Destino político: ¿Botswana o Argentina?

En el camino del desarrollo, la disyuntiva para México parece estar en seguir el ejemplo de dos países muy disímiles.
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A primera vista, parece descabellado plantear como posible destino para  México la alternativa entre Botswana, un país casi desconocido en el corazón de África, o Argentina, que era en el siglo XIX la nación más rica de América.  Pero para economistas y politólogos posmodernos y heterodoxos esa es precisamente la disyuntiva que enfrentan las naciones que no acaban de transitar a una democracia plena y a una economía dinámica e innovadora.

Why Nations Fail?, el libro reciente de Daron Acemoglu y James Robinson plantea una hipótesis que trata de probar –hasta machaconamente– recorriendo la historia del neolítico al siglo XXI. A diferencia de explicaciones tradicionales –que definen aún ahora los programas de ayuda de diversos organismos internacionales–  y que achacan la desigualdad económica en el mundo a la geografía, la dotación de recursos, o a la ignorancia de los gobernantes, frente a los cuáles nadie puede hacer nada, Acemoglu y Robinson colocan la responsabilidad del atraso de muchos países del planeta donde debe de estar. La culpa es de los políticos –y las élites y los grupos de poder que representan–que han desgobernado a colectividades enteras desde el principio de los tiempos.

A lo largo de la historia, afirman, los países han desarrollado, o instituciones políticas y económicas “extractivas”–que han explotado a la mayoría de la población en beneficio de unos cuantos–,o “inclusivas”, que tienden a favorecer a todos y elevar su nivel de vida y a incorporar, uno tras otro, a los diversos estratos sociales en el quehacer político.

Los autores se cubren de posibles críticas argumentando que la contingencia, la buena fortuna y el legado del pasado han decidido el destino de incontables naciones. Pero su tesis explica, en efecto, por qué los países europeos, los Estados Unidos, y otros, son reinos de la abundancia, mientras países africanos, asiáticos y latinoamericanos se debaten en la miseria. El asunto tiene otra cara aún más interesante: la tesis de Acemoglu y Robinson es un saco que les queda a todos. (No es casualidad que Thomas Friedman haya publicado en el New York Times un artículo sustentado en esa tesis que busca explicar cómo Estados Unidos está transitando, en contra de su historia, de un modelo inclusivo a uno extractivo. Un sistema que beneficia a los ricos a costa de los demás.)

Antes de que el libro de Acemoglu y Robinson cayera en mis manos, leí otro, publicado años antes, mucho mejor escrito y lleno de humor, pero sin el marco conceptual de ¿Por qué fallan las naciones?: False Economy. A Surprising Economic History of the World de Alan Beattie. Los dos libros se complementan bien y plantean a final de cuentas, lo mismo. Los países exitosos son lo que construyen un sistema político inclusivo y plural y un sistema económico (y educativo) abierto a las iniciativas tecnológicas, a la libre competencia y a la innovación.

¿Por qué Botswana? Porque, dice Beattie, el papel en la historia de ese país es ser la muestra viviente de las políticas que se deben adoptar para progresar en democracia. El pasado le regaló a Botswana instituciones participativas centenarias: consejos comunales donde todos podían expresar y pelear sus opiniones y delimitar el poder del jefe en turno. Además, para su fortuna, los ingleses nunca descubrieron la riqueza en diamantes que escondía su territorio y se contentaron con gobernarlo indirectamente como un estado colchón frente a las otras potencias coloniales.

Cuando se independizó en 1965, Botswana era un país muy pobre. Sin acceso al mar, sin infraestructura y con un nivel de educación deplorable, Botswana parecía destinado al olvido y a la anarquía. Sus vecinos, Angola y Zimbabwe, se hundirían en la violencia y la corrupción y Sudáfrica no parecía dispuesta a permitir el progreso de Estados gobernados por negros en sus fronteras. Con todo en contra, Botswana consolidó un sistema democrático y plural y ha usado sabiamente los ingresos provenientes de sus diamantes; nunca ha padecido guerras civiles, ni corrupción, y creció por décadas a una tasa altísima. La contingencia y la suerte jugaron también a su favor: Botswana contó al principio con un tesoro tan grande como sus minas. Un líder político –Seretse Khama– preparado, honesto y visionario que colocó al país en el camino a la prosperidad.

Argentina emprendió la vía al subdesarrollo desde una posición opuesta: con todas las ventajas posibles para la modernidad. Un país inmenso, bellísimo y rico en recursos naturales; en 1914 tenía un ingreso per cápita mayor que el de Francia. El gobierno de una aristocracia terrateniente despilfarradora y miope, que obstaculizó la industrialización temprana del país, pasó en los años cuarenta a manos de Perón. El peronismo estableció un modo de gobernar que no ha cambiado: erigió barreras proteccionistas, un abanico de subsidios y un sistema político clientelar y corrupto que ha pasado sistemáticamente por encima de la ley. Argentina se convirtió en una nación empobrecida y solipsista, incapaz de compararse con el mundo y aprender del avance de otros países. Un país que ni siquiera traza paralelismos con su propio pasado sino con una visión ideológica y mítica de si misma.

México está a la mitad del camino: no somos ni Argentina, ni Botswana. Hemos sentado los cimientos de una democracia y parte de nuestra economía funciona con criterios modernos. Pero estamos muy lejos de habernos liberado del sistema político y económico extractivo que heredamos de la Colonia. Ningún país ha logrado erigir instituciones inclusivas sin una amplia coalición de estratos sociales que ejerzan una presión efectiva sobre el poder. Libros como el de Acemoglu y Robinson ayudan a poner la brújula en su lugar y a entender que es lo que la sociedad civil debe demandar a los políticos para consolidar un progreso inclusivo.

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