No es sencillo disociar a Milán de Rocco y sus hermanos, la película dirigida por Luchino Visconti y protagonizada por Alain Delon sobre una familia de inmigrantes provenientes del sur de Italia que es engullida por la hostilidad del bastión industrial del norte.
De modo que cuando me cito con Santiago Gimenez en un estudio de fotografía de Città Studi, el barrio estudiantil por excelencia, me convenzo de que el futbolista mexicano comparte territorio con el legendario actor francés: aura de estrella, rostro esculpido, ojos azules y la típica confianza en sí mismo del que se sabe atractivo.
Para llegar a tiempo a la charla con Santiago, tengo que hacer un ejercicio sobrehumano: atravesar la Autostrada 7 desde Génova, a casi 150 kilómetros de distancia, en un horario que converge con el fin de la jornada laboral de una ciudad en la que, a diferencia de Milán, hay más asalariados que diseñadores de moda.
Es un día nebuloso de cielos grises en Milán, como casi todo el año, salvo en verano. En periodo de gracia, irrumpo en el edificio hasta encontrarme cara a cara con Santiago, quien reposa a los pies de una escalera de metal mientras habla por teléfono. El futbolista nacido en Buenos Aires, criado en Veracruz, curtido en la Ciudad de México y formado en Cruz Azul viste un conjunto deportivo holgado de la selección mexicana –parte de la colección “Comienza el sueño”, una colaboración entre Adidas Originals y el diseñador mexicoestadounidense Willy Chavarria–con la misma gracia y estilo que en otro tiempo distinguieron al periodista Tom Wolfe, el hombre del traje blanco inmaculado.
Santiago termina la llamada, se interna en el espacio montado para la entrevista y saluda a un staff integrado por miembros de la mesa de redacción y el equipo de producción del medio independiente Apuntes de Rabona. Entonces comenzamos un tímido intercambio informal que tiene como objetivo restarle solemnidad al encuentro. “Acá, en esta zona, te puedes encontrar a Luka Modrić en monopatín”, lanza como primer rompehielos.
Le digo que contamos con el aval de su padre, el exfutbolista Christian “Chaco” Giménez, y su pareja, la actriz, conductora e influencer Fernanda Serrano. Y que no tenemos ningún interés en reciclar la fórmula que tiene al periodismo deportivo en terapia intensiva: la estridencia, la polémica con calzador y la obsesión por la exclusiva. “Menos mal”, responde mientras esboza la primera sonrisa de un amplio repertorio de gestos típicos de un seductor de oficio.
Abro la conversación preguntándole sobre lo que implica la carga cultural y mitológica asociada al AC Milan, un equipo que, hasta antes del arribo del populista neoliberal Silvio Berlusconi, solía estar estrechamente vinculado con la clase obrera y progresista de la capital de Lombardía, siempre a contracorriente del Inter de las élites. “Cuando era niño, los Milan-Inter eran como los Real Madrid-Barcelona de hoy”, reconoce al tiempo que recita de memoria los nombres de Andrea Pirlo, Kaká, Alessandro Nesta y Paolo Maldini como quien repasa una doctrina religiosa.
Santiago es bastante más optimista de lo que fue el melancólico personaje de Alain Delon –durante su inolvidable conversación con Annie Girardot tras volver del servicio militar– sobre la ciudad de Milán, de la que exalta su belleza, arquitectura, limpieza, orden, variedad gastronómica y alternativas de movilidad, como el monopatín. Esto último le resulta indispensable tras su idílica estancia en el puerto de Rotterdam, como estrella del Feyenoord en la Eredivisie neerlandesa, en donde se acostumbró a dos cosas: marcar goles en cada partido y trasladarse en bicicleta.
Algo que distingue a Santiago Gimenez de sus pares es la capacidad que tiene para elaborar respuestas convincentes. “Yo sé que soy un delantero que le gusta marcar diagonales, que me gusta ir al espacio abierto, al espacio largo, quedar de frente al defensa, no de espaldas, donde no me siento cómodo. Pero el futbol italiano me ha hecho aprender muchas cosas y me ha hecho fortalecer muchas otras”, desarrolla en torno a su estilo de juego.
Al fragor de la conversación, repasa anécdotas que lo humanizan y le confieren una imagen más cercana al barro, sin el alarde del superhéroe. Como cuando, tras quedarse fuera de la nómina mundialista rumbo a Qatar 2022, se reportó con sobrepeso al Feyenoord después de tomar vacaciones en un crucero de lujo como el que describió el escritor maldito David Foster Wallace en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer.
Eludo deliberadamente la herida abierta provocada por el descarte de Gerardo Martino para hablar de aquella cabalgata en solitario frente a Panamá, en la Copa Oro de 2023, que parecía erigirse como el prólogo de una etapa gloriosa con la Selección Mexicana. Antes de seguir el hilo de la charla, él mismo opta por rememorar lo que significó, seis meses atrás, haberse quedado fuera de la convocatoria mundialista. “Que te dejen fuera del Mundial, te toca el orgullo. Pero lo único que te queda es mirar hacia adelante. Yo sabía que, con la voluntad de Dios, por todo lo que atravesé y el trabajo duro que hice, me iba a dar un momento como estos”, relata. Y evoca el gol del título en Los Ángeles como “el momento más lindo” de toda su carrera.
Consciente de que, tras la lesión de tobillo que lo apartó durante casi todo un semestre con el Milán, no tiene un rol protagónico en el proyecto de Javier Aguirre, Santiago Gimenez se visualiza, con fervor juvenil, el día del debut ante Sudáfrica, “cantando el himno con mi gente, con mi equipo”, preparándose para “ir a la guerra” por su país.
Pide, eso sí, no descartar la opción de la doble punta con Raúl Jiménez, el delantero titular del proceso, con quien desarrolló cierta complicidad al principio de la gestión de Aguirre. De hecho, recuerda que el recurso dejó de tener validez cuando el seleccionador mexicano habló públicamente de que se buscaban demasiado entre ellos y no pateaban a gol.
De cualquier manera, Santiago Gimenez reconoce que “el solo hecho de saber que puedes disputar un Mundial es algo hermoso” y otorga licencia para soñar porque, por suerte, es futbol. Y en el futbol “todo puede ocurrir”. Incluso lo impensable: enamorarse de una ciudad de cielos grises. ~