Foto: The White House

Irán: lo que cambió

El memorándum de entendimiento firmado por Estados Unidos e Irán da un respiro a la guerra entre ambos países. Sus implicaciones van más allá del Medio Oriente.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Tuvieron que pasar casi cuatro meses desde los primeros bombardeos para lo que aparenta ser un respiro que no es una fiesta de paz, porque ni es fiesta ni es paz. Si era impensable el asesinato de Khamenei, también lo era, para algunos, el cierre del estrecho de Ormuz. Irán había amenazado hacerlo durante décadas; la herramienta teórica encontró en su aplicación más peso que cualquier otra estrategia disuasoria.

Aún es pronto para recapitular por completo los hechos frente a nuestros ojos. Avanzan los 60 días posteriores a la firma del memorándum de entendimiento que abrió un paréntesis, no solo en el conflicto: la reapertura del estrecho permitió algo de distensión a los mercados que coqueteaban con una crisis mayor. Cambió, al menos temporalmente, el lenguaje establecido desde 1979 entre Teherán y Washington, y  el paradigma de la relación política y de la comunicación entre Washington y Tel Aviv –al menos, entre estos Washington y Tel Aviv.

Con un instrumento que no significa un acuerdo de largo plazo –tampoco uno nuclear y mucho menos una vuelta a la realidad previa al 28 de febrero, cuando inició este capítulo iraní–, tenemos un experimento no intencional sobre la conformación política de la región, y sabemos que sus condiciones rara vez se quedan ahí.

Tras la firma a distancia del memorándum, no pocos lo describieron como una absoluta claudicación por parte de Estados Unidos o un regreso al statu quo ante. Hay más que eso. Entiendo las afirmaciones porque hay con que llegar a esa primera conclusión, pero evitan observar complicaciones a futuro mucho más amplias. No toman en cuenta códigos políticos locales de Irán ni de la zona, o parecen quedarse en el instante presente y no ver los posibles desenlaces de una mala solución, que quizá era la única; en los últimos días me he inclinado a pensar que es el caso. De serlo, mi preocupación central está en las puertas que se abren. En el cambio de mentalidad política que se ha impuesto y encuentra en el escenario iraní un espacio de ejecución. Sin que me guste –no lo hace–, no me atrevo asegurar si es para bien o para mal.

Es cierto que Estados Unidos gana, sobre todo, un cese al fuego, otro, que le quitó tensión a las presiones financieras; que no se consiguieron uno solo de los objetivos maximalistas de la Casa Blanca; que, en buena medida, a pesar de los saldos evidentes –la muerte de Khamenei y un buen número de miembros de la mayor jerarquía política y militar iraní, la destrucción de una fuerza naval que nunca fue muy relevante pero ya lo es menos–, permanecer en el limbo de estos meses era probablemente más costoso para Washington que para Irán y que las condiciones del memorándum admiten una lectura mucho más favorable hacia este último.

Si el camino del memorándum no era el correcto, ¿cuál sí lo era frente al estancamiento que condujo a la guerra? Que las Guardias Revolucionarias se cansaran y capitularan no iba a suceder pronto. Hacerlo no entra en sus códigos, ni entre los identificados como de línea dura ni entre los pragmáticos. El sistema iraní, tras el cierre de Ormuz y los ataques a países del Golfo, se percibe a sí mismo en una posición de fuerza que no tenía. Si la extensión del impasse en que nos encontrábamos eventualmente obligaría a ese cansancio, ¿iban a poder aguantarlo Estados Unidos, Europa y los vecinos del Golfo?

El régimen iraní, por su esquema autoritario, no tiene las preocupaciones de Occidente por el enojo ante la crisis económica o la desaprobación popular y política del conflicto, no tiene contrapesos que afecten la solidez de sus liderazgos, no tuvo las deserciones o fracturas que con un cálculo desconectado de la realidad anticiparon Washington y Tel Aviv. Las muertes, como los 156 asesinatos en la escuela de Minab, fueron instrumentalizadas sin problema por un régimen que vería cualquier otra similar como un insumo retórico antes que lamento.

El memorándum de entendimiento es más que un documento de apenas dos páginas con concesiones antes inimaginables, tanto de posturas tradicionales de Estados Unidos como de las propias de Trump frente a Irán. Da varias muestras de una intención de negociar como si el de Teherán fuera un gobierno normal, en una situación normal, con el que la transaccionalidad de casi cualquier punto puede llegar a un destino positivo para las dos partes en la mesa. Solo que no es un gobierno que entraría en las definiciones acostumbradas de normalidad.

Es reduccionista tomar al régimen solo como una teocracia. Si en algún momento la figura del Líder Supremo lo fue todo, dejó de serlo con el tiempo y hoy las Guardias Revolucionarias dan avisos de importar más que él. La modificación transforma al sistema iraní en un aparato militarizado, político, al amparo de lo religioso. El orden de los factores importa y no es necesariamente positivo. En todo el planeta hay historias que levantan sospechas sobre la idea de que los militares pueden ser más racionales que los religiosos. Su pragmatismo incorpora sectores dogmáticos, sin duda, pero también un sistema de corrupción imperante, deseo de control social, económico y político donde lo ideológico sirve de proveedor o facilitador para lo corrupto. Por eso es un sistema, no solo un régimen, y el descabezamiento no implicó su derrumbe, pero sí su adaptación.

Hay modelos de país que llevaron a la renuncia de la libertad política si se podía tener estabilidad económica. Hay otros, sobre todo en el golfo Pérsico, donde las restricciones importan menos que el evidente desarrollo. Son ecuaciones que parten de prioridades distintas a las occidentales y solo le deben funcionar a sus habitantes, si lo hacen. En términos generales así ocurre en casi todos los países de la península. El memorándum se dirige a una posible convivencia con esos esquemas de nación, pero Irán no es China ni Emiratos o Arabia Saudita. Cada espacio de apertura –en especial tecnológica, en el país de las VPN y los métodos para escapar de la sobrevigilancia estatal– ha sido visto como una amenaza al sistema de las Guardias Revolucionarias y reprimida por los mismos que hoy encabezan las negociaciones. ¿Esos mismos pueden cambiar y transformarse en revolucionarios tecnocráticos que abandonen las proclamas ideológicas para construir un país? Si bien negarlo definitivamente caería en lo dogmático y no tendría en consideración ejemplos que admiten dosis de equidistancia en la región, lo veo con escepticismo.

Este me lleva a pensar en nuevas preguntas y discusiones futuras. Si los liderazgos políticos actuales apuestan por un pragmatismo extremo que conduzca a ideas de habitabilidad, ¿cuánto tiempo tardarán los grupos de línea dura en reaccionar y cómo lo harán? Mi escepticismo me obliga, por rigor, a contemplar el escenario y tampoco puede ignorar la buena recepción de segmentos importantes de iraníes que bien argumentan: si lo anterior ha fallado, esto es una posibilidad. Y esa posibilidad también cuenta con cierta recepción positiva en la zona.

Aunque los cambios tienden a solo atenderse cuando son negativos, el acercamiento de Pakistán, Arabia Saudita, Turquía, Qatar y Egipto para negociar el memorándum ha significado la reconfiguración regional de mecanismos diplomáticos. Emiratos, el más afectado por los bombardeos iraníes, con cautela, no me sorprendería que se incorpore a sistemas no tradicionales para decantarse por métodos de contrato binacionales con Irán o transaccionales mediante terceros a partir de los cuales esperasen, a cambio, un vecindario más amigable. Si hay que absorber los costos de la guerra y pasar la página para conseguirlo, es perfectamente lógico, con miras al futuro, que estén dispuestos a pagar el precio.

Con relativa poca discusión, el mismo memorándum le concede soberanía a Omán e Irán sobre lo que hasta principios de este año eran aguas internacionales. El cambio de condición sobre un paso abierto a uno en el que países puedan controlarlo no tiene vuelta. Si no son cuotas para Omán e Irán, disfrazadas de eufemismos como cuotas de servicio para no contradecir declaraciones de la Casa Blanca, o se transforman en permisos de cruce designados por Estados Unidos o quien sea, da lo mismo. Incluso si esto no sucede, el solo hecho de incorporar a una negociación métodos de cobro o control entre unos cuantos para áreas internacionales equivale a romper arquitecturas globales. En estos términos, la endeble reapertura de Ormuz no es el business as usual que se llega a señalar a la distancia.

Nada de esto significa un regreso al statu quo.

Las cabezas de hoy en Irán no eran el cuello de ayer. Si su postura cambió y deciden apostar por una convivencia más adecuada con la zona y esta lo acepta, será difícil discutir que no es a costa de los miles de víctimas que dejan a su paso: las de Hezbolá, las de enero en Irán, las de Siria a manos de la crueldad pagada por Teherán, las de cada revuelta iraní.

Y si la impunidad es una condición de normalización –tal vez lo sea, trágicamente–, espero nos preguntemos, no solo entre los implicados, si ese es el mundo que admitiremos o hay algún límite que estamos borrando.

El memorándum no es solo sobre Irán. Es un retrato de las lógicas políticas que estamos construyendo. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: