La educación: un fetiche político

¿Cuál es el fin de una legislación condenada a una muerte prematura? El ruido, por supuesto, agitar las aguas, mantener la tensión permanente.
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Del ruido sabemos que triunfa no tanto donde es oído, sino donde no deja oír, algo  que conocen bien quienes se dedican a los asuntos del poder. Hay temas que ayudan a la generación de ruido, asuntos recurrentes que forman parte de las tradiciones de nuestro poder democrático y que tienen ese zumbido específico que levanta a las audiencias y nos movilizan apenas un rato, el suficiente mientras llegamos al próximo enfado. Son fetiches que sacamos a pasear cuando el calendario político anuncia ciclos más largos de lo esperado, sobre todo para quienes aguardan hambrientos, agazapados y a la espera de que se abra una ventana para colarse en el festín. De ahí el colmillo afilado y el rugir impenitente de la política: la incertidumbre, la clara posibilidad de no lograrlo, es un excelente intensificador del apetito. 

En España, cuando falta alguna otra iniciativa lo suficientemente ruidosa como para llamar a rebato a nuestras bases, recurrimos a nuestros propios talismanes mágicos. La educación es, seguramente, nuestro favorito. Porque honestamente, piensen en qué recorrido puede tener una nueva Ley de Educación diseñada sin atender a los intereses y opiniones de al menos la mitad del país y, por supuesto, sin participación directa, siquiera en etapas consultivas, de profesores o expertos contrastados. Seguramente es así porque quienes la han diseñado saben bien que la abrumadora mayoría de los agentes de la enseñanza exigen desde hace tiempo un pacto educativo global, un acuerdo transversal que pueda dar lugar a un marco común y estable que no cambie cada 4 años al capricho ideológico del gobierno de turno. Quiero decir: ¿Cuál es el fin de una legislación condenada a una muerte prematura? El ruido, por supuesto, agitar las aguas, mantener la tensión permanente. El escenario es conocido: las izquierdas esperan movilizar a sus votantes con la enésima propuesta maniquea mientras las derechas rugen satisfechas por la oportunidad de enardecer a su hinchada, sin importar que casi todas sus razones sean falacias argumentativas de libro. 

Ambos, diestra y siniestra, oposición y poder, trabajan como una orquesta bien afinada, hasta el punto de que parece que compartan partitura. Sabedores de que la política es uno de los pocos espacios públicos donde jaleamos con entusiasmo militante la pura y dura estulticia, los felices representantes de la ciudadanía nos ofrecen a cambio un programa infalible, de eficacia comprobada y con sus buenos momentos de alborozado ridículo, como en un mal sketch de los Monty Phython. ¿Cómo definir si no los lamentables gritos de “libertad” escuchados hace unos días en el Parlamento? Si, ante una nueva y bastante pacata ley de educación, nuestras diputadas y diputados ven peligrar la libertad de todos, ¿cómo reconocerán un riesgo real cuando lo tengan frente a sus ilustres narices? Aunque en el fondo, el problema es nuestro: fingimos reconocer talento, guía y liderazgo en quien solo lo aparenta, quizás por miedo al vacío de nuestra propia y triste mediocridad.

 

 

 

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