La danza inconclusa de Claudia Sheinbaum

En la política, como en el ballet, se ponen en juego tensiones y equilibrios, movimientos y ocupación del espacio. En este texto, la danza ofrece claves para entender la situación política de la presidenta.
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Hace diez años, cuando Donald Trump ganó por vez primera la presidencia de Estados Unidos, en medio del desasosiego y sorpresa producidos por su victoria, acudí a Santiago Oñate, experimentado político y diplomático mexicano. “¿Qué puede hacer México?” le pregunté con la misma ingenuidad de tantos analistas. Su respuesta me dejó gratamente impresionado por su originalidad. “Evalúa lo que hace Shinzo Abe. Mientras todos se ponen a analizar las ideas, discursos y al equipo de Trump, el primer ministro japonés se dispuso a aprender golf, la principal afición del nuevo mandatario norteamericano. Ya lo invitó a jugar y compró unos palos de lujo para regalarle. Va a entenderse mejor con él que todas sus contrapartes occidentales. Algo similar deberíamos hacer los mexicanos, en lugar de abandonarnos a la histeria.”

La predicción de Oñate se cumplió letra por letra, tanto así que me la quedé como consejo de vida para entender la política. Por eso, desde la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia de México, me esforcé por averiguar sobre sus aficiones. Me enteré que ella había practicado el ballet durante su juventud. De modo que, venciendo mi resistencia de macho norteño ultramontano, me dediqué a observar videos de los montajes más famosos del ballet, así como tutoriales para la comprensión inicial de esa disciplina. No puedo presumir ningún conocimiento real del tema, pero cuando menos he desarrollado ciertos elementos analíticos de cómo funciona la mente del bailarín. Lo que sigue es una presentación de mis observaciones en esta exploración.

Tendu

Quizá sea el movimiento más básico de toda la disciplina. Consiste en la articulación del pie y el tobillo, controlando la rotación de la pierna de apoyo. Es una postura de presentación ante el auditorio, sencilla pero elegante. Es también un indicio de que la coreografía apenas está por comenzar. Encuentro en este movimiento cierta intención por tomar distancia de las complejidades, una suerte de disposición defensiva, pero en tensión permanente.

Así he visto a la presidenta en el poco más de un año que lleva su administración. Tensa, indispuesta a tomar la iniciativa en asumir el mando pleno del gobierno y su propio partido por innumerables razones, la principal de las cuales todos conocemos y reside en Tabasco. Sheinbaum proyecta una rigidez emocional, intelectual y física muy marcada, incapaz de la soltura carismática de su mentor y opresor actual. Se esfuerza por abandonarse al ritmo de la música política e improvisar, pero sigue necesitando la disciplina de una secuencia previamente establecida y memorizada para sentirse ya no digo segura, sino incluso confiada. Pareciera esperar que le marquen los siguientes movimientos, pero la vida política no se caracteriza precisamente por el orden y el rigor, sino por la exigencia de flexibilidad ante situaciones cambiantes.

Sheinbaum pareciera esperar que su impulsor político la deje actuar con libertad, en lugar de esforzarse por asumir el control de su propio baile. Pero el mismísimo Shakespeare ya nos demostró que Hal, posteriormente conocido como el rey Enrique V, tuvo que deslindarse para siempre de su perverso y entrañable amigo Falstaff para apropiarse plenamente de la investidura monárquica y de la corona misma.

No puedo dejar de pensar en un pasaje de Libertad (2024), las memorias de Angela Merkel. Uno de sus mejores capítulos se refiere al momento de la caída de Helmut Kohl como dirigente de la democracia cristiana alemana. Kohl logró nada menos que la reunificación alemana, pero tendemos a olvidar que su carrera terminó en medio de un escándalo de finanzas partidistas: la Unión Demócrata Cristiana, de la cual Kohl era el líder indiscutible, recibió un dinero no autorizado por la legislación electoral de su país para usar en las campañas.

En ese momento, Merkel, una jovencísima política hechura de Kohl y su equipo, apenas vocera del partido para temas de la mujer y políticas ambientales, guardó silencio. En sus memorias, Merkel dice que se sintió indignadísima y decepcionada de sus mentores y líderes. No le creo. La realidad es que guardó silencio mientras sus jefes se hundían y aprovechó la oportunidad para demostrar su talento y estatura política personal. Pronunció un discurso notable donde delineaba la democracia cristiana para la nueva generación de alemanes, desde la perspectiva de una ciudadana proveniente del bloque comunista y ansiosa de aprovechar el potencial del mundo capitalista. El discurso la catapultaría un poco más tarde a la dirigencia de su partido y de ahí a la cabeza del gobierno de su país durante más de 15 años. Empezó su baile en Tendu, tensa y a la defensiva, pero tan luego olfateó una coyuntura favorable, se deslindó del viejo Kohl, reverenciado en su país y en el mundo, para tomar el control de su partido y, después, del gobierno. Sin eso, Merkel jamás hubiera alcanzado su propio lugar en la historia europea.

Rond de jambe

Esta expresión francesa, que significa redondo o círculo de pierna, designa el movimiento de trazar un círculo con la pierna activa sin despegar la punta del pie del suelo. Parecería una anticipación de movimientos mucho más bruscos, que sin embargo no se concretan. A ratos, recuerda la tensa relación entre Claudia Sheinbaum y Adán Augusto López, su rival más serio en la obtención de la candidatura presidencial en 2024. Y si bien no la consiguió, parece gozar de un ascendente dentro de Morena superior al de la propia Sheinbaum. El llamado “hermano” del entonces presidente López Obrador hace alarde de su impunidad y se siente confiado en que la presidenta no lo destrozará.

Hemos tenido noticia que desde el gobierno de Sheinbaum se han destapado y difundido algunos de los escándalos del senador tabasqueño, e incluso hemos atestiguado su destitución como coordinador de la bancada morenista, pero no ha recibido el golpe definitivo que lo saque del camino de la presidenta. Es algo como un rond de jambe, que no continúa con ningún movimiento audaz o contundente.

Esa relación tan incómoda entre ambos personajes evoca uno de los mejores libros autobiográficos de la política internacional: Mi vida (1975), de Golda Meir. Mi generación estuvo acostumbrada a pensar en Shimon Peres como un santón de la política mundial, un referente moral y un líder inmaculado, pero Meir le acomoda numerosos golpes en sus memorias, retratándolo como traicionero, intrigante y excesivamente ambicioso. En el libro chocan constantemente por todos los temas, desde la política de defensa israelí hasta la organización misma del partido laborista, e incluso en la perspectiva generacional, pues Peres era más joven que Meir.

Peres se posicionaba en aquellos años como un halcón, un hombre duro y agresivo en lo referente a la seguridad de Israel frente a sus hostiles vecinos, especialmente después de la guerra del Yom Kippur. Parece increíble que décadas más tarde, el mundo lo conociera como uno de los impulsores más decididos por la paz. En cambio, Meir, la estadista que había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial y participado con la generación fundadora de Israel, era más cauta en el uso de la violencia. 

Meir no dudó en excluir a Peres cuantas veces lo consideró necesario. Filtró ataques en su contra en la prensa, lo desacreditó en privado con sus compañeros de partido, lo marginó del verdadero poder mientras ella lo ejerció, pese a que estaba consciente de que un día él podía ocupar su lugar.

A Meier no le bastaba con la amenaza del rond de jambe, había necesidad de acompañarla de acciones más contundentes para deshacerse de quien buscaba disputarle la conducción del partido y, por tanto, de las políticas gubernamentales. No había espacio para dos liderazgos simultáneos en el laborismo israelí.

Arabesque

Se trata de una posición en la que el ejecutante se para sobre su pierna de apoyo y con la otra gira hacia afuera y la extiende detrás de su cuerpo. Es una postura graciosa, elegante, que exige trabajar el equilibrio para efectuar movimientos y giros complejos. En perspectiva política, parece un movimiento para marcar distancia y alejar a otros participantes, con el fin de evitar que eclipsen al ejecutante en el escenario. Si bien en algunas piezas este movimiento se hace con el apoyo de una pareja que sostiene a la bailarina, es preciso que la mujer confíe en el bailarín. De otra manera, al ejecutarse individualmente, puede verse como una manera de establecer distancia con otros bailarines para tomar impulso, un poco a la manera de ciertas escenas en El lago de los cisnes o en La Bayadera.

A mí me recuerda la relación de Sheinbaum con Donald Trump. Con su personalidad desbordada, el mandatario ocupa todo el espacio de cualquier escenario donde se presenta. Con esa postura, Sheinbaum proyecta un intento de alejarlo de su centro para tener un espacio en el cual desplegar su propia personalidad y liderazgo.

Ya hubo otra mujer que se vio forzada a enfrentar la invasión de su espacio personal por parte de Trump. Se trata de Hillary Clinton, quien, en su libro Lo que pasó (2018), refirió las vicisitudes de su fallida campaña presidencial en 2016. La mayoría de la gente recuerda cuando, durante uno de sus debates con Trump, él se colocó detrás de ella para intimidarla. Ella reconoce en el libro que no supo cómo reaccionar ante una agresión tan explícita. Si era muy vehemente en su reacción, se le acusaría de exagerada e hipersensible ante un gesto inocente. Si, por el contrario, permanecía impasible, la gente la acusaría de cobarde. No había respuesta correcta ni equilibrios claros.

Desde luego, la posición de Clinton no se compara con la de Sheinbaum. La mandataria mexicana no es una competidora electoral del estadounidense, sino la gobernante de un país infinitamente menos poderoso frente a la mayor súper potencia planetaria. Sin embargo, al final Clinton señala que la disyuntiva que ella percibió durante el debate era falsa. Lo que la hubiera fortalecido no era enfrentar a Trump ni fingir indiferencia y apagarse frente a él, sino concentrarse en que su propio desempeño fuera el óptimo ante el público del debate. No había que efectuar un arabesque para alejar a Trump, sino seguir bailando a su propio ritmo y llenar el escenario con su propia presencia. Ciertamente es muy fácil decirlo como analista y muy difícil hacerlo como político.

También Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, refiere en Un poder diferente (2025), su libro de memorias, cómo intentó lidiar con Trump. Ardern reconoce que después del ataque terrorista a las mezquitas de Christchurch, Donald Trump fue el primero de los mandatarios del mundo en comunicarse con ella. No obstante, la oferta de Trump fue ayudarla a cazar a los terroristas y sus cómplices. Ella se negó y cuando él preguntó cómo podía Estados Unidos apoyarla, Ardern respondió, siempre de acuerdo con sus propias memorias “deje de satanizar a los musulmanes.” Ahí terminó la conversación. No parece un enfoque muy productivo para Sheinbaum. Con todo, tampoco la aproximación personal de Sheinbaum le ha funcionado hasta el momento. Cada semana, el presidente de Estados Unidos la acusa de cobarde y de rechazar la ayuda del gobierno americano para destruir los carteles de la droga mexicanos. A lo mejor va siendo tiempo de cambiar de baile.

Danza contemporánea

Sabemos que Sheinbaum tiene muchos frentes abiertos. Pero como dice Brenda Rodríguez, mi maestra de danza, “un bailarín debe conocer su espacio. No siempre bailará con un solo frente. Debe ser capaz de ejecutar la misma rutina, pero cambiando sus frentes. Cuando el buen bailarín cambia de frente, ya conoce el movimiento y sabe lo que debe hacer. Hay que estar visualizando a dónde ir y reconocer el espacio. El mismo ejercicio y la misma variación no pueden sacarlo de cuadro solo por modificar su frente. Es la misma rutina, pero probablemente hay que cambiar la pierna con la cual inician los desplantes…” . En política sucede algo muy similar. Un mandatario tiene constantemente el desafío de varios frentes abiertos. No obstante, debe estar en condiciones de controlar sus movimientos, e imponer su propio ritmo a sus adversarios conforme va cambiando de frente. En la mañana se enfrenta a su propio partido y a otros partidos, en la tarde a sus pares extranjeros, y en la noche a sus mismísimos mentores. Algunas veces empezará a moverse por el lado izquierdo y en otros por el derecho, pero no puede permitir que el cambio de frente lo desequilibre. “Hay que estar visualizando a dónde ir y reconocer el espacio”. En efecto, como dijera Séneca, no hay viento favorable para barco sin rumbo, ni en la política ni en el baile. Si la presidenta Sheinbaum no consigue esto, la primera mujer en la presidencia de México dejará su propia danza inconclusa.

Hasta el 22 de febrero de 2026, la impresión generalizada entre los analistas independientes era que Claudia Sheinbaum no tenía la capacidad para propinar un golpe contundente sobre la mesa y asumir plenamente el liderazgo político nacional. El 22 de febrero de este año, a resultas de la presión estadounidense, el gobierno de Sheinbaum lanzó un operativo militar en el cual resultó abatido Nemesio Oceguera, “El Mencho”, líder del cartel más poderoso del planeta. Fue el primer movimiento del gobierno de Sheinbaum capaz de concitar respeto unánime. No obstante, hay quienes siguen pensando, incluso dentro de su partido, que no fue un operativo ordenado directamente por ella. De ahí la importancia de reforzar esa proyección de fortaleza con otras semejantes.

Siguiendo con nuestra línea interpretativa, el operativo contra “El Mencho” fue una sucesión de movimientos tan violentos, que parecería lógico concluir que la política mexicana tiene poco que ver con el ballet y exige adaptarse a un baile de corte más vertiginoso. La ventaja que tiene la presidenta es que, con su formación en el ballet, no debería encontrar gran dificultad para adaptarse, digamos, a la danza contemporánea.

Sheinbaum enfrenta un escenario inédito en décadas. Su mentor, su partido (ya no digamos a los partidos supuestamente aliados de su coalición) y el presidente de Estados Unidos operan en su contra. No puede fingir que no pasa nada y seguir deslizándose por el escenario con delicadeza y lentitud. Un enfoque más veloz, más fluido, vehemente y agresivo que el ballet se impone como una necesidad política impostergable. La elección intermedia está a la vuelta de la esquina, y ahí se definirá de manera categórica si ella tuvo la capacidad de gobernar plenamente el país o si, por el contrario, perdió esa batalla.

Hay un movimiento en la danza contemporánea que se llama “rechazar el piso.” Los bailarines están colocados en distintas posturas en el suelo y tienen que incorporarse empujando los brazos contra la superficie. Un ejecutante talentoso puede hacer que su puesta en pie al rechazar el piso resulte espectacular e imponente. La presidenta Sheinbaum está en el piso rodeada de oponentes. Por el bien de México, espero se ponga en pie y los haga retroceder, restaurando el poder y prestigio de la Presidencia de la República por encima de los otros actores, sean caciques, delincuentes o enemigos externos. Ya no es hora de ballet: ha llegado la hora de probar algo más audaz. ~


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