y en cambio las justificaciones políticas parecen mucho más emancipadas de la realidad o la lógica: el arte por el arte, aunque sea basura.
Por regla general, la primera respuesta a una crisis no trata del problema en sí y de sus verdaderas víctimas sino de la manera de reducir los daños para el que habla. Un ejemplo paradigmático es el de Carlos Mazón y la Dana. Son versiones sucesivas que se modifican a medida que se descubre que son falsas. En la crisis de las pulseras, la estrategia fue decir que era un bulo, minimizar su alcance con datos inventados, hablar de alarmismo y tratar de encontrar algún elemento de distracción, lo que nunca es difícil, porque tampoco sabemos mantener la atención demasiado tiempo.
Pero mis casos preferidos no son esos, ni cuando vemos un ejemplo evidente de doble rasero o victimismo. Lo más bonito es cuando la justificación no va contra los hechos conocidos ni contra la lógica, sino contra la experiencia común de los ciudadanos. Así se dice que la subida de las cuotas de los autónomos corresponde a una reivindicación histórica, cuando antes los autónomos ya podían pagar más y en general elegían pagar lo mínimo. También tiene su interés que manifiesten su oposición a la subida de cotizaciones los trabajadores por cuenta propia, es decir, aquellos a quienes no se les puede ocultar la subida de cotizaciones. Y quizá los ejemplos más claros de estos pseudoargumentos sean las excusas por el empleo de efectivo en el partido socialista: pagos en metálico comunes en cualquier empresa, se nos dice, lo que no solo contradice las normas establecidas por el gobierno sino que choca con la experiencia directa de cualquier ciudadano.
Por supuesto, hay quien señala que el efecto inmediato, perseguido o azaroso, es que nos fijemos en cómo salía el dinero y no en cómo entraba. Pensar en un mundo sin sentido resulta incómodo, pero imaginar que lo tiene es todavía peor. La mentira mueve el mundo, como decía Revel; también lo hace la chapuza, y siempre es complicado saber cuál de las dos manda en cada momento.
Publicado originalmente en El periódico de Aragón.