La deuda de Obama

Obama prefirió gastar todo su capital político en la reforma al sistema de salud (que también importa, hay que decirlo, a los latinos) y dejó de lado las reformas prometidas en el suroeste.
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La campaña presidencial de Barack Obama en 2008 tuvo varios momentos de verdad emocionantes. El fervor que generó el candidato entre los votantes más jóvenes fue, sin duda, uno de ellos. Pero, al menos para mí, la experiencia más emotiva de la campaña fue constatar el entusiasmo con el que los votantes hispanos defendieron, el día de la elección, la candidatura de Obama. Recuerdo bien cómo muchos dudábamos de hasta qué grado un candidato afroamericano podría despertar interés genuino entre los latinos, sobre todo en el suroeste, donde la tensión racial entre las dos principales minorías estadunidenses genera conflictos de manera cotidiana. En otras palabras: era enteramente posible que los hispanos le dieran la espalda a Obama para cobrarse otro tipo de afrentas. Al final, ocurrió lo contrario. Obama logró revertir la tendencia positiva que había generado George W. Bush entre los hispanos y conquistó porcentajes notables de su voto. Gracias a los hispanos ganó Nevada, Nuevo México y Colorado, tres estados indispensables en la política electoral moderna en Estados Unidos.

Los hispanos votaron por Obama por dos razones. La primera tiene que ver con la innegable filiación histórica de los latinos con el Partido Demócrata. Pero, al menos en los tres estados del suroeste, dominados todos por hispanos de origen centroamericano y mexicano, el voto por Obama también tuvo que ver con las promesas de campaña del candidato. Después de ocho años de redadas, malos tratos y dilaciones legislativas, los hispanos calculaban que Obama cumpliría con su palabra y, de ganar, aprovecharía una parte de su capital político luchando por una reforma migratoria o, en el peor de los casos, usando el poder del Ejecutivo para controlar la voracidad de las redadas y deportaciones o impulsando medidas que mitigaran su efecto en algunos sector de la población, como los estudiantes universitarios.

Por desgracia, tras llegar a la Casa Blanca, el prometedor candidato se volvió, en función de buena parte de la agenda hispana, un político más. Obama prefirió gastar todo su capital político en la reforma al sistema de salud (que también importa, hay que decirlo, a los latinos) y dejó de lado las reformas prometidas en el suroeste. Su partido fracasó al buscar la aprobación del Dream Act, que aliviaría legalmente a jóvenes indocumentados universitarios y miembros de las fuerzas armadas. Al mismo tiempo, el gobierno de Obama dio luz verde a una política de seguridad aún más agresiva. Las deportaciones crecieron. Las redadas continuaron.

Para sorpresa de nadie, algunos hispanos están hartos. En una llamada de atención inédita, varios líderes de la comunidad latina de Nevada han amenazado con romper lazos con el Partido Demócrata y consolidar un movimiento de base que podría llamarse, dicen, Tequila Party, con el que pretenden castigar al partido del presidente por su obstinada inacción frente a la agenda hispana. Elías Bermúdez, uno de los líderes más notables entre los hispanos del suroeste, me lo explicó así: si Obama no hace algo de aquí a 2012, no hay voto. De ese tamaño es la amenaza para el presidente de EU: o demuestra voluntad política real o corre el riesgo de sufrir una avalancha abstencionista en una región clave del país.

Si, tras cuatro años de pasividad gubernamental, el electorado hispano decide ausentarse en las urnas, el riesgo sería inmenso para Barack Obama y los demócratas, no solo por la elección presidencial, sino por el Senado, que también estará en juego. Así se explica el frenético impulso de Obama a la agenda hispana en los últimos días. Aunque no logre aprobar legislación alguna en el año y medio que resta para las elecciones de 2012, el presidente debe lograr desviar el hartazgo y la irritación hispana hacia el Partido Republicano. De ahí, por ejemplo, el tono beligerante del discurso de El Paso, en el que Obama trató de pintar a los republicanos como intolerantes y obsesivos (la frase de los fosos llenos de cocodrilos fue de antología). Por desgracia, sospecho que el esfuerzo de Obama no pasará de esa apuesta retórica contra sus rivales políticos. Obama debe saber que será muy complicado conseguir la aprobación de cualquier medida que suavice la intransigencia reciente en Washington en cuanto a la migración. En pocas palabras, llegada la época electoral, tendrá muy poco que ofrecerles a los votantes hispanos que tanto hicieron por él cuatro años antes. Habrá que ver si los latinos lo perdonan o prefieren cobrarle una deuda que es, a todas luces, una vergüenza.