Foto: Danaeef1294, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

En defensa de la Casa del Poeta Ramón López Velarde

En homenaje al poeta que es su razón de ser, la Casa del Poeta Ramón López Velarde debe seguir teniendo la poesía al centro de sus actividades.
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El próximo lunes 15 de junio es el cumpleaños de Ramón López Velarde (ciento treinta y ocho ya). La fiesta no podrá ser en la que fue su casa en la Ciudad de México desde 1914 hasta su muerte en 1921 -en la avenida Álvaro Obregón 73, Colonia Roma– porque acaba de ser desalojada por el Gobierno de la Ciudad, que le ha quitado su nombre al lugar (lo ha rebautizado, en un alarde de imaginación poética, como Casa de las Palabras) y que pretende, al parecer, modificar sustantivamente su función. Paradojas de la vida de un poeta: en 1912, en su primera estancia en la capital, López Velarde renunció a un empleo insignificante en un juzgado porque parte de su trabajo era desalojar inquilinos y él sencillamente no tenía la sensibilidad para eso. Pero en su caso se trata solo de un poeta muerto y los funcionarios culturales no tienen por qué andarse con sentimentalismos.

La relación de López Velarde con la Ciudad de México fue accidentada y compleja (Ernesto Lumbreras le ha dedicado un bello libro: Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México 1912-1921). Provinciano recalcitrante de joven -nacido en Jerez, Zacatecas, pasó la mayor parte de su adolescencia y juventud en Aguascalientes y San Luis Potosí-, Ramón temía y desconfiaba de la Ciudad. Su primera mudanza fue una salida en falso, pero la segunda fue definitiva y, como tantos antes y después de él, acabó sucumbiendo a los encantos de la que llamó, en la “Oración fúnebre” a su amigo Saturnino Herrán, “millonésima en el dolor y en el placer”. De López Velarde podría decirse lo que él dijo del pintor: que su verdadera amante fue la Ciudad.

La Colonia Roma fue fundada, entre otros inversionistas, por el empresario inglés Walter Orrin, dueño del circo más famoso del Porfiriato. Por su iniciativa las calles recibieron el nombre de los lugares que el espectáculo había recorrido: Córdoba, Jalapa, Guanajuato, Chihuahua, etc. Era un barrio con pretensiones modernas, de lujosas casas de estilo francés, pero también con edificios de departamentos más modestos, multifamiliares. A uno de estos, situado en el entonces número de 71 de la entonces avenida Jalisco, llegó Ramón en 1914, donde ya lo esperaban su madre y sus siete hermanos. Ocuparon primero el departamento 3, muy pequeño, y luego el 9, menos pequeño, pero igual el poeta tuvo que volver a compartir cuarto con su hermano Jesús (en su discurso en el entierro de Ramón, su amigo Enrique Fernández Ledesma declaró que los hombres del futuro se preguntarían “por qué el poeta de América que impuso tutelas de Arte a la lengua española vivió pobre y murió pobre, en una casa decimal y en una alcoba de diez metros cuadrados”). Allí López Velarde vivió una agonía dramática y murió, rodeado de su familia y amigos, el 19 de junio de 1921, a la una y veinte de la mañana, a los treinta y tres años.

López Velarde murió y a lo largo del siglo XX su casa y la Roma conocieron los esplendores de la decadencia. Para los años setenta, Álvaro Obregón 73 ya era una vecindad que se caía a pedazos. El terremoto de 1985 casi hizo el resto. Varios poetas, notablemente José Emilio Pacheco y Víctor Sandoval, hicieron llamados para que se rescatara. 1988, año del centenario, parecía propicio. Finalmente fueron escuchados, la casa fue recuperada al año siguiente y en 1991 abrió la Casa del Poeta y Museo Ramón López Velarde, presidida por una fundación. Esta, con altas y bajas, la administró más de tres décadas y este año la entregó al Gobierno de la Ciudad de México, dueño del inmueble.

Esto habría hecho esperar un relanzamiento de la Casa del Poeta Ramón López Velarde, una reafirmación del valor que el Estado mexicano ha otorgado históricamente a su figura (de la que se apropió, a lo largo del siglo XX, en un proceso lleno de luces y sombras que lo convirtió en “el poeta nacional”), una deseable y necesaria renovación, pero siempre en torno a la poesía y al poeta por el que ese lugar existe. En vez de eso, lo que se les ha ocurrido es quitarle el nombre, presentarlo como un “laboratorio público de narrativas vivas, creación literaria y acción cultural” y proponer la apertura de un cabaret (nada contra el cabaret como género, por cierto, pero, dada su naturaleza crítica y transgresora, llama la atención la sola idea de uno estatal, y no menos que el principal interés cultural de varios funcionarios involucrados sea precisamente el cabaret, no tanto la poesía).

La Casa del Poeta Ramón López Velarde debe seguir siendo la Casa del Poeta Ramón López Velarde. Perfectamente puede servir, como ha servido, para muchas otras expresiones artísticas, pero el centro debe seguir siendo la poesía (¿cuántas casas culturales hay dedicadas a ella en el país?) y, sobre todo, debe mantenerse y reforzarse, en el nombre y en las actividades organizadas, el homenaje que representa al poeta que la habitó y que es su razón de ser. ~


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