La pandemia y el sueño de Europa

La pandemia y la crisis logística de las vacunas han revelado también las grietas de Europa. En lo que esperamos de ella y lo que le exigimos puede haber una trampa: tras algunas críticas se esconden los tics reactivos.
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¿Dónde está Europa? O mejor: ¿dónde están los europeos? Es extraño que la pregunta sobre Europa se diluya bajo el escándalo constante de nuestras rotativas. Contamos muertos, protestamos contra el norte rico, exigimos escandalizados nuestra cuota de vacunas y hablamos de la Unión con el desdén de los malos vecinos, olvidando la hermosa resonancia de una idea que yace abandonada bajo el ruido constante de nuestro terrible y paralizante recuento mortuorio. Fue Víctor Hugo quien, en el Congreso de la Paz de 1849, clamó por la futura fraternidad europea: “!Mi venganza es la fraternidad! ¡No más fronteras! ¡El Rin para todos!”. Fue el sueño de Goethe, de Montesquieu, de Zweig o María Zambrano, y también, a su particular modo, de Trotsky y de Bakunin. ¿Qué queda hoy de esa idea hermosa cuando, casi confinados de nuevo, acusamos a Europa de fracasar de nuevo, esta vez con el apremiante tema de las vacunas?

Hemos de tener cuidado, pues es demasiado tentador acusar a nuestros vecinos de insolidaridad, exigir el regreso de la soberanía, recordar la falta de contenido social de “la Europa de los mercados”: los tics reactivos se esconden siempre tras la sonora vacuidad de los eslóganes políticos. La pandemia ha hecho evidente que apenas nos preguntamos por otra ausencia recurrente. ¿Qué ocurre realmente en Polonia, Irlanda, Hungría o Luxemburgo? ¿Dónde está nuestra preocupación por la suerte de aquellos con quienes compartimos un espacio de libertad y compromiso democrático, de aquellos que son, literalmente, nuestros conciudadanos? La realidad mediática, que habitamos todos de forma ineludible, explicita un vacío desolador. Nuestros vecinos no nos importan demasiado, o solo lo hacen en la medida en que nos resultan útiles, y es que la solidaridad europea es, por lo visto, un camino de una sola dirección y solo nos interesa si somos sus directos beneficiarios. Por eso hablamos en su día de la valentía del primer ministro portugués, cuando creíamos que confirmaba nuestra apuesta ideológica, o del regreso de la iniquidad flamenca, o de esta o aquella medida de Francia, Italia o Alemania que apoyamos o rechazamos a través del espejo cóncavo de nuestras propias veleidades ideológicas. A diestra y siniestra, intentamos violentar la realidad para ajustarla a nuestros enanos marcos doctrinales, y por eso hablamos de oportunidad, de cambio inevitable, incluso de castigo. Los teólogos regresan mientras asistimos al escandaloso regateo a la baja de las vidas de los enfermos.

Pero la historia de Europa ha estado siempre movida por utopías transformadoras, por afanes imposibles que, a veces, nos llevaron al delirio, pero también a la razón y el compromiso, a la apuesta decidida por convivir entre diferentes desde el respeto inexcusable a la individualidad. Deslumbrados por la retórica gloriosa de los retos colectivos, debatimos hoy sobre el cierre de fronteras o la concentración de poder de las grandes tecnológicas, sin que acabemos de definirnos como una única comunidad política mientras recurrimos de nuevo a soluciones ineficaces en clave nacional. Urge plantearse las preguntas que todos evitamos. ¿Qué haremos cuando esta crisis pandémica acabe con nuestros gobiernos y se propongan solo recetas antiguas, caducas, reactivas? ¿Sobreviviría Europa a una Francia gobernada por Le Pen o Mélenchon, a una Italia en manos de La Lega? Encerrados en los agobiantes márgenes de nuestra tribu, erramos las preguntas. Porque no se trata de saber dónde está Europa. Preguntémonos mejor quiénes somos realmente los europeos.

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