En la madrugada del 28 de junio de 1969, cuando la policía de Nueva York invadió el Stonewall Inn, ese pequeño pub del Greenwich Village pasó a la historia. En aquellos años, era lo normal. La policía irrumpía sin motivo y trataba a todos como basura: los llevaba detenidos, los avergonzaba, daba sus fotos a los diarios para sacarlos del armario, y a la sociedad le parecía bien. Además, eran maricones, gente sin derechos a la que siempre habían humillado. ¿Qué podían hacer?
Pero esa noche pasó lo inesperado. Fue como cuando Rosa Parks dijo que no al chófer de autobús que le ordenó cambiar de asiento porque, en Alabama, los negros iban atrás. A veces, un día cualquiera, alguien que no es nadie vence el miedo, otros se animan a decir basta y miles deciden acabar con lo que antes toleraban. Esas revoluciones comienzan con un acontecimiento simple, un primer “no”, un basta individual que se hace colectivo y multitud.
Esa noche, muchos se negaron a mostrar sus documentos y dejarse humillar. Una joven trans trompeó a un policía. Los agentes la atacaron y la multitud reaccionó furiosa. Se corrió la voz y cientos de homosexuales llegaron desde otros bares, dejando a la policía en desventaja. De la rebelión participaron tanto gays como lesbianas, pero los principales protagonistas fueron los más marginados de la comunidad, como trans, drag queens y taxiboys (trabajadores sexuales). Duró tres días e inició un movimiento que duraría décadas. Al año, miles marcharon del Village al Central Park, y luego en otras ciudades y en el mundo.
Nacía el “orgullo gay”.
Distintos movimientos tienen sus propios hitos históricos. Podrían haber sido otros, ya olvidados, pero algo pasó en el momento justo y desató lo contenido, con tal fuerza que puso a andar la historia: un periodista judío de Viena presenciando el juicio contra el capitán Dreyfus en París; Rosa Parks diciendo que no; Martin Luther King liderando una marcha sobre Washington y contando un sueño que no era solo suyo; maricones, lesbianas y trans enfrentando a la policía neoyorquina; la primera ronda de las Madres de Plaza de Mayo; una multitud derribando el muro de Berlín; un vendedor de frutas prendiéndose fuego frente a la alcaldía de una pequeña ciudad tunecina; mujeres iraníes quitándose el velo y agitándolo en las calles tras la muerte de Mahsa Amini; una marea humana gritando “¡Ni una menos!” en ochenta ciudades argentinas tras el femicidio de Chiara Páez.
Desde Stonewall, el orgullo gay –respuesta política a la vergüenza impuesta por prejuicios ajenos– recorrió y cambió el mundo. En Argentina, que vivía de dictadura en dictadura, con breves y frágiles interrupciones democráticas, la primera ola del movimiento no podría ser ajena a ello. Héctor Anabitarte, Juan José Sebreli, Manuel Puig, Néstor Perlongher y otros próceres de las primeras organizaciones políticas gays, como Nuestro Mundo y el Frente de Liberación Homosexual, encarnaban al sujeto revolucionario de su época: sindicalistas, intelectuales, estudiantes, casi todos varones (no porque no existieran grupos políticos de lesbianas, como Safo, sino porque el machismo generalizado de la época los relegaba a un segundo plano), en general identificados con la izquierda y el peronismo.
“La lucha contra la opresión que sufrimos es inseparable de la lucha contra todas las demás formas de opresión social, política, cultural y económica”, declaraba el FLH en los años 70 (citado por Oswaldo Bazán en Historia de la homosexualidad en la Argentina). Esa lucha quiso ser parte de todas las demás: liberar los cuerpos mientras se liberaba al proletariado y, como decía Perlongher, socializar no solo los medios de producción, sino también los culos.
Quiso ser, decíamos, pero no siempre pudo.
Si la Unión Soviética negaba la existencia de homosexuales y Cuba los condenaba a trabajos forzados en las Unidades Militares de Apoyo a la Producción, ¿cuánto compañerismo podía esperarse de partidos de izquierda que reportaban a La Habana y a Moscú? ¿Y cuánto del peronismo, tan machista y católico, cuyo modelo familiar eran un general y su señora? “¡No somos putos, no somos faloperos!”, cantaban los Montoneros en la misma plaza donde el FLH desplegaba su bandera; y pronto los milicos desaparecerían y torturarían a unos y otros, aunque con especial saña a putos y judíos.
En su novela La más maravillosa música, el periodista Osvaldo Bazán, autor ya mencionado, cuenta el romance de Héctor y Rubén, un activista del FLH y un montonero, en aquella Argentina sangrienta. Su historia de amor y militancia es también la de un hombre nuevo que no los incluye: cuando la revolución se muestra reaccionaria ante sus ojos, el protagonista entiende que “si los compañeros ganaban, él continuaría siendo un oprimido”.
Con la vuelta de la democracia, en los años ochenta, llegaron también las primeras noticias sobre el SIDA obligando al activismo gay a cambiar de prioridades. La rápida proliferación del VIH entre varones gays y el estigma que los asoció erróneamente al virus en los primeros años parieron una nueva ola de activismo que entonces era contra la muerte, primero civil y luego física.
Para quienes llegamos a la adolescencia entre esa década y la siguiente, hubiéramos salido ya del armario o no, incluso internamente, el primer hito no fue Stonewall –del que no sabíamos nada–, sino Roberto Jáuregui, en 1993, pidiéndole en vivo por televisión al periodista de derecha Mariano Grondona: “Por favor, abrázame, aunque tenga SIDA”.
Su hermano, Carlos Jáuregui, fundó la Comunidad Homosexual Argentina y, más adelante, Gays por los Derechos Civiles, que lucharían contra los edictos policiales y por la unión civil cuando aún no se hablaba de matrimonio. Y, si cada movimiento tiene sus héroes, Carlos fue el nuestro (como Harvey Milk en Estados Unidos o Pedro Zerolo en España) y se fue temprano. Murió de SIDA, al igual que Roberto, demasiado joven.
La tercera ola del movimiento argentino llegó cuando los antirretrovirales alejaban el fantasma de hospitales y cementerios, la democracia enfrentaba los resabios de la represión, el feminismo nos educaba y las personas trans hacían oír su voz, con líderes destacadas como Lohana Berkins, Claudia Pía Baudracco y Marcela Romero. Un movimiento que ya no se hacía llamar gay, sino LGBT, y cuya prioridad pasó a ser conquistar la igualdad y la libertad simultáneamente. No debería sorprendernos, entonces, que el acontecimiento que marcó un antes y un después para el movimiento en Argentina lo hayan protagonizado dos mujeres, activistas del grupo lésbico La Fulana, o que luego del matrimonio igualitario haya venido la ley de identidad de género más avanzada del mundo.
La foto de María Rachid y Claudia Castro en la tapa de los diarios en 2007, reclamando ante el Registro Civil de Buenos Aires que las dejara unirse en matrimonio civil, significó un nuevo paradigma, y contrastaba con aquella otra de Carlos Jáuregui y su pareja en la tapa de Siete Días, en 1984, bajo el título “El riesgo de ser homosexual en la Argentina”. Dos actos de visibilidad que reflejaron momentos muy distintos de la sociedad.
Argentina fue el primer país de América Latina que conquistó la ley de matrimonio igualitario en 2010, con lo cual empujó a toda la región a una nueva era. En pocos años, con la Federación Argentina LGBT y otras organizaciones nuevas, llenas de jóvenes que salían de los armarios, conseguimos la legislación más avanzada del mundo para las minorías sexuales, políticas públicas contra la discriminación y un cambio cultural extraordinario, que transformó todo lo que contábamos antes en pasado lejano, casi en otro idioma.
Sin embargo, debemos recordarlo, la pelea no está ganada. Los derechos LGBT solo se han conquistado en las siempre imperfectas democracias liberales, que hoy enfrentan la ola ultraderechista que empuja hacia el retroceso. Amplias regiones del mundo son un infierno para las minorías sexuales, especialmente Rusia y algunas ex-repúblicas soviéticas, el continente africano (con la excepción de Sudáfrica) y Medio Oriente (con la excepción de Israel). En decenas de países, en esas y otras regiones, la homosexualidad está criminalizada, inclusive con la cárcel, la tortura legalizada y la pena de muerte. También hay casos más sutiles: en Beirut, una ciudad que ya fue cosmopolita y donde la comunidad LGBT resiste a pesar de su criminalización en el Líbano, el mayor punto de encuentro es una discoteca, que es gay pero no oficialmente, donde el público es homosexual pero está prohibido besarse y hay más seguridad que en una prisión.
¿No será esa realidad global uno de los desafíos del presente, que todavía no vemos, mientras nos distraemos muchas veces con tonterías? En Argentina, quince años después de la ley que cambió todo y ahora que una ola autoritaria y reaccionaria nos amenaza con volver al pasado, es indispensable repasar la historia de nuestras luchas y recordar que en numerosos países seguimos siendo rechazados y perseguidos. Y aprender de otras luchas, no solo las del movimiento LGBT, también las del feminismo, el movimiento negro y las organizaciones de derechos humanos. En la era del inmediatismo, lo breve y lo fugaz, puede servir para recordar de dónde venimos y pensar mejor hacia dónde vamos o queremos ir.