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Colin Powell: una vida de claroscuros retóricos

La carrera del militar y político se vio irremediablemente manchada por su discurso ante la ONU, que en 2003 sirvió para justificar la invasión de Iraq. Pero otras de sus piezas retóricas hablan de una visión que conviene recordar.
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En días recientes falleció el general Colin Powell, uno de los militares y políticos más destacados de Estados Unidos en los últimos tiempos. Tuvo una vida que sintetizó el “sueño americano”. Nacido en Harlem y criado en el Bronx en Nueva York, este hijo de trabajadores inmigrantes jamaiquinos entró al ejército estadounidense en los años cincuenta.

Héroe condecorado de la guerra de Vietnam, ascendió en rango hasta convertirse en el primer afroamericano en ser nombrado Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. Desde esa poderosa posición, Powell se convirtió en el rostro y la voz que explicaba a los estadounidenses la evolución de la primera Guerra del Golfo, en 1991, lo que lo puso por primera vez bajo el reflector mundial y le valió amplio reconocimiento en su país.

Powell fue también el primer afroamericano en servir como Secretario de Estado, el quinto cargo más importante de los poderes públicos estadounidenses. Fue en ese rol en el que pronunció el discurso que mancharía para siempre su impecable reputación.

Luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos lanzó una invasión contra Afganistán con el objetivo de destruir a la red extremista Al-Qaeda, liderada por Osama Bin Laden. Pero el gobierno de George W. Bush, y especialmente el ala dura del gabinete, encabezada por el vicepresidente Dick Cheney, vio la “Guerra contra el terrorismo” como una oportunidad para finalizar lo que George Bush padre había iniciado y no terminó en los años noventa: el derrocamiento de Saddam Hussein en Iraq. Para ello, el gobierno estadounidense tenía que demostrar, más allá de toda duda, que existía un vínculo entre el régimen de Hussein y Al-Qaeda. Esa tarea recayó en el miembro del gabinete con mayor credibilidad y elocuencia: Colin Powell.

En febrero de 2003, Powell dio un discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en el que aseguró que Estados Unidos tenía evidencia sólida y contundente que demostraba que Saddam Hussein tenía relación con Al Qaeda y que, además, estaba planeando nuevos ataques terroristas con armas de destrucción masiva, incluyendo armas químicas y biológicas. Todo ello, afirmaba Powell, hacía necesaria y urgente la invasión estadounidense a Iraq. “Cada afirmación que hago ante ustedes hoy está basada en fuentes sólidas”, aseguró Powell ese día. “Estas no son declaraciones, les estoy dando hechos y conclusiones basados en inteligencia muy sólida”, declaró convencido ante el mundo.

Varias misiones de la ONU a Iraq constataron que nunca existieron las armas de destrucción masiva. El bombardeo y la invasión a ese país fueron medidas arbitrarias e innecesarias para la seguridad internacional. El caos en el que cayó Iraq después del derrocamiento de Saddam Hussein fue el verdadero peligro para el Medio Oriente y para el mundo. El gran prestigio de Powell se derrumbó y sus constantes fricciones con los neoconservadores más duros del gabinete lo llevaron a renunciar en 2005 al Departamento de Estado. Powell diría en una entrevista en 2006 que el discurso ante la ONU era una “mancha imborrable” en su reputación. “Siempre será parte de mi trayectoria. Fue doloroso y lo sigue siendo ahora”. Fue un discurso que afectó para mal la historia de Estados Unidos, de Iraq y del mundo.

Voluntarias o involuntarias, las mentiras de Powell tuvieron lugar en un contexto político previo a la era del populismo y la posverdad, en el que se exigía a los líderes que cumplieran con dos responsabilidades básicas de la retórica: hablar con veracidad y ser congruentes entre lo que se dice y lo que se hace. Powell incumplió ambas, al afirmar que había armas de destrucción masiva en Iraq y al llevar a Estados Unidos a una guerra innecesaria.

Años antes, como Jefe del Estado Mayor Conjunto, había creado una nueva doctrina militar para evitar un nuevo Vietnam, la llamada “Doctrina Powell”. En ella se establecía que Estados Unidos solo debía ir a la guerra si se cumplían ocho condiciones claras. La invasión a Iraq no las cumplió, y Powell pagó con su prestigio al darle la espalda a sus principios y al no alinear su discurso con su personalidad pública, la de un líder que predicaba disciplina e integridad con el ejemplo. Por eso su caída fue más dura. Los perfiles publicados en los medios internacionales con motivo de su fallecimiento recordaron el discurso ante la ONU como el momento definitorio de lo que, de otra forma, hubiera sido una impecable carrera.

Sin embargo, otras piezas retóricas de Powell hablan de la visión de un hombre con una trayectoria excepcional que fue capaz de inspirar a muchos con su liderazgo. El excelente discurso que pronunció en 1994 en la ceremonia de graduación de la Universidad Howard nos recuerda por qué hubo un momento, mucho antes de Obama, en el que Powell fue considerado el candidato ideal para ser el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Ahí, ante un cuerpo estudiantil mayoritariamente afrodescendiente, dijo:

Quiero que tengan fe en ustedes mismos. Quiero que crean en lo más profundo de su alma que pueden lograr lo que su mente y energía y corazón se propongan. Quiero que se sientan orgullosos de su herencia. Estudien sus orígenes. Enseñen a sus hijos a sentir orgullo por su raza y a tomar fuerza e inspiración de la cultura de nuestros ancestros. Demuestren que los afroamericanos somos más que el producto de la experiencia de la esclavitud. Nuestra herencia negra debe ser cimiento para construir, no un lugar para retirarnos. Luchen contra el racismo, pero recuerden las lecciones del Dr. Martin Luther King y del presidente Nelson Mandela: el racismo es una enfermedad del racista. Dejen siempre que el racismo sea un peso que alguien más cargue en su corazón.

En una era de polarización y lucha descarnada entre identidades, es útil recordar también esta parte del legado retórico de Colin Powell.