Roberto E. Rosales/Albuquerque Journal via ZUMA

Un ejército que sirve cada vez para menos

Pese a que el Ejército tiene más efectivos, recursos y tareas que antes, sus resultados son irrelevantes. Ello no significa que sea un cero a la izquierda.
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De niña viví en una casa sobre la carretera libre entre Cuernavaca y Tepoztlán. No había barrio al que salir a jugar, pero a cambio el ejército mexicano nos regalaba a mis hermanos y a mí un desfile privado con frecuencia: los soldados pasaban marchando en fila india. Era fantástico el sonido que nos atraía al portón. Claz, claz, claz. Cientos de botas golpeando el suelo al unísono. Yo corría para verlos y me paraba muy derechita en señal de respeto. A veces les decía adiós con la mano. A veces me contestaban, pero a mí me gustaba más la solemnidad del evento. Pararme con la espalda recta mientras ellos claz, claz, claz.

¿Qué hacían los soldados cuando yo era niña? Marchar. Yo pensaba que esa era toda su tarea. Y sí, la tarea de marchar y entrenar todo el tiempo para estar listos a la hora de ser requeridos para una guerra es la principal actividad de todo ejército en el mundo. Carl von Clausewitz lo explica bien: no hay forma de eludir ese trabajo de ensayo si se quiere un ejército sólido, unido, disciplinado y obediente para cumplir con la encomienda que lo define: la guerra.

Imagino que los soldados que pasaron frente a mi casa envejecieron sin participar en batalla alguna. Su tarea era existir y, de vez en cuando, acudir en ayuda del gobierno mexicano para un desastre natural o una manifestación fuera de control.

Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy el Ejército es otra cosa. Es un cuerpo burocrático de élite que todavía viste verde olivo y aún genera sentimientos positivos en la población, pero que ahora trabaja incansablemente en tareas para las que no sabíamos que se necesitaban uniforme, fusil y fuero. Ahora construyen edificios y sucursales bancarias, riegan plantas en los viveros para programas sociales, administran aduanas y gerentean aeropuertos. Aún no dan clases, pero sí que hacen primarias. Y por supuesto: son policías.

¿Cómo llegamos aquí? Recorrido rápido: el ejército mexicano fue, antes de Lázaro Cárdenas, la élite política del país. Con Cárdenas se consolidó lo que los estudiosos del militarismo en México llaman un pacto entre la clase política y la clase militar. Un pacto que implicaba la no intervención en la renovación de autoridades, la lealtad al presidente en turno y, a cambio, la autonomía militar.

Eso le funcionó al PRI. El régimen podía hacer uso del Ejército para guerras internas y este podía seguir sin controles, como un actor privilegiado pero marginado.

Llegó la alternancia y con ella no cambió la relación entre civiles y militares. Vicente Fox faltó a su palabra y prefirió conservar el status quo, que su sucesor, Felipe Calderón, aprovechó y empeoró con una mal planeada guerra contra el crimen organizado. El PRI no lo hizo mucho mejor, pero entonces llegaron Morena y el presidente Andrés Manuel López Obrador. En otras palabras: éramos muchos y parió la abuela.

El actual presidente se inventó una policía militarizada, y a ella sumó militares con permiso de hacerle al policía. A eso sumó una agenda que suple con soldados a los civiles en la construcción y a los burócratas normales de la vida pública del país.

Los soldados ya no ensayan para la guerra marchando frente a los niños. Ahora el cuerpo castrense es un proveedor privilegiado del Estado que cada vez tiene más recursos pero que quizá al mismo tiempo es tan irrelevante como antaño. Es una paradoja: tenemos más militares y los militares sirven para menos.

Recojo solo tres tareas que bastan para ejemplificar el punto:

1. La construcción de un aeropuerto. Está bien construido y hasta es lindo. Pero no es una solución de nada. Es como marchar para una guerra que no va a llegar. Marchan y marchan bien, pero su disciplina no será utilizada en batalla. Es un ejército manteniéndose ocupado con un aeropuerto que es, para la vida pública, absolutamente irrelevante.

2. La puesta en marcha de viveros para plantas maderables que usa el programa Sembrando Vida. Las respuestas a las diversas solicitudes de transparencia que le han hecho a la Sedena y a la Secretaría de Bienestar indican que entre 2019 y 2021 el Ejército recibió dinero para entregar 245 millones plantas, a razón de 100 el primer año, 115 el segundo y 30 el tercero. Por alguna razón los soldados no salieron buenos jardineros y el primer año sólo entregaron el 36 por ciento. Aún así, el gobierno informó que en tres años se plantaron 450 millones de árboles. Los soldados observan cómo crecen las cifras de árboles sin su colaboración (con viveros privados) o cómo las cifras se inflan por culpa de ellos. Cualquiera de las dos opciones implica que tenemos un ejército jardinero irrelevante. Siembran y cobran como si marcharan. Solo para estar listos, no para entregar resultados.

3. Por último, el combate al crimen. Hoy tenemos una fuerza policial militarizada con 110 mil elementos de la Guardia Nacional, pero en labores de seguridad hay otros 85 mil soldados que siguen siéndolo y 10 mil de la marina. Esto significa que tenemos una fuerza tres veces superior a la que se tenía en el punto más alto del sexenio anterior, y con malos resultados. Somos el cuarto país con más presencia del crimen organizado según Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional y el tercer país que pone más muertos por asesinato al año, según la ONU. No solo eso. En México, el Ejército, que tiene 319 mil efectivos, más recursos que ninguna otra burocracia y una formación profesional bélica, huye de civiles armados con la excusa de no provocar muertos, y, con la consecuencia de no detener a sujetos armados que suplantan al Estado. Este ejército, que es el orgullo de la administración federal, es un ejército de soldados que son desarmados por civiles en territorios donde claramente los soldados son los invasores. En materia de seguridad nacional y defensa del Estado, el Ejército es irrelevante.

Cuando yo era niña, el ejército mexicano era una fuerza de 120 mil personas que marchaban por el simple hecho de existir, acomodados a un pacto de subordinación que garantizaba autonomía. Para el ciudadano regular, su actividad era inútil, pues estar preparados para defender la soberanía no tiene impacto en la vida diaria. Hoy el ejército mexicano es una fuerza de 319 mil hombres con el 2.8 por ciento del presupuesto nacional y los contratos de obra pública más jugosos del país, con autonomía, fuero y discrecionalidad presupuestal. Es un ejército más grande y más gordo, pero sigue sin servir más que para existir, y sus tareas también son visiblemente inútiles. Sin embargo, un ejército nunca es un cero a la izquierda por mucho tiempo cuando está bien alimentado. Un ejército, por muchas tareas inútiles que haga, es un actor político.

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