Foto: The White House

Trump 3 – Messi 0

Por qué cargamos contra la víctima, por qué pedimos peras al olmo y por qué Trump nos engañó con la finta mejor que Messi.
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¿Me contradigo?
Muy bien, me contradigo.
(Soy amplio, contengo multitudes).

Walt Whitman

La primera gran acción pública de Jürgen Habermas fue tumbar a un gigante del pedestal. Habermas era un estudiante de 24 años en Göttingen y, quizás porque necesitaba empezar a hacerse un lugar bajo el sol, le apuntó a Martin Heidegger, el último titán vivo de la filosofía alemana. Era 1953, la Segunda Guerra Mundial había terminado apenas ocho años antes y la herida estaba expuesta para ser salada. Ahí fue Habermas. Ay.

Habermas, huelga decirlo ya, era judío y neomarxista y Heidegger era antisemita y no hablaba demasiado de su cercanía con los nazis. Cuando salió la reedición de Introducción a la metafísica, un ensayo donde Heidegger hablaba de la “verdad interior y grandeza” del partido de Adolf Hitler, Habermas vio la oportunidad y cargó. “¿Acaso no es el deber primordial de las personas reflexivas esclarecer los actos del pasado por los que se debe rendir cuentas y mantener vivo el conocimiento de ellos?”, reclamó.

Habermas fue un humanista. La noción de que una sociedad es mejor –más humana– cuando construye consensos es innegociable para quien crea que la democracia debe incluir los codos ajenos en el acuerdo de convivencia. Y fue lo que uno espera de un intelectual: un hombre que no se rehúsa a revisar ideas, incluidas las propias, y que motiva y empuja a otros a asumir la conflictividad como fuente de aprendizaje.

Leí a Habermas –y a Heidegger, claro– en la universidad y asumí algunas de sus ideas como motivadores. Cuando murió, el 15 de marzo, otros dos gigantes estaban presentes en mi memoria por esos días. Uno era Karl Marx, que falleció en 1883 el mismo día que Habermas, como si fuera un extraño juego de espejos de la historia –uno fundador y el otro crítico de una cosmología determinante. El segundo es Leo Messi, que fue enterrado unos días antes el mismo mes en que murió Habermas como si fuera otro extraño juego de espejos de la historia: uno, el filósofo, celebrado por hacer lo que sabe, y otro, el futbolista, cuestionado por sólo hacer lo que sabe.

*

Tenemos un problema. O varios. Los seres humanos somos implacables, nos toma toda una vida dejar de ser inmaduros y la mayoría dejaremos el mundo sin ser la sombra de algo más o menos cercano a Habermas o, claro, Messi. Y está bien que sea así. Unos saben pensar, los otros sientan de culo a Boateng antes de hacer un gol de Playstation. A la mayoría nos cuesta recordar la lista del supermercado o esquivar un poste de alumbrado en la calle mientras tuiteamos. (Guilty.)El único destino de estrellas que tenemos garantizado es el polvo.

Parece, pero no me desvío. Conocemos los hechos. El 5 de marzo, el Inter Miami, actual campeón de la MLS, fue invitado a una reunión en la Casa Blanca con Donald Trump. En la reunión, Trump, como suele, mezcló peras con bombas y, con la escenografía de los campeones detrás y Messi a su derecha, se lanzó a hablar de su reciente ataque a Irán, la situación en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, sus benditos aranceles y, como si el plato no estuviera lleno, una posible acción contra Cuba.

Sus palabras sobre la guerra en Irán fueron particularmente repulsivas. Con un tono prescindente, como si estuviera en el golf hablando de vacas, prometió “una muerte segura” a los guardias revolucionarios iraníes y que su ejército, “junto con nuestros maravillosos socios israelíes”, sigue en liza “demoliendo totalmente al enemigo”. Nada más Trump terminaba parte de su rant improvisado, los problemas se hicieron mayores: los asistentes detrás de cámaras comenzaron a aplaudir, y los jugadores del Inter Miami los siguieron. Ay.

Se cayó el mundo. El entrenador Javier Mascherarno contó luego su sorpresa –debían cumplir con una tradición, estuvieron pocas horas, el contacto con Trump fue “el que se vio en la TV, no mucho más” y se suponía que hablarían “de fútbol”–, pero el daño ya estaba hecho: Messi, al lado de Trump, aplaudiendo el bombardeo de Teherán.

Traidor.

“Te banqué, pero hasta acá llego con vos, Leo”.

Un clip muy apropiado de niños con la bandera iraní quemando camisetas del 10.

“Amante de sionistas”.

“Cachetazo”.

“Vergüenza”.

Tuiteros pidiendo que el mejor jugador del mundo se disculpe con ellos.

Una caricatura de leo besando la Copa y luego la suela del Tío Sam en El Deforma.

Gente inteligente perdiendo los papeles como poetas traicionados por el amor de su vida.

Más reclamantes morales: “¿Qué ejemplo les da a los niños juntándose con Trump?”

Diez millones de madridistas felices.

Ay.

El escándalo fue mayor en el planeta en que crecí, Argentina, donde Messi quedó preso de nuestro consuetudinario tironeo bipolar. Argentina es un país de un gusto hiperbólico por la polémica. Vive en la polarización desde hace más de 80 años. La concepción binaria de la política es casi fatalista —o estás con nosotros o contra nosotros. Y esa misma segmentación se vive en otro de los grandes asuntos nacionales, el fútbol. Los clubes son clánicos; las barras, militancias. En la película El secreto de sus ojos buscan a un asesino sin resultado hasta que lo encuentran en un el estadio de Racing de Avellaneda. El tipo tenía un apego enfermizo por su club: no podía cambiar de pasión.

La política se ha contagiado de una espectacularización emocional similar. Nada nos es indiferente, decía alguien. Todo gesto significativo de una personalidad debe ser diseccionado; toda palabra, capturada. Como el cuerpo de Evita o las manos de Juan Perón, el asunto esta vez fue apropiarse de Messi.

El presidente Javier Milei, un señor que tiene la alegría de los niños cuando un famoso lo mira, reivindicó haber defendido a Leo cuando todos lo criticaban y, madre-de-todos-los-santos, lo reclamó como parte de su movimiento. La izquierda, el peronismo y la iglesia pos-maradoniana se quitaron la camiseta de la tolerancia y mostraron los colores: resultó que habían aceptado a Messi por oportunismo porque ganó el Mundial en 2022, pero, para muchos de ellos, “héroe”, uno solo –Diego Armando Maradona, el hombre del pueblo.

De la nada, dos de los tres mejores jugadores de la historia competían otra vez en la telenovelera pasión de las masas. Daba igual que uno esté muerto; el otro, para ellos, acababa de suicidarse.

*

Me divierten las reacciones extemporáneas, finalistas y exageradas. El comportamiento hiperbólico tiene su costado significativo: nos llama la atención porque intensifica la condición o el efecto de un fenómeno, usualmente cargándolo de humor, drama, una tonelada de emociones. Y me río mucho con las grandes exageraciones –hala, dos hipérboles en esta frase–, hasta que me dejan de hacer gracia. Y eso suele suceder cuando el efecto producido acaba por suplantar los hechos que lo generan.

Aquel día en la Casa Blanca, forenses de Twitter y semióticos de tribuna leyeron hasta su movimiento y reacciones como analizan su sprint. De repente, el cuerpo de Messi se convirtió en un significante político del fin del viejo orden mundial. Que las manos, que los hombros, que los ojos, que la cara. ¿Sonrió mientras Trump decía que los guardias de los ayatolas mejor se rendían o enfrentarían una muerte garantizada? ¿Aplaudió después de que los demás aplaudieron o antes? ¿Comprendió lo que pasaba? ¿Entiende inglés? Y si entiende, ¿entiende mucho, poquito o nada? ¿Ese entendimiento es incriminante o exculpatorio, su señoría? ¿Por qué se prestó, eh? ¿Por qué, diosanto, nos abandonó?

La catarata de enojos era una hipérbole encima de otra hipérbole. así que hice lo único sano: me burlé. Dije que, en el momento en que iba a darle la diestra a Trump, Lionel Andrés estaba por tocarse el testículo izquierdo con la otra mano para cortar la mufa. A algunos les cayó mal. Me reclamaban por el DM de Twitter que me uniera a la pira global. Que así no, Leo. Que El Enano sólo quiere hacer plata, que no le importa nada, que Trump y Netanyahu y Messi y el petróleo. Que Diego, en cambio, sí, porque Diego esto y aquello y Fidel y los pobres y el pueblo y Santa Maradona.

Por fortuna, no fui el único marciano en querer mirar el lío desde fuera. Messi fue otro. Entró al salón junto a Trump y el dueño del Inter Miami, Jorge Mas, con los ojos arando el piso, como queriendo irse antes de empezar. Ya en el estrado, parecía escuchar como si no estuviera allí, con la mirada perdida y una sonrisita puesta para cumplir, las manos juntas delante, aplaudiendo cuando escuchaba aplaudir, riendo cuando le hablaban, riendo cuando escuchaba reír. Un perfecto invitado. Respetuoso, cumplidor. El primero de la fila, mejor alumno de la clase en un acto protocolar donde el director es un pesado pero al que, bueno, hay que ir. Otros también lo entendieron. “Miami se convirtió en el equipo más reciente en servir de mero decorado para una de las divagaciones desquiciadas de Trump, permaneciendo incómodamente detrás de él”, escribió Pablo Iglesias Maurer en The Guardian.

Pero muchos —demasiados— indignaditos cayeron sobre Messi sin ocuparse del elefante en la sala: Donald J. Trump. El presidente de Estados Unidos tiene dos marcas características: primero, todo es sobre él y, segundo, todo es sobre él. Trump usó al Inter Miami y a Messi. El presidente tenía ante sí el discurso sobre el título del equipo, pero secuestró la reunión y se valió de las visitas como posters para marear la pelota con sus intereses.

Nada inusual. No era la primera vez ni fueron las únicas figuras a las que sometió a sus habituales monólogos inconexos. En junio de 2025, durante la Copa del Mundo de Clubes, los jugadores de la Juventus pasaron por las mismas en el Salón Oval. En esa ocasión, Trump también habló de Irán e incluso les pidió opinión sobre los deportistas trans. “Fue raro”, diría después el estadounidense Timothy Weah, entonces delantero de la Vecchia Signora. “Sinceramente, me tomó por sorpresa cuando empezó a hablar de política, con lo de Irán y todo lo demás. Fue algo así como: «Yo solo quiero jugar al fútbol»… Simplemente nos dijeron que teníamos que ir, y no me quedó más remedio que ir”.

Weah pareció anticipar la experiencia del Inter Miami, y es probable que Messi pudiera firmar esas palabras. Pero el buen Weah no es Lionel Andrés Messi Cuccitini. Es humano, no el Messias impoluto que deseamos.

*

Porque Messi es Messi, cuanto haga tiene una repercusión desmesurada. Y por esa atención, la víctima acabó recibiendo las andanadas que debían caer sobre el victimario. Esto es, de algún modo, Messi se lo buscó. Porque, ¿acaso no sabe cómo es Trump?

Siento mucho tener que traer esta mala noticia, pero es probable que Messi no tenga la más supina idea de qué hace o es Trump más allá de algún meme. Messi tiene casi cuarenta años, pero nada sugiere que posea la madurez política de un intelectual porque, claro, es el mejor futbolista de la historia y no un lector de Habermas. Es una persona normal.

Muchos reclaman que es necesario mostrar dignidad ante Trump, como si esperasen que, una vez allí, Messi se sacase la camisa y mostrase una camiseta palestina. Pero la evidencia es que Messi es un tipo moderado que solo parece convertirse en un HIMARS en cualquier lugar donde haya un arco que romper o en un semibarrabrava de retórica tribunera si mides dos metros y te llamas Wout Weghorst. No se le conoce una declaración altisonante. Ni una. Ni siquiera cuando habla de su pasión. No entra en escándalos. Es respetuoso hasta con sus rivales –incluido Robin, también conocido como Cristiano Ronaldo.

Messi ha hablado con candor y transparencia de cómo creció y vive. Dijo que nunca fue buen estudiante, pero que enseña a sus hijos que “tener una buena educación, estar preparado, es clave” porque, tanto como el futbol enseña, quita. Lo sabe: para cuando terminó los estudios secundarios, ya había debutado en el primer equipo del Barcelona y luego vino lo que vino: el mejor futbolista de la historia, HIMARS en la cancha, cero a la izquierda en geopolítica.

Ser el mejor en lo que todo el mundo espera que hagas bien tiene costos, claro. “He tenido tiempo de estudiar inglés y no lo hice y me arrepiento un montón”, contó en un podcast de futbolistas unas semanas antes de ir a la Casa Blanca, “porque después vivís situaciones de estar con personalidades increíbles, donde podés tener una charla, y te sentís medio un ignorante”.  

El asunto con Messi, en verdad, es que no sabemos. Su vida privada está bastante custodiada y ese muro también es elevado en otro aspecto esencial: no sabemos, realmente, qué piensa. Porque, bueno, silenzio stampa. No sabe, no contesta.

*

Críptico, distante. Messi, la esfinge impávida.

Messi no habla. Le da miedo exponerse, ha contado. Su vida no parece distar de lo visible: fútbol, familia, amigos. En Barcelona, París y Miami, dicen, ha intentado reproducir el Rosario de su infancia con esos tres afectos. “La gente se imagina cualquier cosa, se hace películas”, dijo una vez. “Soy de lo más normal y sencillo: me gustan las pequeñas cosas”.

Pero no habla. O, mejor, no dice.

Cristiano le gana a Messi por goleada en declaraciones polémicas y debatibles. Messi jamás ha contado sus filiaciones políticas, qué piensa del movimiento LGTBIQ+, del cambio climático o el ballet y Timothée Chalamet. Hasta ha sido cuidadoso, cuando no sigiloso, de que se sepa a quién favorece en la presidencia del Barça, asunto caro a su existencia. No sabemos. Nada.

Sobran ejemplos:

Messi vivió en Barcelona en el momento más álgido del independentismo catalán. Mientras vestía la 10 del Barca, que es mes que un club –es parte de la profundamente localista identidad catalana–, el Procés alcanzó su pico de maduración y desafió al gobierno central con un referendo para separarse de España. En todo ese proceso, Messi no abrió la boca. Ni a favor ni en contra. Ni un gesto, ni una palabra.

Cero.

Niente.

Nada.

Hubo más. En 2019, un par de años antes de dejar el club, Messi recibió la Creu de Sant Jordi de manos de Quim Torra, entonces presidente de la Generalitat. La Creu de Sant Jordi tiene peso específico: reconoce a personas e instituciones por los servicios que prestan a Cataluña. Torra aprovechó la ocasión para pedir por la libertad de los “presos políticos” catalanes, encarcelados tas el intento de independencia. Messi no dijo nada. Ni aplaudió.

Cero.

Niente.

Nada.

Esa conducta se ha repetido. Le dio la mano a Mahmoud Abbas, el jefe de la Autoridad Palestina, durante una gira con el Barça en 2013. Y saludó también a la líder peronista Cristina Fernández de Kirchner. Y al autócrata Nayib Bukele, en 2024. Diez años entre Palestina y El Salvador. Lionel Andrés con 25ish y con 36ish. Mismo resultado: no habla.

Cuando la AFA canceló un partido amistoso que la selección argentina iba a jugar con Israel en al-Maliha, una ciudad de población palestina sometida a la presión del ejército de Benjamin Netanyahu, Messi tampoco dijo ni mú. Las organizaciones propalestinas que consiguieron la cancelación –hubo hasta manifestaciones en Buenos Aires y Barcelona– agradecieron a la selección –y a Messi– por la decisión. “No ir fue lo correcto”, dijo el delantero Gonzalo Higuaín. Pero Leo, otra vez, ni mú.

Sin embargo, nadie acusa a Messi de antiindependentista promadridista, defensor encubierto de Hamas, populista posmenemista y legitimador del emir salvadoreño. Pero sí de valedor de Trump.

Aunque no habla.

Cero.

Niente.

Nada.

¿O quizás es por eso?1

*

Messi juega al fútbol. Respira, vive fútbol. No parece importarle más que la pelota y dormir la siesta, escribió el periodista Leonardo Faccio en Messi: el chico que siempre llegaba tarde (y hoy es el primero).

Algunas personas de bien nos sentimos un tanto contrariadas. Hubiera sido mejor no estar en la Casa Blanca, pensamos, pero ¿no es un poco mucho caerle encima como si hubiera entregado el honor de toda la humanidad?

Sucede que, cuando no sabemos, sólo queda la especulación. Y eso es una pelota al claro con la defensa adelantada: campo libre para hacer un desastre. Ahí es cuando quien no emite –el protagonista– ve que quien escucha, lee o ve –la audiencia– llena el vacío. Le llena la canasta de goles. Sobre todo, parece, en política.

Unos meses antes del affaire Messi, Cristiano Ronaldo participó de una cena de gala con Trump. En la misma comida estaban presentes Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, y Mohammed bin Salman, el príncipe saudí acusado de enviar un escuadrón de sicarios a asesinar al periodista Jamal Khashoggi en Estambul. Arabia Saudita, dice el Departamento de Estado, es una monarquía absoluta regida por la sharía islámica y tiene por constitución al Corán, una teocracia donde las mujeres carecen de casi todos los derechos que conocemos.2 Cristiano comió, fue al Salón Oval –solo, sin equipo– y se paseó por los pasillos de la Casa Blanca junto a Trump –solos, sin equipos– riendo con una felicidad incontenible. Hasta Elon Musk quiso una selfie con él.

La reunión de todos esos nombres con uno de los mejores futbolistas de los últimos años debía haber provocado estallidos feroces. Al cabo, Cristiano y Leo son dos personalidades globales, ambos adorados por niños de todo el mundo. Cristiano recibió sus buenos golpes por entrar en la photo op de Trump. Barney Ronay, el jefe de deportes de The Guardian, escribió que la cena hacía necesario “volver a encender los propulsores de la indignación, porque esto supone subir de nivel”. Y siguió:

Aquí tenemos a un futbolista histórico –que no necesita más dinero– cobrando cientos de millones de dólares por jugar en Arabia Saudita y convertido ahora en la mascota de una corte itinerante.

A pesar de toda la pose de macho alfa de Ronaldo, este es un comportamiento de lo más invertebrado. Perfeccionaré mi físico. Ascenderé hasta convertirme en el ser humano más famoso. Todo para poder lustrar mejor las botas del poder. Nada de esto disuadirá a ninguno de los suplicantes de Ronaldo en las redes. Y ahí radica la cuestión: su influencia está siendo totalmente cooptada; se trata del mayor acto individual de lavado de imagen de regímenes múltiples jamás concebido.

Con todo, CR7 no cobró como el Messias y la polémica se agotó pronto. Curioso. Cristiano entiende y habla inglés largamente mejor que Messi, pero los lingüistas de Komissariat que pululan por las redes no estaban de servicio ese día como para cuestionar las risitas. O todos los que siguieron. Más aun, Messi fue a la Casa Blanca como parte de un acto protocolar con todo su equipo, al igual que la Juve. Cristiano fue invitado a una reunión de Estado con el príncipe absolutista bin Salman. Podría argumentar que hay una diferencia, como señala Ronay, entre recibir a los campeones y participar como “mascota de una corte itinerante” en “el mayor acto individual” de legitimación de regímenes muy discutibles, pero eso sería golpear a Cristiano con la misma vara que hoy castiga a Messi.

Yo entiendo, y doy el beneficio de la duda. Una figura pública está en un lugar privilegiado para actuar como caja de resonancia de cuestiones críticas para la humanidad. Pero no todas las personas piensan del mismo modo y, más aún, no tengo claro que deba ser necesario que un deportista deba pronunciarse sobre la reducción a polvo de Khamenei o cuántos millones de glóbulos rojos diabólicos hay en el cuerpo del criminal de guerra Vladimir Putin. Si lo hace, bienvenido sea. Pero exigírselos es poner la atención donde no corresponde. Que Habermas reclame a Heidegger pronunciarse sobre los nazis por su responsabilidad como intelectual, tiene sentido. Que Arturo de Tecamachalco suponga que Messi deba hacer declaraciones sobre Trump y Netanyahu, no.

El punto, digo, es la hipocresía. Hay un cherry picking moralista e ideológicamente interesado. Adoro a Maradona, pero muchos que lo realzaron para anteponerlo a Messi olvidan que Diego, que ayudó a mucha gente, no fue un santo ni un eticista. Sus amistades incluyeron a Hugo Chávez, Nicolás Maduro, el hijo de Muammar Gaddafi y Fidel Castro. No es que les dio la mano: tuvo relación frecuente con ellos. “Maradona se pasó sus últimas décadas hablando de los pobres con un puro en una mano y una rubia en la otra –cuando no le pegaba”, escribió Martín Caparrós. Diego vivió cobijado por la Revolución, paseando en yate mientras millones de cubanos vivían en la carestía. Y no dijo nada. Y ese mismo Maradona que recordaba a menudo sus orígenes humildes y su apego al pueblo, apoyó y promocionó la campaña de reelección de Carlos Menem, un conflictivo presidente neoliberal de Argentina. Los que levantaban la bandera maradoniana para oponerla como ejemplo de coherencia oscurecían unas fotos y ampliaban otras de un tipo contradictorio, magnífico y jodido. Un revisionismo histórico a medida de la agenda personal.

A mí me encantan Eric Cantoná, Sócrates y las salidas venenosas de D10S. Como también me gustan la mesura de Zinedine Zidane, Jorge Valdano o Fernando Redondo. Pero un futbolista apenas está obligado a actuar de lo que debe y sabe: meter una pelota en la red contraria o evitarla en la propia. Y ya. Ninguno nos debe nada a nosotros, el público. No tienen obligación más allá del trabajo. Ganan millones por entretener.

La mayoría de las personas hace tres cosas: trabaja, consume, pasa tiempo con sus seres queridos. Deja en manos de los profesionales la resolución de los problemas porque, bueno, para eso los elegimos. Un futbolista no es distinto de un maestro, de un verdulero, mi maldito dentista o un científico cuántico. Que decidan cultivarse es su elección, personalísima, no nuestra. Que decida politizarse sigue siendo otra decisión de ese mismo individuo, tenga o no luces y estrellas encima.

Pero, ¿obligación de abanderarnos contra los crímenes de uno, dos o diez presidentes? Obligación de Heidegger, dijo Habermas.

*

Durante los Golden Globes de 2020, el venenoso Ricky Gervais dio una lección a su propio gremio que es extensible al affaire Messi. Si ganan un premio, dijo, no lo utilicen como plataforma para dar un discurso político. “No están en posición de dar lecciones al público sobre nada. No saben nada del mundo real. La mayoría de ustedes pasó menos tiempo en la escuela que Greta Thunberg”, atacó. “Así que, si ganan, suban, acepten su pequeño premio, den las gracias a su agente y a su dios, y lárguense. ¿De acuerdo?”

Es fácil moralizar desde la comodidad de nuestra inexistencia relativa, tan vecinal. Ninguno de nosotros está sometido a la presión de tener un foco encima todo el tiempo o de millones de desconocidos intentando analizar con los manuales de Peirce, Derrida y Barthes si te rascaste la oreja por comezón o porque todo significante está abierto a una permanente semiosis, una indefinición que la recepción hermeneútica carga de reinterpretación constante, profesor.

Lo mejor que pueden hacer las estrellas es no hacer daño, pero ¿acaso se tiene control de las consecuencias indeseadas? Del mismo modo que es preciso tener conocimiento para opinar con competencia, que un actor –o un futbolista– que pasó “menos tiempo en la escuela que Greta Thunberg” sea cuestionado por no tener posición sobre Irán o equivocarse sobre Palestina es dar un golpe muy bajo.

Todos tenemos manchas. Todos somos contradictorios. Todos somos nuestro propio monstruo. Y, claro, todos proyectamos. Nuestro problema es de identidad, diría: queremos que los ídolos piensen como nosotros. Nos reflejen. La idolatría crea falsas percepciones del sujeto de nuestra devoción y acaba en desilusiones pues uno deposita en ellos una expectativa que jamás estuvo allí. Y cuando esos ídolos hacen algo que nos contraría, los reprobamos como si hubieran fallado a un compromiso moral instituido e inviolable. Es una actitud adolescente, tal vez infantil, definitivamente inmadura. El problema no está en ellos.

Fuera de su excepcionalidad, el ídolo es un ser humano. Fuera de nuestra mirada, es una persona que hace pis y caca y dice malas palabras. Paga impuestos —o los gambetea. Uno debiera aceptar la autonomía moral de esos ídolos. Sobre todo, cuando sabemos muy poco de quienes son en realidad, desconocemos sus motivaciones y quedan asociados a circunstancias que no pueden o saben manejar. Que un atleta fuera a los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 no significaba que avalase a Hitler. El Maradona que llevó la copa de campeón del mundo juvenil con 19 años a las manos del dictador Jorge Videla no patrocinaba el terrorismo de Estado argentino. ¿Por qué entonces acusar a Messi de legitimador y relacionista público de Trump?

Es fácil señalar con el dedo —es gratis. Sobre todo, cuando nuestra autoridad moral no es puesta a prueba o somos los más listos del curso para esquivar responsabilidades. Aquí va una: millones llenaron las calles de Argentina para festejar la Copa del Mundo 2022, pero a nadie se le ocurrió que quizás sería ético y moral devolverla, pues está manchada de sangre y maltrato. Al cabo, Qatar es un Estado represivo que se maneja, como la Arabia Saudí donde juega Cristiano, con la ley islámica que considera a la mujer un mero apósito del hombre. Pero nadie lo pidió y nadie militará por devolverla porque no era ni es el punto. Si vamos a compartimentar la existencia, tenemos que convivir con nuestra propia hipocresía.

O chill out.

Porque todos sabíamos qué sucedía. Sabíamos qué era Qatar y lo sabemos después del mundial. Qatar gastó millones para mejorar su imagen global con la Copa, como patrocinador del Barça y como propietario del ManCity, pero todos vemos los partidos y celebramos a Pep. Nada de eso lava qué es Qatar. Del mismo modo, nada más un ermitaño, un sentinelese o un shompen podrían excusarse de no saber nada Donald Trump. El resto, incluso después de verlo con Messi, seguiremos sabiendo exactamentequién es.

Messi no fue a la Casa Blanca a poner su firma sobre la próxima bomba que caerá en Mashhad o Qom ni a preparar una nueva Bahía de Cochinos. Fue a hacer de Messi: un tipo que gana campeonatos como nosotros comemos tacos y al que quieren saludar todos, desde Trump al cadáver de Khamenei. Debía cumplir con su trabajo, poner la cara para las fotos y al día siguiente entrar a la cancha en Baltimore y meter un gol —check.

Chill out.

Un ídolo está siempre vacío: es lo que ponemos en ellos. Y mientras nosotros nos consumimos en debates de patio escolar en las redes o en la TV, mientras gastamos horas de nuestra propia existencia en el pop world, mientras el espectáculo y el chimento nos ocupan días, distrayéndonos –siguiendo la finta–, las acciones que cambian nuestras vidas ocurren ante nuestros ojos. Nietzsche decía que el culto a los ídolos –incluso entre los intelectuales– es una manifestación de cierta decadencia. Un autoengaño. Y todos caemos allí.

Vale, los ídolos existen, y seguiremos idolatrando. Pero, al menos, miremos al animal en su elemento, que quizá es la manera correcta de comprenderlo. Un pez en un árbol siempre estará desubicado –como Messi ante Trump. El pez en el agua estará en el espacio adecuado –Messi en una cancha.

Nadie pidió a Habermas que la clavara en el ángulo de tiro libre con cinco en la barrera. Su adversario inicial fue Heidegger; su dedicación fue pensar mejores sociedades apelando a la razón. No le pidamos a Messi que escriba el fin de la historia de un autócrata ignorante y criminal. La jugada nunca estuvo ahí. Off side, señor juez. ~


  1. Y en el fondo, allí, en esa íntima cuestión, entra el diablo al taller: el gran problema no creo que sea Trump. O sólo Trump. Me temo que el otro gran motivante del enojo global es la presencia latente de Israel, aliado de Estados Unidos en el bombardeo a Irán y ya en la mira por arrasar con Gaza. Quedará para otro momento, pero, en el fondo, asumo que parte del trasfondo es un extendido antisemitismo. Que ese sentimiento haya sido revelado por el gobierno criminal de Benjamin Netanyahu no cambia las cosas. Two wrongs don’t make a right. ↩︎
  2. Infantino, de más está decirlo, es el regente vaticano de la religión más poderosa del mundo. ↩︎


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