Lo que el PRI le debe a la democracia

En 2018, el PRI abrió el camino al poder a Morena, su alter ego. Hoy le debe a la ciudadanía democrática, entre muchas otras cosas, una autocrítica pública por lo que hizo en las elecciones de aquel año.
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El populismo no es una ideología ni una estrategia política. No es un fenómeno político que se pueda considerar, de entrada, como de izquierda o de derecha. Tampoco es el conjunto de artimañas que pone en juego un líder más o menos carismático para alcanzar el poder y mantenerse en él. Creo que el populismo es una cultura política que puede encarnar en diferentes estrategias y diversas ideologías. En América Latina hemos visto muy diversas expresiones de populismo: las de derecha, como las de Juan Domingo Perón o Alberto Fujimori, y las expresiones izquierdizantes, como las de Lázaro Cárdenas o Hugo Chávez. En México el populismo cristalizó en el partido nacionalista revolucionario y ha crecido hasta hoy en el seno del PRI. Una de sus variantes se separó del PRI, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, y se expandió en el PRD. Allí se incubó su expresión más reaccionaria, que acabó fundando Morena, el agrupamiento liderado por López Obrador. (Véase mi ensayo “Populismo y democracia en América Latina”).

El populismo en México no se limitó a manifestarse en partidos y movimientos políticos. El populismo priista es una cultura política que se ha filtrado en toda la sociedad y ha permeado en muchos sectores, sean campesinos y obreros o intelectuales y élites económicas. Algo similar ocurrió en Argentina, donde el peronismo se convirtió en una cultura política que empapó a todo el conjunto social. En los lugares en que la cultura populista penetra profundamente en la ciudadanía, la izquierda suele ser muy débil. En estas situaciones la izquierda ha sido engullida por el populismo o ha quedado marginada. Es lo que ha sucedido en México.

El triunfo de López Obrador es el fruto de la hegemonía cultural del populismo priista, como explico en mi libro Regreso a la jaula, que acabo de publicar. En 2018, el PRI abrió el camino a su alter ego, Morena: presentó un candidato muy débil (Meade), hundió a Ricardo Anaya con acusaciones infundadas de corrupción y canalizó una importante masa de votos hacia López Obrador. Este hecho es una clave que permite entender la situación que vivimos hoy con el desgobierno de la llamada Cuarta Transformación. Ante las próximas elecciones de junio, me atrevería a esperar que por lo menos algunos dirigentes del PRI revelasen los mecanismos ocultos que estimularon el triunfo de López Obrador. Acaso el temor a volver a cometer un acto suicida los lleve a frenar el apoyo de sectores del PRI a Morena (como ocurrió, por ejemplo, en Oaxaca y en el Estado de México). El PRI le debe a la ciudadanía democrática, entre muchas otras cosas, una autocrítica pública por lo que hizo en las elecciones de 2018.

Me gusta imaginar –soñar no cuesta nada– a Peña Nieto explicando la clase de pactos que hubo con López Obrador, o a los actuales dirigentes del PRI exponiendo públicamente lo que hicieron para auspiciar el desenlace paradójico de las elecciones en las que ganó el ala más dañina del populismo, que es Morena.