Carta desde Bogotá: Un duraznero de León de Greiff

El 50 aniversario de la muerte del poeta colombiano León de Greiff es ocasión para recordar, gracias a un poema suyo, que las palabras, además de un significado, tienen una biografía.
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El próximo 11 de julio se cumplirán cincuenta años de la muerte de León de Greiff (1895-1976). Como suele ocurrir con las efemérides literarias, durante unas semanas lo encontraremos por todas partes. La maquinaria conmemorativa, de hecho, ya está en marcha: la Universidad Nacional arrancó los festejos poniendo en libre descarga los diez tomos de su obra completa y editando, en un volumen aparte, sus Sonetos 1914-1972. La Orquesta Sinfónica continuará los fastos con una serie de conciertos en los que se tocarán varias de las piezas de música culta que De Greiff popularizó a través de sus programas radiales y, last but not least, pronto aparecerá una fotobiografía preparada por Jerónimo Pizarro, Héctor Abad Faciolince y Luis Fernando Macías, que permitirá comprobar por qué a De Greiff podría llamársele –con algo de irreverencia– la Marilyn Monroe de los feos: existen fotografías magníficas de casi todas las etapas de su vida, desde que era un niño de dos años en su Medellín natal hasta un par de semanas antes de su muerte. Habrá también conferencias, lecturas públicas, artículos conmemorativos y todo el repertorio de ceremonias que suele acompañar a los escritores cuando el calendario ofrece un pretexto aritmético.

Todo eso está muy bien. Lo menos bienvenido llegará cuando empiecen a repetirse, una vez más, los lugares comunes que acompañan a De Greiff desde hace medio siglo. Se recordará que era, dentro de la tradición colombiana, la encarnación física de lo que se supone que debe ser un poeta: la barba desaliñada, la cachimba entre los labios, el gesto entre altivo y ensimismado, la bohemia cultivada como una segunda vocación. Y volverá a decirse que su poesía era oscura, hermética y, en muchos casos, impenetrable.

La paradoja es que De Greiff ocupa un lugar muy singular dentro de la literatura colombiana. Por una parte, es quizá el último poeta verdaderamente nacional, si por ello entendemos un autor cuyos versos siguen siendo recitados de memoria por personas que nunca han frecuentado las aulas de literatura. Por la otra, arrastra desde hace décadas la reputación de ser un escritor inaccesible. Ambas afirmaciones parecen excluirse mutuamente. ¿Cómo puede un poeta tan citado ser, al mismo tiempo, un poeta tan poco leído?

Mi impresión es que el problema está mal planteado. No creo que De Greiff sea un poeta hermético en el sentido estricto del término. Más bien escribía desde una tradición erudita cuyos presupuestos compartían muchos de sus primeros lectores y que nosotros hemos ido perdiendo. Su biblioteca estaba poblada de diccionarios, glosarios, mitologías y literaturas de medio mundo; daba por sentado un horizonte de lecturas que ya no es el nuestro. Lo que ahora nos parece opacidad era entonces, en buena medida, un juego de complicidades. Por eso, lo que sus versos tienen de arduo no reside tanto en ellos mismos como en la desaparición de las claves con que él los escribió. Cuando uno se toma el trabajo de recuperarlas, descubre que detrás de lo que parecía oscuridad hay, con frecuencia, una lógica deslumbrante.

Permítaseme mostrarlo mediante un ejemplo.

Hace algunos años, leyendo Nova et vetera (1973), las primeras obras completas de De Greiff preparadas por su hijo Hjalmar, me detuve en una expresión que me obligó a cerrar el libro. No porque el pasaje fuera especialmente difícil, sino porque ignoraba el significado de una de sus palabras decisivas. En un poema de tono marcadamente erótico aparecía la expresión “lujo y nata del duraznero ciprino”:

…¿Fue mentira
que hubiste –durazno ácido–
las primicias de Honorata,
púber apenas? (…) Lujo y nata
del duraznero ciprino!
Verdad fue, cual no otra, grata!…

El asunto del poema no ofrecía demasiadas dudas. “Las primicias de Honorata”, “púber apenas” y “durazno ácido” aludían a la toma de la virginidad de una muchacha núbil. El verdadero enigma era otro: ¿qué quería decir “ciprino”? Hice entonces lo que hacemos casi todos en estos casos: “interrogar” al diccionario, como solía recomendar Borges. Esperaba encontrar una definición rápida y regresar a los versos. Ocurrió exactamente lo contrario: el diccionario me acrecentó el problema.

Para empezar, el nombre de la muchacha ya escondía una trampa. Honorata viene del latín honoratus: “la honrada”, “la digna de honor”. De Greiff, que leía a Galdós, sabía que ese tipo de patronímicos funcionan irónicamente: igual que la heroína de Fortunata y Jacinta –cuya buena fortuna brilla por su ausencia–, su Honorata pierde precisamente lo que su nombre promete conservar. Más adelante, en el mismo poema, el poeta la contrapone a otra figura femenina, Xatlí, descrita como “más ardiente que una loba” frente a “la niña boba de Honorata”.

También ese nombre tiene sus meandros. No aparece en ningún repertorio onomástico, lo que sugiere que De Greiff lo construyó a partir de la raíz náhuatl citlalli, que significa “estrella” y da lugar a nombres como Xitlali o Citlali. La grafía con equis inicial es propia de esa lengua. Que eligiera un nombre de esa raíz para designar a la mujer ardiente y experimentada no parece casual: Xatlí trae consigo una otredad cultural, una sensualidad que viene de otro mundo. La ironía del poema opera así en dos registros simultáneos: el nombre latino carga la moral cristiana y colonial; el nombre náhuatl la impugna desde afuera. No sé si De Greiff lo calculó con tanta precisión, pero la contraposición es demasiado nítida para ser del todo accidental.

Volví, entonces, al adjetivo. La Academia registraba ciprina como sinónimo de “chipriota” o “mujer nacida en Chipre”. Aquello explicaba la etimología, no el verso de De Greiff. ¿Qué tenía que ver un árbol de duraznos con una mujer nativa de la tercera isla más grande del Mediterráneo? Era evidente que el poeta no estaba hablando de geografía. El diccionario, como suele ocurrir, me estaba contando apenas el último capítulo de una historia mucho más larga.

En la poesía griega, Cipris era uno de los nombres de Afrodita, pues según la mitología nació de la espuma del mar cerca de Pafos, en la isla de Chipre. Poco a poco, el nombre de la isla dejó de designar un lugar para convertirse en una forma de nombrar el amor, el deseo y la belleza. La geografía había empezado a transformarse en metáfora.

Los poetas heredaron ese desplazamiento. Durante siglos, Cipris, Cipria y Ciprina circularon como nombres poéticos de Venus. Los modernistas todavía los empleaban con naturalidad. Rubén Darío habla del “cinto de Cipria” y de “la celeste Cipris”, seguro de que sus lectores reconocerían inmediatamente la alusión clásica. León de Greiff, cuya biblioteca parecía no tener fronteras temporales, pertenecía a esa misma tradición. Su “duraznero ciprino” no era un árbol venido de Chipre, sino un árbol puesto bajo la advocación de Venus. El adjetivo impregnaba la imagen de una sensualidad que la palabra “erótico” jamás habría conseguido transmitir.

Hasta aquí, la historia era ya fascinante. Pero todavía quedaba una sorpresa.

Siguiendo el rastro de la palabra llegué al francés contemporáneo. Allí, cyprine designa el líquido segregado por las glándulas de Bartolino durante la excitación sexual femenina. Por un momento pensé que me había equivocado de camino. ¿Cómo podía una antigua denominación de Venus terminar nombrando una secreción anatómica? La respuesta es que no se trataba de un salto, sino del último eslabón de una misma cadena. Una palabra que había empezado nombrando una isla pasó a designar a la diosa nacida en ella; luego se desplazó, por metonimia, hacia el amor y la pasión sexual; finalmente, fue a posarse en una de las manifestaciones físicas del deseo. Vista de ese modo, la evolución deja de parecer extravagante y adquiere una lógica casi inevitable.

Las sorpresas no terminaban ahí. Cyprine es también el nombre de una variedad de vesuvianita, el de un molusco marino e incluso el de un personaje de una serie japonesa de animación. Ninguno de esos significados guarda una relación directa con los demás, aunque quién sabe: a lo mejor sí existe un vínculo entre la textura de la carne de las almejas y la de los órganos femeninos, o entre el color de la vesuvianita –un mineral muy apreciado en la joyería– y el del líquido producido por las glándulas de Skene durante la excitación sexual. Sea como fuere, la palabra fue cambiando de oficio con los siglos, como si cada época hubiera encontrado en ella una utilidad distinta.

Todo esto me hizo pensar que solemos consultar los diccionarios con una idea equivocada. Creemos que las palabras tienen un significado. En realidad, tienen una biografía. Los diccionarios nos ofrecen una fotografía fija; las palabras, en cambio, viven. Nacen como nombres propios, se convierten en adjetivos, después en sustantivos; viajan de una lengua a otra; pasan de la mitología a la botánica, de la poesía a la medicina, de la religión a la vida cotidiana.

Una de las funciones de la poesía es precisamente rescatar esa memoria. Estoy convencido de que, de no haber encontrado aquel “duraznero ciprino” en un verso de León de Greiff, nunca habría sentido la tentación de seguir el rastro de la palabra.

Quizá esa sea una de las tareas más discretas de la literatura: además de inventar palabras nuevas, impedir que mueran las antiguas, resucitarlas. (Los diccionarios las archivan. Los poetas las devuelven al mundo.) Gracias a ellos seguimos pronunciando voces que arrastran, sin que casi nadie lo sospeche, la memoria de una isla griega, de una diosa nacida entre la espuma y de una metáfora que ha atravesado más de dos mil años para esconderse, inesperadamente, en un duraznero de León de Greiff. ~


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