¿Transición tutelada en Venezuela?

Sin la participación activa del pueblo venezolano, la acción militar estadounidense corre el riesgo de desembocar en un reequilibramiento de la autocracia chavista.
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I. Lo militar: fabricar la sorpresa

En Venezuela, nada más comenzar el año, ha ocurrido lo que algunos nunca creyeron que fuera posible, y lo que otros pensaban que ya no iba a pasar. La suspicacia, bien se sabe, puede llegar a ser invulnerable a los hechos, y tal parece haber sido el caso cuando ni siquiera el mayor despliegue militar que los estadounidenses han realizado en este siglo logró convencer a muchos de que algo serio se estaba fraguando en aguas del Caribe. 

Durante varios meses el procedimiento siguió los pasos de rigor, tales como el acopio de medios de combate, el establecimiento de una zona de exclusión aérea, sobrevuelos tácticos y ejercicios varios para entorpecer o cortar las comunicaciones del adversario. Finalmente, por los azares del destino, la operación se ejecutó un 3 de enero, al igual que la acción que finalmente extrajo a Manuel Noriega de Panamá (1990), o la que dio de baja a Qasem Soleimani en Irán (2020). 

Como en la fábula, los anuncios de que el lobo venía terminaron cumpliéndose cuando menos se pensaba. En esta ocasión se llevó a Nicolás Maduro, hacia lo que se presume como su largo cautiverio en los Estados Unidos. El usurpador de la presidencia en Venezuela fue capturado mientras dormía junto a su esposa Cilia Flores en un bunker blindado en Fuerte Tiuna, en el corazón de Caracas. De inmediato ambos fueron extraídos de Venezuela y enviados a Nueva York. 

La operación demostró una precisión y capacidades difíciles de igualar. Fue preparada durante meses y exigió la coordinación de múltiples medios de combate. Participaron en ella portaaviones, destructores, submarinos, aeronaves de reconocimiento, transporte y combate, helicópteros de asalto nocturno (los famosos Night Stalkers), drones de guerra y tropas de asalto apostadas en distintas ubicaciones. El sistema antiaéreo ruso de Maduro ni siquiera pudo entrar en acción.

Todos los pasos necesarios para concretar esta acción militar se fueron dando mientras la administración Trump tanteaba la posibilidad de una entrega negociada del poder por parte de la cúpula chavista. Las reiteradas negativas de Maduro y compañía bloquearon toda salida política, pero al mismo tiempo proporcionaron el tiempo requerido para orquestar la sorpresa. Desde el punto de vista militar, la operación fue indiscutiblemente exitosa.

II. Lo político: tutelar la transición

Cuando Nicolás y Cilia ya iban rumbo a los EEUU, embarcados a la fuerza en el USS Iwo Jima, Trump anunció una rueda de prensa para dar detalles sobre la operación. Allí elogió las acciones desplegadas por las fuerzas de élite de su país y aseveró que su gobierno dirigirá los destinos de Venezuela hasta que se concrete una transición. “No podemos arriesgarnos a que alguien que no tenga el bien del pueblo venezolano en mente tome el control”, aseguró.

Para alcanzar “la paz, la libertad y la justicia para el gran pueblo de Venezuela”, Trump argumentó la conveniencia de que sea Delcy Rodríguez, la vicepresidenta designada por el propio Maduro, quien asuma las riendas del país y lo conduzca hacia esa transición tutelada por Washington. No se trata de que Trump confíe en Rodríguez: Se limitó a aseverar que la vicepresidenta “se mostró muy cooperativa” en una conversación con Marco Rubio porque, en realidad, “no tenía otra opción”. 

Al ser preguntado por el papel de María Corina Machado en todo este proceso, señaló que ella “no cuenta con el respeto” de todos los sectores del país, especialmente de los militares. La afirmación ha despertado un gran revuelo y no pocas dudas en la opinión pública venezolana e internacional. Sin embargo, hay razones para que Trump se plantee las cosas de este modo (aunque esto no signifique que sus evaluaciones y apuestas al respecto sean acertadas).

En primer lugar, el temor al caos es una preocupación ineludible de la política internacional. Si Venezuela ya es un foco de gran inestabilidad e inseguridad regional, nadie quiere que derive en algo peor. En segundo lugar, una transición sin aval militar ciertamente es, como mínimo, improbable, y Trump considera que Delcy, sometida a las presiones adecuadas, podría ayudar a propiciar un cambio general en la lealtad de los militares. Prefiere que alguien “abra la puerta desde adentro”, para no tener que forzar el acceso mediante un uso desmedido de la fuerza.

En tercer lugar, Delcy hereda ahora la difícil posición en la que se encontraba Maduro hasta el 2 de enero, con el agravante de que muchos dentro de la cúpula chavista la ven ahora con mayor recelo que nunca. ¿Pactó con Trump? ¿Vendió a Maduro? ¿A quién más venderá para comprar su supervivencia? Una incertidumbre que, sin duda, ayuda a propiciar la fractura del régimen criminal, lo cual constituye un paso necesario para doblegarlo con el mínimo uso de la fuerza. 

Cuarto: poderosos lobbies con gran influencia en el grupo MAGA han trabajado sin descanso para que el cambio en Venezuela no deje por fuera sus intereses, que hasta ahora parecen haber considerado como atados a la supervivencia del régimen que encabezaba Maduro. Aplacar los temores de dichos sectores seguramente ha sido un factor importante en la decisión de Trump.

Podrían enumerarse otras razones, pero nos limitaremos a señalar una quinta: Trump ha invertido mucho en el tema Venezuela. Está pagando un alto costo político con esta operación y quizás no quiere someter su estrategia a la aprobación de factores distintos a los que componen su gobierno. A fin de cuentas, Trump irrumpe en Venezuela, fundamentalmente, como un paso necesario para la recuperación de la hegemonía estadounidense en las Américas y sobre todo en el Caribe.

Ahora bien, ¿son acertadas las apreciaciones de Trump? ¿Se traducirá su clara victoria en el plano militar en una sólida victoria política?

III. Lo necesario: la voluntad soberana organizada

Las dudas sobre la verdadera determinación de Trump por generar un cambio profundo en Venezuela han quedado despejadas. La incertidumbre gira ahora en torno a su capacidad para propiciar una transición ordenada, lo cual pasa por verificar si la apuesta aparente de Washington por una Delcy tutelada resultará eficaz y exitosa (y en qué términos). 

De momento, está claro que si bien el régimen chavista no está muerto todavía, su supervivencia se encuentra hoy más comprometida que nunca. Su derrota electoral en julio de 2024 evidenció su falta de respaldo popular y lo dejó indefenso ante las críticas internacionales. Gracias a ello, Trump ha podido justificar de algún modo la extracción de Maduro y, potencialmente, avanzar en la fractura del régimen. Todo indica que se ha alcanzado un punto de inflexión difícilmente reversible.

Sin embargo, el curso de los acontecimientos por venir no está prefigurado. Una incógnita se cierne sobre todas las demás: ¿hasta qué punto Delcy Rodríguez cederá ante las presiones de Trump para cooperar con él? La vicepresidenta, ya juramentada como presidenta interina, tiene poderosos motivos para temerles más a sus propios camaradas que al presidente estadounidense. Al igual que le sucedió a Maduro, puede que le resulte imposible hacer lo que Washington espera de ella. 

Un paso imprescindible para pensar en la posibilidad de que el plan cumple con su propósito sería la liberación de todos los presos políticos. Pero aun así, la naturaleza del régimen chavista hace que incluso este gesto sea insuficiente. Si el chavismo ha constituido durante décadas un factor de inestabilidad hemisférica, ello se debe a su irrenunciable vocación totalitaria y criminal. La presión estadounidense podría incluso quebrarlo, pero ello no bastaría para construir una salida política.

La única manera de contrarrestar esa naturaleza totalitaria y criminal, de forma sostenida y estable, es dando entrada en el proceso de transición a la voluntad soberana del pueblo venezolano. A fin de cuentas, el único objetivo legítimo del proceso en curso es la devolución de la soberanía a su justo titular: el pueblo de Venezuela.

Sin la participación activa de esa voluntad soberana, la acción militar corre el riesgo de terminar dando pie a una derrota política: el reequilibramiento de la autocracia chavista. La inserción de esa voluntad soberana en el proceso no es un bien a alcanzar tras concluir la transición, sino más bien un elemento constitutivo de la transición misma. Su desconocimiento amenaza severamente la legitimidad y la viabilidad del proceso, a ojos de los venezolanos y ante las democracias del mundo. 

Esa voluntad soberana y popular ha sido notablemente articulada –en condiciones muy adversas– por la opción que hoy encarnan María Corina Machado y Edmundo González. Así lo reconocen los venezolanos y la opinión pública internacional. Dicha opción emergió como resultado de un gigantesco esfuerzo de organización ciudadana, el cual condujo a una gran victoria en las circunstancias más difíciles, y de la que la mayoría de los venezolanos se sienten partícipes.

Dejar por fuera este factor compromete seriamente los fundamentos políticos y la viabilidad de la transición, sobre todo si las esperanzas de llevarla a cabo se cifran, principalmente, sobre un factor tan incierto como la disposición (forzada o no) del régimen criminal al que se pretende poner fin. 


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