Potencias hegemónicas depredadoras

Estados Unidos, China y Rusia se comportan hoy como depredadores que saldan viejas cuentas en lugar de construir un futuro habitable para ellas mismas y para los demás.
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Mi gran amigo y antiguo colega Steve Walt, de la Harvard Kennedy School, las llama potencias hegemónicas depredadoras. Estados Unidos, China y Rusia recorren el mundo convirtiendo un terreno de juego regido por normas en una jungla donde impera la ley del más fuerte. Las potencias medianas de las que habló el primer ministro Carney en Davos se afanan por escapar de esa jungla. El itinerario de viajes de Carney –Delhi, Tokio, Sídney– traza los contornos emergentes de un contraorden de alianzas defensivas y económicas.

Las potencias medianas pueden intentar protegerse de las potencias hegemónicas depredadoras, pero no pueden impedir que estas se despedacen entre sí. La cuestión más importante de la política internacional es, por tanto, si las potencias depredadoras serán capaces de frenar sus depredaciones y forjar un nuevo orden mundial. Desde el punto de vista de las potencias depredadoras, un futuro en el que la única cuestión pendiente sea quién destruye primero al otro no es precisamente una perspectiva halagüeña.

Los depredadores del reino animal tienden a no invadir el territorio ajeno, a alimentarse solo de presas que otros depredadores no tocarán y a arriesgar una lucha a muerte únicamente cuando está en juego la supervivencia del grupo. Si esto es así en el reino animal, podría serlo también en nuestro frágil mundo humano. Como en la naturaleza, una jungla sin reglas es demasiado peligrosa incluso para los propios depredadores.

Al menos una vez en la historia, las grandes potencias se han echado atrás ante las aterradoras consecuencias de un mundo sin ley. El orden creado en 1945 se lo debemos a la visión soviética, estadounidense y británica –en Yalta y Potsdam– de que los gigantes armados, uno ya en posesión de armas nucleares y otro a punto de obtenerlas, acabarían destruyéndose mutuamente si no acordaban un marco básico de desescalada y gestión de conflictos. Ese orden fue vulnerado con frecuencia, por los propios depredadores, pero al menos salvó al mundo de una guerra nuclear. La cuestión es si un nuevo orden entre las tres potencias hegemónicas depredadoras resulta hoy posible.

La guerra en curso en el Golfo pone de manifiesto hasta qué punto estamos lejos de cualquier orden global. La región del Golfo, que en el momento unipolar estadounidense se convirtió en un hub mundial de viajes, energía e inversión, se parapeta ahora mientras la potencia hegemónica depredadora trata de vengarse de la toma de rehenes de Teherán en 1979. Estados Unidos está comprobando que cuando salda cuentas del pasado en lugar de construir un orden para el futuro acaba beneficiando únicamente a sus enemigos.

El ataque estadounidense contra Irán envía sin duda a sus competidores el mensaje de que Estados Unidos no teme emplear sus formidables capacidades. Pero cada acción depredadora de América genera una reacción equivalente y opuesta por parte de sus rivales. El gasto en defensa de Rusia y China, actualmente una fracción del estadounidense, no ha dejado de crecer como consecuencia.

Los competidores de América también recurren a su poder para saldar viejas cuentas en lugar de construir un futuro en el que prosperar. En vez de aceptar el colapso del espacio imperial soviético, el presidente Putin decidió vengarse de esa pérdida invadiendo a un vecino soberano. La ferocidad de Rusia en Ucrania disparó el gasto en defensa de la OTAN y llevó a Finlandia y Suecia a incorporarse a la alianza. Tras cuatro años de guerra, la potencia depredadora rusa es hoy más débil que cuando la inició, más aislada, más tiránica y más frágil. Es el castigo que aguarda a quienes prefieren la depredación al orden.

China también está obsesionada con saldar viejas cuentas: el fracaso del Partido Comunista en absorber Taiwán en 1949, en lugar de aceptar la realidad democrática de la isla y avanzar hacia la construcción de un nuevo orden en el que su ascenso como potencia mundial fuera reconocido y aceptado. No ofrece ninguna visión de su lugar como potencia dominante, pero se conforma con sacar partido de los errores de sus competidores. Mientras Estados Unidos bombardea Irán, China refuerza aceleradamente sus arsenales nucleares. También ha aprovechado el monumental episodio de autolesión estadounidense. No está machacando sus universidades e institutos de investigación con cruzadas ideológicas. Canaliza recursos del Estado hacia la investigación que genera nueva tecnología, al tiempo que evita dilapidar sus reservas de armamento –y su limitado crédito de legitimidad globa– derramando muerte sobre países más débiles.

En cuanto a Estados Unidos, siempre ha sido incapaz de frenar sus impulsos expansivos y redentores por medio de una idea lúcida de los límites de su poder. Con todo, desde Vietnam, algunos estadounidenses han aprendido a templar la arrogancia con el realismo. Hace poco, en mi presencia, se escuchó a un exfuncionario del Pentágono decir que Estados Unidos tiene planes de guerra elaborados para todos los teatros de operaciones posibles en el mundo, pero solo dispone de armamento para librar una guerra cada vez. Ha desplazado dos grupos de combate de portaaviones a las regiones del Mediterráneo y el Golfo, pero eso envía un mensaje de debilidad a China, pues deja en evidencia que Estados Unidos no tiene capacidad para desplegarlos simultáneamente en el Golfo y en el mar de China Meridional.

Incluso la potencia hegemónica depredadora más poderosa debe entender que existen límites al alcance de su ejército. La depredación estadounidense, que se estrenó en Venezuela y ahora se manifiesta en Irán, roza sus límites objetivos en términos de capacidad militar, límites que le impone el reto de disuadir a una China en ascenso.

La guerra estadounidense en el Golfo beneficia a sus competidores de otras maneras. Por el impacto del conflicto en el suministro de petróleo, China pagará más por su crudo, pero ya tiene almacenadas reservas para cuatrocientos días. Al forzar al alza los precios del petróleo, Estados Unidos ha aliviado la presión sobre el presupuesto del Estado ruso y ha prolongado la capacidad de Putin para matar ucranianos.

A estas alturas, una potencia hegemónica depredadora reflexiva podría preguntarse: si bombardear Irán beneficia tan claramente a sus competidores, ¿no debería poner fin a esta aventura cuanto antes? ¿No debería reponer sus reservas militares y redirigir sus activos hacia áreas de competición vital, como el mar de China Meridional? ¿No debería reconsiderar la decisión de abandonar Ucrania y facilitar así la victoria de una potencia depredadora rival?

Si las guerras pequeñas fortalecen a sus grandes competidores, ¿no debería una potencia hegemónica depredadora con instinto de supervivencia elevar la mirada hacia la gestión estratégica a largo plazo de la competición? ¿No tendría sentido tender la mano a los competidores y proponer medidas claramente beneficiosas para todos: protocolos de desescalada, acuerdos para no emplear sistemas de armas autónomos, límites máximos en los arsenales nucleares, prohibición de satélites militares en el espacio? Incluso las potencias depredadoras podrían tener interés en este menú de contención mutuamente asegurada.

La prevención de conflictos sería un comportamiento racional para las potencias depredadoras en competencia. Pero ¿son racionales? No fue racional que Rusia invadiera Ucrania. El comportamiento estadounidense resulta tan autodestructivo que algo extraño puede estar operando en Washington. Quizás estamos contemplando a una potencia hegemónica depredadora que enmascara su retirada de las responsabilidades globales con una exhibición de agresividad extrema que le oculta a sí misma el colapso de su propia confianza y determinación imperial. Una nación cuya estrategia de seguridad nacional advirtió recientemente a Europa del riesgo de “borrado civilizacional” puede estar, en realidad, aterrada por el suyo propio.

Esa es otra razón para comprender que, si la depredación tiene sus límites, si incluso las potencias depredadoras necesitan reglas para la jungla, ha llegado el momento de que todas se sienten a deliberar sobre cómo impedir que el castigo del poder las consuma a su vez. El problema es quién da el primer paso. En 1945, Estados Unidos tenía la confianza para ser el primer actor en resolver el problema de orden estratégico del mundo de posguerra. En 2026, atraviesa una fase de negación histéricamente belicosa de cualquier responsabilidad como primer actor para configurar un orden en el que otros puedan beneficiarse además de él. Mientras eso no cambie, o mientras China y Rusia no asuman la ventaja del primer movimiento, el mundo se aproxima cada vez más a un grado de desorden que dejará a todas las potencias depredadoras impotentes.

Publicado originalmente en el Substack del autor

Traducción del inglés de Daniel Gascón.


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