Foto: EneasMx, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Cuauhtémoc Cárdenas y la virtud republicana

La muerte de Cárdenas deja a México sin un hombre de una decencia ejemplar. Frente a la degradación de la vida pública, será un recuerdo de la quimera de la Revolución mexicana y de su fracaso democrático.
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Acaso lo más visible en el mundo actual dominado por la hidra populista sea la estremecedora desaparición de la virtud republicana, aquella enunciada y defendida por Cicerón, en las personalidades públicas y de manera muy particular en tantos de  los presidentes actuales, que hacen parecer a Benito Mussolini un matón convertido en estatua, a Ronald Reagan actuando con menos pena de la recordada como político profesional y hasta al precursor Silvio Berlusconi quedando en calidad de figurante grotesco.

De Donald Trump a Javier Milei, pasando por Andrés Manuel López Obrador, en tan solo una década, hemos visto majaderías antes inconcebibles contra ciudadanos cuyo respeto, al menos en las democracias, era la norma a seguir inclusive por el más sencillo cálculo político. A menudo, junto a los pocos políticos decentes, generalmente ajenos al populismo, sobresalen un puñado de monarcas constitucionales, y en el otro extremo quedan los hieráticos e inamovibles tiranos de Rusia, Corea del Norte y China, que indiferentes al universo democrático, hacen la guerra de agresión, los ejercicios nucleares y las trapisondas comerciales sin necesidad de gesticular. Y a Cuba, los Castro y su pelele la han dejado como a una hipoteca basura que no apetece mucho comprar.

Los demagogos de hoy hacen víctimas a los ciudadanos de amenazas sangrientas, de chistes de una vulgaridad inenarrable y de políticas que de públicas poco tienen, rebajadas a puñaladas ya no traperas, sino a corazón abierto. Les divierte humillar con estulticia a quienes consideran súbditos o mascotas apenas domésticas. Ignorantes supinos, nada saben estos felones de sus historias nacionales y el derrotero científico de la humanidad, junto a la dignidad de los especialistas, les parece impropio de sus escusados de oro, de su incontinencia verbal orlada de gracejadas, de sus motosierras. No ocultan la corrupción, privada o pública, sino que se envanecen de ella ante un público sobajado intelectualmente por las redes sociales.

Inclusive si yo compartiera las no ideas populistas, por respeto a la sinapsis y a la gramática no otorgaría mi confianza mediante el voto a personajes ajenos a las más elementales nociones de buen gusto, de decencia civilizatoria, de empatía por el otro, de estética elemental. Me alegró que la peste peronista haya sido erradicada (al menos por un tiempo, pues la mala yerba sobrevive y reverdece) de la Argentina, pero de eso a festejar públicamente, como lo hicieron algunos amigos míos, a un patán como Javier Milei, hay una distancia astronómica convertida, desgraciadamente, en una firma en un manifiesto.

La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (1934-2026) deja a México sin un hombre de una decencia ejemplar, en esta época, la nuestra, en que esa virtud antes tenida por el mínimo de confianza a depositar en el político o en el ganoso de poder se ha esfumado. Ni en sus momentos erráticos ni sometido, como lo fue, a las majaderías y hasta crímenes del viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus voceros cuando se atrevió a desafiarlos por primera vez en 1987, tuvo Cuauhtémoc (lo tuteo porque lo conocí de niño cuando tutear a los adultos era una novedad) una sola salida de tono o un gesto de fastidio vulgar. Lo que muchos creyeron debilidad de carácter o medianía intelectual era otra virtud en desuso: la templanza, esa que su sucesor al frente de la izquierda mexicana desterró del país.

Quizás, como me dijo anoche un cercano amigo y colaborador suyo, había en Cuauhtémoc un respeto dinástico por los usos y costumbres del PRI, autoritarismo que caducó tras darle a México aquella “paz social” de la que nos burlábamos. Los historiadores del futuro la examinarán con mayor indulgencia que nosotros; corroborarán que aquel orden (que no desgobierno) cleptocrático fue, al mismo tiempo, una edad de oro de la cultura mexicana.      

Quiso Cárdenas ser presidente tres veces por creerse obligado moralmente a retomar el legado extraviado de la Revolución mexicana, mitología de la que descreo, pero nació en Los Pinos, casa republicana abierta por su padre, el general Lázaro Cárdenas, quien deseó que los presidentes de México abandonaran el castillo a medias operático de Chapultepec o el Palacio Nacional, mismo que desde 2018 ocupan los nuevos autócratas que, para bien y para mal, se reconocen en el ingeniero Cárdenas. Hoy, esa residencia digna y funcional se ha convertido, como todo en la autoproclamada Cuarta Transformación, en un parque temático abierto a los vándalos, de una pobreza museográfica a la altura de otras ocurrencias, muchas de ellas costosísimas, como ya se sabe: trenes que se descarrilan, aeropuertos vacíos, refinerías inútiles.

Hablando de política hay que recordar que la escisión a la izquierda del PRI, protagonizada por Cuauhtémoc Cárdenas, ocurrió antes de la caída del muro de Berlín en 1989, y pretendía salvar el deteriorado bagaje nacionalista y estatista heredado por la vetusta guerra de 1910 de las reformas económicas liberales que se abrían paso no solo en el mundo occidental, sino en la China de Deng Xiaoping y en la URSS de Mijaíl Gorbachov. Defender ese arcaísmo parecía una causa perdida hasta que se encontró, casi de inmediato, con el activo anhelo democratizador de buena parte de la sociedad mexicana.

La Corriente Democrática quería (y no era la primera vez que ello se pretendía en el PRI) abrir el partido oficial a la competencia interna y desterrar o maniatar el dedazo; lo que abrió fue la esclusa de la democratización, al fin, del sistema político nacional. Aunque lo apoyaba una coalición casi impresentable de estalinistas, nacionalistas revolucionarios, lombardistas y priistas resentidos junto a la izquierda democratizada gracias al movimiento estudiantil de 1968 (no en balde Heberto Castillo, símbolo de quienes fueron víctimas de Gustavo Díaz Ordaz, declinó en su favor como candidato a la presidencia), Cuauhtémoc tuvo la inteligencia de cambiar el guion sobre la marcha y obligado por las circunstancias (quien no las vuelca a su favor no es político) le disputó el poder al PRI el 6 de julio de 1988, día en que el cómputo electoral se interrumpió cuando Cárdenas alcanzaba el 30% en las zonas urbanas y el Frente Democrático Nacional (FDN) que lo postulaba había ganado las senadurías del entonces Distrito Federal, según me contó el ex presidente Miguel de la Madrid. Perdonar al operador de aquel agravio, Manuel Bartlett, en nombre de su mutua comunión con el mexicanismo de nuestro petróleo, fue uno de los peores momentos en la vida política de Cuauhtémoc.

Nunca sabremos qué tan fraude fue el fraude (las boletas fueron incineradas), pero se olvida que el FDN, junto al Partido Acción Nacional (PAN), alcanzó 238 diputados contra un PRI que con 262 curules perdía por primera vez la mayoría calificada. Cuauhtémoc, contra quienes pretendían no sentarse en un congreso espurio que habría de recibir al presidente Carlos Salinas de Gortari, tenido por usurpador, ordenó a los diputados del FDN que tomaran posesión, respaldados por toda la intelectualidad nacional que llamó “a conservar lo ganado”. Había comenzado la alternancia que llegaría a Los Pinos en 2000 con el panista Vicente Fox, previa victoria del propio Cárdenas en la Ciudad de México en 1997, mismo año en que el PRI perdió la mayoría simple en la Cámara de Diputados.

Meses después de julio de 1988, recuerdo haber visto incómodo al excandidato, a lo lejos, en la marcha ritual del 2 de octubre para honrar a los asesinados en Tlatelolco en 68. Se daba de alta en un mundo poco conocido para él. Pero quizás recordó al general, quien dio cobijo, en 1968, a algunos de los perseguidos. La llamada, por un cardenista como Adolfo Gilly, “revolución interrumpida” de 1910-1917 y su secuela bajo el sexenio del general michoacano, se encontraba con los ya maduros protagonistas del 68 y Cárdenas, en esa “paradoja cardenista” bien explicada por Roger Bartra. El popular ingeniero se convirtió en la cabeza de la oposición, acompañado con gallardía por el panista Manuel Clouthier y la trotskista Rosario Ibarra de Piedra.

Celoso de la vida de los ciudadanos, también Cuauhtémoc se negó a ocupar el Zócalo y provocar un Tiananmén mexicano –estamos, insisto, en 1988– y se concentró en aquello que José Vasconcelos se rehusó, en similares circunstancias, a hacer en 1929: en vez de exiliarse y culpar a los mexicanos de su desgracia, fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD) que, durante más de veinte años reunió a mucho de lo peor y a algo de lo mejorcito de la izquierda mexicana.

¿Qué tan responsable fue Cárdenas de ungir a López Obrador como su heredero al frente del PRD? Se equivocó, sin duda, gravemente en su elección, pero pronto –sobran los testimonios– entendió que su legado, heredado a medias, había caído en las peores manos. López Obrador, ultrajado por ser víctima de un fraude imaginario en 2006, lo humilló varias veces. Su desprecio por los Cárdenas, padre e hijo, fue recurrente (nos advirtió que le heredaría el poder a una persona de izquierda, a diferencia del general, quien prefirió a un moderado católico, Manuel Ávila Camacho que a un general radicalizado, Francisco Múgica). Tampoco se ahorró trapisondas para combatir a Cuauhtémoc y a su gente en el PRD; al fundar el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), vació al PRD de su militancia (se habla de un 90% que demostró, como decía Octavio Paz y algunos no le creíamos, la endeble vocación democrática de nuestra izquierda) y desde el poder no solo intimidó a la oposición sino cazó hasta judicialmente a sus antiguos adversarios en el PRD.

Pero Cuauhtémoc no rompió nunca. Envió a su hijo Lázaro Cárdenas Batel, también ex gobernador de Michoacán, como su delegado informal en Palacio Nacional, donde aún trabaja o asesora, aunque ignoro con qué grado de influencia política. Organizó Cárdenas círculos de estudio y debate, dejando saber que el régimen de López Obrador no era el de la izquierda que él hubiese deseado en el poder y a fines de enero de 2023, el locuaz inquilino del Zócalo lo desterró del paraíso calificándolo de enemigo y conservador. El demagogo rectificó veinticuatro horas después horas después cuando fue informado de que el ingeniero Cárdenas no le daría la espalda a la susodicha Cuarta Transformación. Hubiera sido un cuento de hadas que, a su edad, Cuauhtémoc tuviese un gesto audaz y rompiese con su heredero, levantándose contra un régimen herido por las elecciones intermedias de 2021, cuando los ciudadanos castigaron su criminal manejo de la pandemia y su aquiescencia con el crimen organizado. De haber actuado así, Cárdenas habría recuperado, quizá, al ya entonces significativo fragmento del electorado de la izquierda aquejado de decepción y que en 2024 volvió a confiar en ese espejismo tan mexicano del Fuego Nuevo sexenal.

Había renunciado el hijo del general al PRD en 2014, meses después de que el alcalde perredista de Iguala le entregara al narcotráfico a los estudiantes de Ayotzinapa. Cárdenas pasó los últimos años de su vida refugiado en su papel de “referente moral” y se tomó la fotografía con la entonces candidata a la presidencia, quizá ilusionado también con que ella cambiaría de rumbo. A diferencia de su mercurial aliado, el inteligentísimo y estrambótico Porfirio Muñoz Ledo, que vivió cayendo parado y murió de igual manera, pasando de comparar a López Obrador con Jesucristo a denunciarlo como jefe de un narcoestado, Cuauhtémoc consideró que más no podía hacer por la democracia en México. Pero como Adolfo Suárez en España, aunque habiendo abandonado el sistema y no encabezándolo, fue un hombre del Antiguo Régimen que abrió el camino para dejarlo atrás.

Fue Cárdenas un gobernante discreto de Michoacán (1980–1986), aunque inusualmente celoso de la soberanía estatal frente a las injerencias policíacas de la federación. Sus escasos dos años al frente del Distrito Federal (1997-1999) trajeron nuevos aires, un cambio de actitud positiva en el talante ineficaz y desdeñoso de los empleados de las antiguas regencias, una exitosa política cultural, y poco más. Desde entonces, la izquierda ha gobernado la Ciudad de México y tuvo un buen jefe de gobierno, por ejemplo, en Marcelo Ebrard, quien sin embargo heredó la cobardía de su mentor Manuel Camacho y en dos ocasiones, habiendo podido competir por la presidencia de la República, se hizo a un lado, incapaz de enfrentar, aterrado, a López Obrador.

No solo dejó pasar Cuauhtémoc a quien anhelaba liquidar su herencia, sino que al frente del PRD desdeñó a los viejos demócratas originarios del Partido Comunista Mexicano (PCM), como Arnoldo Martínez Verdugo o Gilberto Rincón Gallardo, quienes idearon antes que él, como los panistas, una transición democrática de cuyo espíritu se adueñó el neocardenismo para ser exorcizado, con copal y sahumerio, por López Obrador. Cárdenas prefirió rodearse de priistas, quienes más temprano que tarde traicionaron su confianza y vieron en el populista tabasqueño una nueva oportunidad de hacerse justicia con la dadivosa Revolución mexicana. También hubo prominentes panistas que perdieron la cabeza y pasaron a servir al obradorato o comunistas que aparentaron ser “de avanzada” durante años y tan pronto se les ofreció el puesto de comisarios del pueblo, como Pablo Gómez, otrora brillante parlamentario, desempolvaron las obras de Lenin en busca de instrucciones.

Es muy fácil elogiar a quien no se probó en el ejercicio del verdadero poder, como Cuauhtémoc, pero es ardua la tarea de imaginarlo cometiendo las tropelías de López Obrador. A diferencia de este, Cárdenas fue, además de un demócrata, un hombre cultivado, curioso y sensible. Quizá le faltó imaginación, pero suya fue, insisto, la decencia del hombre de bien. Decía Carlos Monsiváis, alelado por López Obrador que este, a diferencia del ingeniero, “no se dejaba”. Qué cara nos salió esa obcecación.

Como nos recordaba Enrique Krauze hace pocos días en Madrid, habría que releer las memorias de Alexis de Tocqueville sobre la revolución de 1848 para recordar que todas las revueltas y rebeliones, reales o imaginarias y más allá de su calado en la estructura social, llevan al poder, salvo excepciones notables por serlo, a los idealistas y a los ilusos, pero sobre todo a los resentidos, a los ladrones y a los matarifes.

Más allá de la servidumbre voluntaria exigida por López Obrador y su heredad; por encima de su aterradora ineficacia que ha hecho retroceder décadas al país en lo más importante –la salud y la educación–, asombra la rapacidad de sus personeros. Roban a manos llenas y sin escrúpulos porque tienen la legitimidad electoral que les dio un poco más de la mitad de los mexicanos. Lo cual es mucho, pero nunca es suficiente en una democracia. Para remediarlo es cosa de desmantelarla. Ese no era el México con el soñó Cárdenas, acaso el último de los republicanos asociados a la virtud que tuvo la izquierda mexicana, dueño de una vida digna, sin escándalos.

Técnicamente, México reúne ya todas las condiciones para ser una dictadura, pues el poder se concentra ilegalmente en la presidencia de la república. Cuauhtémoc Cárdenas será un recuerdo de la quimera del siglo de la Revolución Mexicana y de su fracaso democrático. ~


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