Cuauhtémoc, nombre del último tlatoani mexica. Cárdenas, apellido del presidente que nacionalizó el petróleo. El primer niño que creció en Los Pinos. Ingeniero civil educado en México y Europa. Senador, subsecretario, gobernador de Michoacán, efímero gobernante de la capital del país y tres veces candidato fallido a la presidencia de la República. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (1934-2026) fue una suerte de príncipe revolucionario que trató de ser, primero, heredero y, después, reformador de un régimen autoritario. En sus intentos por llegar al poder se convirtió en uno de los constructores de la transición democrática mexicana, obra inconclusa a la que él mismo terminaría dándole la espalda.
La narrativa de los discursos de Cuauhtémoc Cárdenas postulaba un pasado glorioso, una traición en el presente y un futuro que era, en realidad, un retorno al pasado. México, decía, había construido un proyecto de libertad, soberanía y justicia social mediante las grandes luchas de la Independencia, la Reforma y, sobre todo, la Revolución. Pero la clase gobernante traicionó los ideales revolucionarios, subordinó al país a intereses extranjeros y despojó al pueblo de su derecho a decidir, hundiéndolo en la pobreza. Había que recuperar el proyecto nacional y devolver a los mexicanos el control de su destino.
Recuperar, no crear. Restaurar, no innovar. Regresar, no avanzar. Con ese discurso lleno de nostalgia por una Revolución más romantizada que real, Cuauhtémoc Cárdenas encabezó una movilización que ayudó a cambiar la historia política de México sin haber sido jamás un orador notable.
Cuando uno se imagina a alguien que desafía a regímenes autoritarios, es inevitable pensar en personajes elocuentes que pronuncian discursos emotivos. Cárdenas era todo lo contrario. Ver los videos de sus eventos de campaña es observar a un personaje inexpresivo y austero que clavaba la mirada en el papel para leer –de corrido y con entonación monótona– textos redactados no para persuadir a quien los escucha, sino para ser leídos como proclamas políticas.
Los suyos eran discursos largos, solemnes, doctrinarios y programáticos, con párrafos densos y cargados de diagnósticos económicos y sociales, referencias históricas y constitucionales, enumeraciones de agravios y propuestas de política pública de corte estatista y nacionalista. Tenían argumentos, sí, pero pocas frases memorables. Tenían posiciones ideológicas muy claras, desde luego, pero escasas historias humanas. Contenían indignación ante la injusticia, claro, pero rara vez la transmitían con fuerza emocional. Como se dijo en estas mismas páginas en el 2000: “Cárdenas sucumbe sin duda a la carencia de don literario de sus consejeros o escritores, sin duda expertos en papers de ciencias sociales y luchas políticas, pero negados para las demandas más flexibles de la comunicación contemporánea”.
Y, sin embargo, Cárdenas despertó en 1988 a una buena franja de la sociedad mexicana, al ofrecer algo que iba más allá de la calidad retórica: una alternativa para rebelarse contra un presente de crisis y desesperanza. Las anáforas, metáforas y repeticiones brillaban por su ausencia, pero sus discursos establecían un contraste moral claro entre democracia y autoritarismo y llamaban a los ciudadanos a imaginar un país distinto, como cuando dijo que:
Están enfrentados dos proyectos políticos: uno de dependencia y sometimiento, el otro de autonomía y libertades; uno de explotación y autoritarismo, el otro de justicia y democracia; uno que nos pretende vulnerables y sin identidad,el otro que aspira al ejercicio pleno de nuestra soberanía y a sentar las bases para acceder a formas superiores en nuestra organización social y económica.
Para muchos, la baja capacidad emocional del Cárdenas orador se volvió su principal virtud, pues no pocos imaginaron –o desearon– un estallido social violento a raíz de su derrota en las elecciones presidenciales de 1988. Pese a ello, él rechazó inflamar al país y redobló su apuesta por un discurso de construcción institucional para transitar hacia una democracia electoral competitiva. Aceptó competir bajo reglas cada vez más democráticas en las dos elecciones presidenciales subsecuentes (1994 y 2000), pero su propuesta ya no convenció a los votantes.
La acumulación de derrotas no lo volvió un demagogo y eso en retrospectiva tiene valor. Es cierto que su retórica tenía componentes de confrontación entre el pueblo y las élites, pero su discurso no estaba construido sobre la deslegitimación permanente de quien pensaba distinto, ni en la promesa de la destrucción de todas las instituciones construidas hasta ese momento. Tampoco contenía amenazas, odios ni afanes de venganza personal.
Al contrario: su proyecto político aspiraba a reunir corrientes políticas, ideologías y organizaciones diferentes bajo principios compartidos. En 1988, en su llamado a construir el PRD, él propuso un partido capaz de integrar a “demócratas y nacionalistas, socialistas y cristianos, liberales y ecologistas”. Un partido concebido como “una unidad en la diversidad”. Y en su discurso de toma de posesión como jefe de Gobierno del Distrito Federal, en 1997, afirmó que los logros democráticos “son de todos, cualquiera que haya sido el sentido del voto emitido”. Incluso reveló que había invitado a miembros de otros partidos a colaborar en su gobierno. Ganar una elección no significaba para él apropiarse de la representación de toda la sociedad ni convertir a los adversarios en enemigos.
Cuauhtémoc Cárdenas ayudó, sin duda, a imaginar y cimentar la democracia mexicana. Lamentablemente, no participó con el mismo ahinco en su preservación. Cuando su liderazgo nacional comenzó a declinar, no logró transformar su autoridad histórica en una fuerza capaz de preservar el proyecto original del PRD como un partido de izquierda moderna y democrática. Su organización terminó siendo derrotada y absorbida por Morena, el movimiento populista y personalista de Andrés Manuel López Obrador, su heredero político.
De esa relación se ha escrito y dicho mucho. En este obituario retórico vale la pena señalar dos cosas. La primera, que el discurso lopezobradorista es, sin duda, heredero de la narrativa neocardenista de pasado glorioso, traición de las élites y anhelo de restauración, pero con una deriva demagógica y cesarista que contrasta por completo con la apuesta por el voto libre y la institucionalidad democrática de los discursos de Cárdenas. Y la segunda, que si Cárdenas hubiera aplicado a López Obrador –y ahora a Claudia Sheinbaum– las mismas exigencias que formuló contra sus adversarios a finales de los años ochenta, habría encontrado en sus propios discursos argumentos para cuestionar la militarización, la concentración del poder, los ataques a los organismos electorales, la corrupción desbordada y la destrucción del sistema judicial, por solo mencionar algunas de las contradicciones más evidentes con su propia doctrina.
La historia reconocerá a Cuauhtémoc Cárdenas por haber ayudado a abrir las puertas de la democracia en México. Pero también le hará un reproche severo por no tener la congruencia para reclamar a quienes hoy las están cerrando. Cuando la democracia necesitó que la defendiera con firmeza, apenas le dedicó unas tibias líneas de defensa en un discurso. No es que no tuviera las palabras. Bastaba con que recordara su promesa de cuatro décadas atrás:
Restauraremos la República al fundar sus instituciones nuevas en una cultura política de libertad, racionalidad y tolerancia. Sobre estos cimientos sólidos y profundos, contra el régimen caduco del privilegio y la injusticia, del partido de Estado y el corporativismo, de la dependencia y la corrupción, levantaremos una nación de mujeres y hombres libres e iguales ante la ley y ante la vida, una patria democrática y solidaria, un México para los mexicanos todos. Tenemos las mejores armas para alcanzar el triunfo: la razón y la confianza. ~