A un año de su elección como primer ministro de Canadá, Mark Carney ha desarrollado un estilo retórico eficaz en el que los tres elementos clásicos de la persuasión –ethos (credibilidad), logos (razonamiento) y pathos (emoción)– aparecen en una combinación poco habitual en la política contemporánea. El ingrediente principal de sus discursos es la credibilidad, reforzada por generosas dosis de razonamiento y apenas una pequeña pizca de emoción. En la era demagógica y estridente que vivimos, la apuesta de Carney consiste en demostrar que la deliberación y la contención también pueden persuadir. Hasta ahora, le ha resultado bien.
Los discursos de Carney funcionan porque están construidos sobre un sólido ethos: las credenciales del banquero central, el tecnócrata eficaz, el actor de las grandes conversaciones internacionales. El primer ministro no ofrece en sus mensajes una visión grandiosa del futuro, pero sí demuestra que entiende el presente y sabe lo que tiene que hacer. Lejos de presentarse como un “hombre del pueblo” en el sentido populista, Carney reivindica el mejor elitismo profesional, al recordarnos que es un hombre preparado para lidiar con la complejidad del mundo. Su autoridad es institucional, intelectual y gerencial, y ha logrado traducirla en capital político, como lo reflejan las encuestas de aprobación y las adhesiones de parlamentarios conservadores a la bancada liberal.
Los discursos de Carney son, en general, de buena factura, y resultan todavía más sólidos cuando se comparan con sus referentes más obvios. Muestran más profundidad que la retórica moralista de su predecesor, Justin Trudeau. Han superado con consistencia a los mensajes confrontacionales del líder opositor, Pierre Poilievre. Y, desde luego, para una sociedad alarmada e indignada por la retórica agresiva de Donald Trump, las palabras de Carney tienen el tono correcto de madurez y firmeza que los gobernados esperan de su líder.
En cuanto al logos, Carney lo ofrece en abundancia. Sus discursos sobresalen en la definición de problemas, usando vocabulario de estadista articulado, con términos como riesgo, resiliencia, soberanía, capacidad, inversión y seguridad. Pero no hablamos de un tecnócrata seco que recita láminas de Power Point; hablamos de alguien que puede convertir el lenguaje de las políticas públicas en una narrativa estratégica clara. En ese relato, el mundo ha cambiado, y Canadá ya no puede descansar en la geografía, en las viejas alianzas ni en la comodidad de un orden internacional basado en reglas; debe reconstruir su seguridad, su soberanía y su prosperidad a partir de una mayor capacidad interna y una autonomía estratégica más robusta. Para Canadá, la soberanía no es un principio que se recita, sino una infraestructura que demanda esfuerzo y eficacia.
Pese a la gravedad del momento, Carney no suele apelar a lo emocional. Sus discursos tienen un pathos contenido y deliberadamente sobrio. En sus mejores momentos, como en el discurso de Davos, habla como la voz de una nación que siente al mismo tiempo el dolor de la traición por parte de su aliado más cercano y la urgencia de encontrar nuevas maneras de situarse en el mundo. Ha dicho con claridad a los canadienses que deben asumir el fin del viejo orden, construir resiliencia y avanzar con mayor fortaleza. En vez de inflamar pasiones, les pide conservar la calma y seguir adelante con compostura colectiva. Hasta ahora, los canadienses han respondido bien a ese llamado.
¿Puede una retórica así sostenerse a lo largo de todo un mandato? Sí, pero solo si viene respaldada por logros concretos que la gente pueda percibir. La credibilidad del primer ministro como líder competente depende, en última instancia, de que la realidad confirme lo que el discurso promete. Y es que el populismo ha demostrado, en México y en numerosos países, que cuando una sociedad cae bajo el hechizo de la demagogia, las emociones derrotan a la lógica y los resultados del gobierno pasan a segundo o tercer plano. La retórica de Carney es lo contrario de la demagogia: se apoya en la voz de la razón, la evidencia y la deliberación que sostienen a la democracia liberal. Esa es su fuerza y también su vulnerabilidad. Y precisamente por eso vale la pena observar al primer ministro canadiense: no solo para entender a su país, sino para medir, por contraste, cuánto se ha degradado el lenguaje del poder en México y en otras sociedades. ~