El pasado 14 de febrero, durante la Conferencia de Seguridad de Munich, Marco Rubio pronunció un discurso que causó una nueva conmoción en la opinión pública de la prensa occidental. Es un indicio interesante que la base de las discusiones recientes sobre política internacional sean tres discursos pronunciados en el curso del último año. El primero lo dio J.D. Vance el año pasado, también en la conferencia de Munich. El segundo, Mark Carney, primer ministro canadiense, en enero pasado en el Foro Económico Mundial de Davos. El tercero y más reciente es el de Rubio.
El discurso del vicepresidente Vance escandalizó a los europeos cuando habló de amenazas existenciales a su “civilización” y dio un apenas encubierto respaldo a los partidos de la extrema derecha. Carney, por su parte, se convirtió en el héroe de los nostálgicos del orden liberal desfalleciente, quienes se identificaron con su crítica del trumpismo y sus adláteres europeos, pero prefirieron ignorar la imprecisión de su ruta alternativa.
Este fin de semana, aquellos urgidos de consuelo por el deterioro, si no ruptura de la alianza atlántica, quieren ver en Rubio el puente de reconciliación entre Europa y Estados Unidos. Marco Rubio, igual que Vance, repitió la palabra “civilización” en doce ocasiones para un discurso de 20 minutos de duración. Hago aquí el análisis de sus implicaciones, pues me parece que la retórica de Rubio llenará la imaginación conceptual en la política estadounidense en el futuro cercano.
El contenido racial de la “civilización”
Hay un eco de supremacismo racial en el uso que hace el trumpismo de la palabra civilización. Rubio equipara la civilización con la cooperación entre los países europeos y Estados Unidos, la reduce a un asunto de los pueblos de raza blanca. Estados Unidos tiene raíces, dice Rubio, en Inglaterra, Escocia, Irlanda, Francia, Italia, Alemania, Holanda y hasta, ya por no dejar, España. Los africanos no son parte de esta visión de Occidente, por más que un porcentaje altísimo de la población de ese país a lo largo de su historia haya sido de color. Olvidemos a Rosa Parks, Martin Luther King Jr. o Maya Angelou: la herencia afroamericana no existe en el discurso de Rubio, ni como referencia indirecta. “Estados Unidos es hijo de Europa”, presumió, como si en Europa no hubiera también una herencia africana que se remonta siglos atrás.
Rubio apela también a los impulsos supremacistas de los partidos de la extrema derecha europea, al mencionar las raíces cristianas de los fundadores de América –como siempre, equivalente a Estados Unidos y no al continente–. Hace un guiño también a los resortes antisemitas del movimiento MAGA. No hay una sola mención a los judíos, como si la herencia judía en Estados Unidos fuera desdeñable y no hubiesen existido nunca en Europa. Uno se pregunta qué sería de la vida intelectual, artística y universitaria estadounidense sin la presencia judía.
También sorprende el silencio sobre el mundo árabe. En la mentalidad del movimiento MAGA, árabe y musulmán es lo mismo, de manera que debemos excluirlos a ambos, pues lo que destruye a Europa, según se lee entrelíneas en este discurso, es la migración musulmana o el mundo árabe en su conjunto. No tiene sentido referirse a contribuciones como los números arábigos, con los cuales Rubio y todos los estadounidenses hacen cálculos diariamente.
Finalmente, el término “civilización”, tal y como lo concibe el discurso, excluye por supuesto a los asiático-americanos. Nada significa que Japón sea el aliado más importante de Estados Unidos en la disputa geopolítica con China, o que los estadounidenses de origen nipón hayan sufrido brutales vejaciones durante la Segunda Guerra Mundial. Poco importa la contribución de inmigrantes coreanos, vietnamitas e indios en el desarrollo tecnológico estadounidense. A lo mejor es irrelevante que los asiáticos obtengan las mejores calificaciones en todas las universidades de la Ivy League. Asia no es parte de “la civilización”.
Y evidentemente, ni hablar de América Latina. Aunque Rubio sea hijo de cubanos, prefirió reivindicar a sus lejanísimos ancestros españoles e italianos. Debe ser obvio para todos que la postura oficial del gobierno de Trump es que “la civilización” es occidental.
Si el liberalismo aboga por el universalismo en el trato frente a la ley, sin distinción de grupos étnicos y sociales, hay un punto en el que los trumpistas y los “woke” coinciden: hay un millar de razas que exigen trato diferenciado, ya sea en forma de apoyos o de maltratos.
La disputa por la candidatura presidencial
Imposible pasar por alto que Vance y Rubio son los dos aspirantes fuertes del partido republicano a la candidatura rumbo a la Casa Blanca en 2028. Parte del vigor del sistema político de Estados Unidos residía en la fortaleza de su federalismo. La ventaja de un candidato salido del gobierno es la experiencia administrativa en el gabinete; el problema es que la cercanía con el poder necesariamente aleja de las preocupaciones y necesidades cotidianas de la población. Por eso, en Estados Unidos, los candidatos solían venir del trabajo territorial, como gobernadores en algún estado lejando de Washington, o bien de la representación de sus conciudadanos en alguna cámara legislativa. En el trumpismo pareciera que se reproducirán las intriigas palaciegas que vemos cada seis años en México, solo que los costos no son nada más para su país, sino para todo el planeta.
Los discursos de Rubio y Vance son, a querer o no, posicionamientos frente a la carrera presidencial. No sé qué harán los trumpistas más radicales en su racismo. Por una parte, un secretario de Estado hispano, por la otra un vicepresidente casado con una mujer morena de la India. He leído por ahí que Vance ya está buscando una esposa blanca para competir exitosamente con esa base republicana supremacista. Rubio, más sutil políticamente que Vance, parece tender la mano a los países europeos, quizá buscando patrocinadores para su campaña. La estrategia de Vance es la contraria, humillar a los europeos para consolidar las preferencias de la base MAGA. En el fondo no hay tantas diferencias: los dos consideran que a los países europeos les corresponde la posición de lacayos de Estados Unidos. Solamente que para Rubio, los europeos pueden ser lacayos con librea.
Cabe decir de paso que no se ha calibrado lo suficiente el hecho de que la elección presidencial estadounidense de 2028 podría ser la primera en varias décadas donde los candidatos de ambos partidos sean explícitamente antiliberales: del lado republicano, Vance o Rubio; del demócrata, una figura en la línea socialista de Bernie Sanders o Alexandria Ocasio-Cortez.
Las reacciones de la prensa europea han sido asombrosas. Sean el Financial Times, The Guardian, Le Monde, Le Grand Continent o Der Spiegel, a todos les preocupa lo mismo: ¿Estados Unidos puede volver a ser confiable para defenderlos militarmente o no? La sustancia y fondo del discurso de Rubio les traen sin cuidado. La pregunta es si pueden echarse a dormir en sus laureles otra vez y desentenderse de las cuestiones militares. Rubio se burló de la propuesta de mercado común europeo, vale decir del libre comercio, de la libre movilidad de la mano de obra (migración de trabajadores) y hasta del Estado de bienestar. Evitar que una persona muera por no tener el dinero para pagar una consulta médica o medicamentos no es parte del concepto de civilización de Marco Rubio. Y así le aplaudieron los europeos. De esa manera se concibe “Occidente” hoy.
Otra idea de “civilización”
Hasta donde vi, las únicas mujeres mencionadas en el discurso de Rubio son sus propias ancestras. Saque usted sus conclusiones sobre el lugar que les asigna a las mujeres en su visión civilizatoria. Francamente, preocupan tantas perspectivas retrógradas en una sola oferta política. Se equivocan quienes afirman que este es un discurso político conservador. Se trata de una propuesta abiertamente antiprogresista, que no es igual. El conservadurismo, como dice literalmente su nombre, busca conservar las conquistas del progreso humano, no retroceder. Es diferente.
Un día sí y otro también, los enemigos de Rubio recuerdan que originalmente fue un crítico del trumpismo. A mí es lo único que me permite abrigar alguna expectativa favorable de su persona. En otra era violentamente ideológica, el período de la Revolución francesa, un personaje que ostentaba el mismo cargo de Rubio, jefe de la diplomacia de su país, se caracterizó por ser el más exitoso político y el único que trascendió gobiernos y regímenes. Me refiero por supuesto a Charles Maurice, príncipe de Talleyrand.
Las preferencias ideológicas de monsieur Talleyrand cambiaban según hiciera falta. Un día era monárquico, al siguiente defensor del imperio napoleónico y más tarde, a lo mejor hasta republicano. En el fondo, la razón por la cual sobrevivió a tantos cambios políticos fue su flexibilidad ideológica, sin perder de vista nunca los intereses de Francia en el exterior, que se mantenían inalterables al margen de las pasiones ideológicas domésticas. Rubio podría convertirse en una figura similar si analiza cuidadosamente el concepto de realpolitik, que él conoce muy bien, y estudia minuciosamente la obra de Kissinger, admirador de Talleyrand. No sé si encaja con su idea de civilización, pero Talleyrand es recordado como la quintaesencia del diplomático europeo.
Cualquiera que haya caminado por las calles de alguna de las grandes metrópolis estadounidenses, advierte de inmediato la diversidad de grupos humanos procedentes de todo el planeta. Cuando los turistas suben al bote que los lleva de visita a la Estatua de la Libertad, escuchan al guía decir en el megáfono “bienvenidos a Nueva York. Todos ustedes, vengan de donde vengan, se vistan como se vistan, parecen neoyorkinos. Aquí solo se juzga su trabajo, no su origen”. La “civilización americana” logró exitosamente, con la fuerza de su ejemplo, la “occidentalización” de países tan distantes culturalmente como Japón, Corea del Sur, Singapur, Taiwan y hasta Vietnam. Rubio recordó en su discurso que en 2026, Estados Unidos cumple 250 años. Ojalá que a dos siglos y medio de la fundación de ese gran país, el futuro de la política exterior norteamericana se parezca menos al discurso de Rubio y más al de aquellas palabras inmortales “sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales.” Ahí no dice los hombres occidentales, dice todos. En eso consistía la verdadera grandeza estadounidense y occidental, no en el color de la piel ni mucho menos en la procedencia europea. ~