Esperando a Obama

Aunque se espera que pronto plantee cambios que alivien la situación de los indocumentados, Barack Obama tiene que considerar el efecto inmediato que tendría su decisión en las elecciones de noviembre.
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A mediados de julio moderé una mesa de discusión sobre la reforma migratoria para el Consejo Nacional de La Raza, quizá la organización de defensa de los derechos de los hispanos más importante de Estados Unidos. Además de un par de activistas del propio consejo, se sentó a la mesa Luis Gutiérrez, representante demócrata de Illinois que se ha convertido en la voz más clara en el ya largo debate sobre los urgentes cambios que necesita el fallido sistema migratorio estadounidense. Inevitablemente, la plática se encaminó hacia la enorme frustración de grupos como La Raza ante la parálisis legislativa, provocada enteramente por el partido republicano en su versión más dogmática. Para muchos presentes, parecía un hecho que la reforma se quedará en el tintero, al menos mientras Barack Obama sea presidente. Por eso, la atención de los activistas se ha concentrado, desde hace al menos un año, en presionar al propio Obama para que tome medidas unilaterales que alivien (aunque sea temporal y reversible, como es la naturaleza de cualquier acción ejecutiva que no hace un cambio a la ley) a un buen porcentaje de los millones de indocumentados que viven acá.

El día de la conferencia de La Raza, Luis Gutiérrez compartió los detalles de una reunión que había tenido con el presidente unos días antes, junto con sus compañeros del grupo parlamentario hispano. Gutiérrez dijo haber encontrado a un Obama ocupado en plantear cambios que, dijo el congresista, serían “amplios y generosos”. Alguien del público quiso saber cuándo se publicarían dichos cambios. Gutiérrez dijo que la decisión llegaría relativamente pronto. De aquello han pasado seis semanas y, a pesar de que la presión de los activistas es cada vez mayor, las manifestaciones en Washington no cesan y el hartazgo hispano es palpable, Obama no ha querido dar el paso. La pasividad presidencial ha generado infinidad de reacciones negativas. Los grupos como La Raza y varios más se dicen decepcionados hasta la depresión. Otros más amenazan con subir el tono y frecuencia de las protestas.

La molestia de estos grupos es comprensible, pero la cautela de Obama también. El clima político actual en EU no se presta para acciones ejecutivas de esa magnitud. Más allá de las posibles consecuencias legales de la decisión (hay quien afirma que Obama podría estar coqueteando peligrosamente con la ilegalidad si anuncia medidas demasiado ambiciosas sin el respaldo del poder legislativo), Obama tiene que considerar el efecto inmediato que tendría su decisión en las elecciones de noviembre, en las que estará en juego el control del Senado. En este momento, el Partido Demócrata tiene ligera mayoría de 53 asientos contra 45 de los republicanos (hay dos senadores independientes). Esa ventaja está en serio peligro de desaparecer en las próximas elecciones. Es posible que los demócratas pierdan al menos cinco escaños. En el peor escenario, ese número podría subir hasta ocho. Sería, sobra decirlo, una voltereta dramática que tendría consecuencias inmediatas y severas para el gobierno de Obama: Washington se hundiría ya no en la polarización sino en la parálisis y el encono más absolutos. No es una exageración decir que EU, en las altas esferas del poder, se volvería ingobernable. Si para el Partido Demócrata la situación es de alarma, para Obama un triunfo republicano en noviembre significaría, casi desde cualquier punto de vista, el final de su presidencia. En este momento, de acuerdo con la mayoría de especialistas, los republicanos tiene alrededor de 65% de probabilidades de quedarse con el Senado. Cinco de las contiendas están tan apretadas que las encuestas aparecen dentro del margen de error. Por todo esto, anunciar ahora un paquete de acciones ejecutivas sobre migración sería como aventarle una bomba al avispero. Prueba es la reacción de los candidatos demócratas que luchan por su supervivencia en el Senado. Todos han declarado que no es el momento de tomar decisiones unilaterales en un tema tan delicado. El anuncio tampoco hace sentido desde el punto de vista demográfico: de los estados en disputa en noviembre solo uno —Colorado— tiene una población hispana lo suficientemente grande como para ayudar al candidato demócrata. En suma, por el momento los riesgos son muchos y los posibles beneficios muy pocos. Por eso, a pesar de la creciente irritación de los activistas y la fe de congresistas como Luis Gutiérrez, Obama probablemente guardará silencio hasta después de ese primer martes de noviembre.