La leyenda local cuenta que un terremoto separó dos continentes. Barcos naufragaron, incontables personas se ahogaron, los suelos del cuerno de África se apartaron de la península arábiga: Yemen de un lado, Djibuti y Eritrea del otro. Por las lágrimas de los muertos, al acceso entre ambas tierras se le llamó la Puerta de los Lamentos, Bab el-Mandeb. Hoy está en control de los hutíes.
Se perciben lejanos, casi desde cualquier punto del planeta, aunque su posición geográfica e implicaciones los coloquen a menor distancia. En la mayor parte del mundo son vistos, si acaso, como uno de los brazos de Teherán cerca de los países del golfo Pérsico. Los hutíes tienden a ser nombrados como uno de los incisos en la zona de conflicto que mezcla en una misma nebulosa a Irán, Yemen, el Mar Rojo, Palestina e Israel, Arabia Saudita y eventualmente los Emiratos Árabes Unidos e Irak. Yemen, usualmente, tiene la atención que observa los posibles efectos de una crisis regional sin dejar muy claras sus consecuencias fuera de Medio Oriente, y ni siquiera dentro de él.
Si Palestina e Israel, Líbano y Hezbolá u otros con mayor visibilidad contienen un universo de verdades simultáneas, contradicciones inherentes, códigos políticos o jurídicos más profundos que los admitidos por el ánimo simplificador de dos polos, Yemen sufre de cada una de esas particularidades, pero sin la facilidad de colocar su condición dentro de los parámetros ideológicos de las vecindades vistas desde afuera.
Las dinámicas de las tribus y milicias del país más pobre de la península, los gigantescos saldos humanitarios de seis guerras, los intereses económicos locales y globales, se habían mantenido en cierto grado de discreción desde fin de 2023, tras el ataque de Hamás en octubre, cuando la intervención de los hutíes en los múltiples frentes regionales no pasó de ataques esporádicos. Este mes de septiembre ha terminado con la amenaza de modificar ese rumbo.
A inicio de mes, los hutíes, que dominaban buena parte del territorio yemení, lanzaron una ofensiva que les dio el control de la costa. Capturaron el puerto de Mocha, las cercanías de Bab el-Mandeb, al sur del corredor del Mar Rojo, con el canal de Suez al norte. Por ahí pasa alrededor del 15% del comercio global, una tercera parte del tráfico de contenedores marítimos, y es la salida de emergencia para el crudo de la península, especialmente socorrida desde el estallido de la guerra que bloqueó parcialmente el tráfico del golfo Pérsico a través del estrecho de Ormuz.
Yemen en septiembre: más de mil muertos y más de 100 mil desplazados. (Nota para mis adentros: la quinta parte de los hogares víctima de desplazamiento forzado por violencia o seguridad en México, según la última encuesta oficial. Entre mis dos partes del mundo, hay cifras que, aunque mucho mayores, solo México es capaz de minimizar sin la menor noción de urgencia. Vuelvo a esa esquina de Medio Oriente.)
El contexto de la formación de la milicia importa, pero para efectos prácticos son más relevantes su transformación, tácticas y el papel de sus contrapartes, en particular Arabia Saudita.
Nacidos de la montaña, en zonas sin presencia del gobierno de Abdullah Saleh, viejo como una sólida dictadura de más de treinta años, la familia Houthi fue ganando terreno y seguidores desde los años noventa. Hussein al-Houthi adoptó los lineamientos y objetivos de la Revolución Islámica según la interpretación no de Jomeini, sino de Khamenei, una visión mucho más acorde al Irán de las Guardias Revolucionarias.
La guerra civil estalla en Yemen en 1994 –apenas cuatro años de la unificación de Yemen del Norte y Yemen del Sur–. Los hutíes se hacen del norte del país. En 2004, Hussein al-Houthie es asesinado. En 2011, en el marco de las Primaveras árabes, una nueva revolución. Saleh escapa a Arabia Saudita y Mansur Handi ocupa su lugar. En 2014, los hutíes toman Sanaa, la capital, con el apoyo de Saleh. Arabia Saudita, Emiratos, Bahréin, Jordania, Marruecos, Egipto, Qatar y Sudán forman una coalición para detener su avance. Al poco tiempo, Arabia Saudita empieza a quedarse sola. En 2022 entra en vigor una tregua que se mantuvo, relativamente, hasta ahora. Ese año, Handi dejó el puesto y al país con un Consejo de Liderazgo Presidencial –lo que quiera decir un título así–, el gobierno internacionalmente reconocido y con el respaldo de Riad. Abdel Malik al-Houthi, hermano de Hussein, quedó al frente de las zonas controladas por los hutíes y Tarek Saleh, sobrino del viejo presidente, comandando las fuerzas gubernamentales contra los hutíes a los que se había aliado en oposición a Handi. La homogeneidad de esas fuerzas gubernamentales era una intención escudada en la comodidad de sus benefactores, más que una realidad.
Lo esporádico de los ataques hutíes desde 2023 no se debió a la timidez o a un distanciamiento a la posición de Hezbolá hacia Israel. Tampoco eran un simple comodín presto a intervenir a solicitud de Teherán, intervención que permanecía latente, sin suceder o transformarse en una escala que mereciese mayor atención. Capitalizaron la respuesta israelí sobre Gaza. Reclutaron de forma mayúscula. Probaron las armas que proveyó Irán y aguardaron el momento y el pretexto adecuado, bajo su lógica y para sus intereses.
En julio, un avión en ruta ida y vuelta de Sanaa a Teherán para transportar una delegación hutí al funeral de Khamenei se convirtió en el pretexto. El gobierno yemení se atribuyó la responsabilidad de bombardear el aeropuerto de Sanaa. El avión cambió curso en uno de varios viajes. Los hutíes acusaron a Riad. La tregua cambió de perspectiva.
En unos cuantos días a inicio de septiembre, la ofensiva hutí, con decenas de miles de combatientes, tomó control de Bab el-Mandeb, luego del puerto de Mocha, en Sanaa, que más tarde fue destruido. Sus objetivos eran las posiciones y Tarek Saleh.
Las fuerzas gubernamentales, con el apoyo mermado de sus alianzas tradicionales –el ministerio de Relaciones exteriores en Riad estaba aparentemente convencido de la existencia de una puerta de negociación con los liderazgos hutíes–, no pudieron hacer nada para evitar el avance del grupo de Abdel Malik.
La fuerza militar hutí resultó inmensamente más poderosa de lo que alcanzaron a detectar potencias regionales y vinculadas, con todo y su mirada puesta en Bab el-Mandeb desde los bombardeos sobre Irán en verano pasado. Con todo, y unas fuerzas gubernamentales absolutamente fragmentadas. Brigadas en un punto del territorio, otras en otro. Unas seguras de que el control de Sanaa era el del país entero. Alguna solo con atención sobre las alianzas de los hutíes con la Hermandad Musulmana. Unos cuantos más solo con cercanía a Abu Dabi. Otros sin responderle a Saleh. Otros en ejércitos a los que se les dejó de pagar.
El grupo que una vez bajó de las montañas ya opera de manera centralizada, es mas que una milicia extendiéndose hasta Irak, construyendo una doctrina propia que puede llegar a funcionar sin el apoyo de Irán, pero que actualmente le sirve para subir su apuesta sobre Ormuz, independiente del estrecho y ligado a él. En simultáneo.
Incluso si revive un nuevo acuerdo entre Washington y Teherán, la llave de la puerta de los lamentos no está en manos que den tranquilidad al mundo y a la población en Yemen. Más de 100 mil desplazados. Otra vez. ~