Carta desde Lima. Vivir para contarla: cómo sobrevivir con tu hija en un concierto de K-Pop

He vivido estos dos últimos meses con la irritante secuencia de una cuenta regresiva: “Faltan dos meses papá. Un mes. Quedan tres semanas. Ya tan solo dos. Siete días. Seis. Cinco. Dos. Uno”.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Montserrat tiene 14 años; hace tiempo se apropió de mis viejos discos de jazz y la voz de Ella Fitzgerald le sirve para relajarse en su habitación. Solemos ir juntos a los conciertos de la Sociedad Filarmónica y a la temporada de ópera en el Municipal. Debussy es su compositor favorito. Ahora le toca a ella llevarme a descubrir el otro lado de la música.

No había quien las acompañara a ella y a Andrea, su mejor amiga, al concierto. A ella sus padres solo le darían permiso si iban acompañadas de un adulto. Mi hija pone ojos de personaje de manga japonés para invitarme a entrar al mundo del pop coreano. “¿Papá, podrás acompañarnos al concierto de Enhypen?”, me pregunta. No la escuché bien y le pedí que me lo explique. Se trata de la banda de K-Pop que, desde su formación en 2020, convoca la obsesión de adolescentes, jóvenes y madres incluso. Pensé que algo sabía del K-pop al preguntar si tenían algo que ver con BTS, pero me dice que esa es una banda que suena desde el 2013, y desdeña mis conocimientos por obsoletos. Me explicó que la banda se formó a través del programa de supervivencia I-Land, originalmente con siete integrantes, lanzando su primer EP, Border: Day One. Recién en marzo de este año se anunció la salida de Heeseung, uno de sus miembros, por lo que a Lima llegaría el grupo reajustado en sexteto: Jungwon, Jay, Jake, Sunghoon, Sunoo y Ni-ki. Aunque algo aprensivo, respondí que sí. ¿Cómo iba a saber yo a dónde nos llevaría esto?

Dos meses antes, el padre de Andrea, experto en aguardar frente a la pantalla por la venta de entradas, consiguió tres codiciados boletos en general. Al mes siguiente, ya podían descargarse en una aplicación de celular. Yo no tenía idea hasta qué punto había afectado a mi hija la certeza de que iría a su primer concierto. No hasta que, semanas después, haciendo la cola, en voz queda me dijo de pasada: “este es el mejor día de mi vida”.

A lo largo de las semanas previas, pude verla fabricar pulseras, dibujar frutas que representaba a cada integrante, pintar lunas llenas inspirándose en Moonstruck, la canción del grupo que más le gusta. Su antes callada pasión por el sexteto pronto se amplió por toda una variedad de estímulos: pintó el polo con el que asistirá al concierto, salió a comprar discos en Arenales (sus amigas hicieron lo mismo, pero por las pegatinas y fotografías que vienen de regalo) y, aunque no los escuché con dedicación, Enhypen se convirtió en la banda sonora en nuestro departamento. Una semana antes, la acompañé a una feria pop-up organizada en el salón de un hotel miraflorino, enfocada en el merch oficial de la banda. Entre gigantografías del grupo y videos transmitidos en pantalla gigante, rodeada por chicas de su edad, Montserrat buscaba entre monederos, fotografías y pines. Yo recordaba a los ambulantes que vendían imágenes de Menudo en la puerta del colegio de mis hermanas, en horario de salida, en los años ochenta. 

Sin embargo, aquí todo es elegante y exclusivo: en una plataforma se muestra lo que podría considerarse el producto más codiciado, la pièce de résistance: los lightsticks, dispositivos parecidos a una linterna o una varita, claves en la cultura del K-pop. En un lugar expectante, parece un cetro para llevar al concierto. Mi hija me explica que cada grupo suele tener su propio diseño personalizado, representando un concepto o su nombre, que los fans usan durante los conciertos para crear, sincronizadamente, efectos visuales masivos. El precio nos sobrecoge, aunque dos días después veremos estos puntos luminosos alumbrando los rostros felices de buena parte del público. Montserrat maneja su economía: compra pines y fotos a punto de agotarse y, tras larga fila, paga la cuenta y sale feliz.

El estadio rojo

He vivido estos dos últimos meses con la irritante secuencia de una cuenta regresiva: “Faltan dos meses papá. Un mes. Quedan tres semanas. Ya tan solo dos. Siete días. Seis. Cinco. Dos. Uno”. La mañana del miércoles 8 de julio, aún parece incrédula de lo que tenía por delante. “¿El mejor día de tu vida?”, le pregunto en la cola, retomando su afirmación categórica. “O de este año. Te lo diré cuando volvamos a casa”, matiza su respuesta. 

Tengo un sentido de orientación espantoso, pero me creo capaz de acertar el camino por mi vieja universidad. Sin embargo, la falta de señalización nos sumió en la inopia. En el camino, empiezan a repartir sus ‘freebies’. Yo lo consideraba un “intercambio”, pero Montserrat me sacó de mi error. Es algo mucho más generoso. Es un regalo. Y si alguien tiene algo para dar, lo recibes. Ella me explica que es una tradición iniciada por los primeros grupos de K-pop, a partir de las fans que no tenían dinero para comprar la mercancía del grupo. Entonces urdieron sus propias redes para regalarse entre todas y compartir su afición. “Es algo que nos une como comunidad”, me explica. Su primer encuentro es con un grupo de visitantes chilenos, un padre y su hija, e intercambian comentarios amables por el trabajo ajeno. De ellos conserva un llavero. La bandera que ellos portan se confundirá horas después con otras que llevan seguidores de Ecuador, Costa Rica, Bolivia. En el continente, Enhypen solo eligió al Perú, Brasil y México como paradas de su gira “Blood Saga” antes de recorrer Estados Unidos.

En el camino por la Avenida Universitaria, el movimiento comercial es un espectáculo aparte: por magia de la IA generativa, una imagen de Ni-ki, el mejor bailarín del grupo, posa a punto de devorar un insólito pan con pollo con todas sus cremas en el cartel que corona el puesto de comidas. Su imagen y la del resto de la banda se multiplican en el mercadillo que se apoya en el cerco perimetral que nos separa de las obras del metro sobre la avenida Amézaga, poco antes de llegar a las puertas 5 y 6 del estadio de la Universidad de San Marcos, la decana de América. Son las 4 de la tarde y siento que hemos llegado tarde. Quienes cuentan con el VIP 1 Blood Package han ingresado desde poco después del mediodía, mientras que los portadores del VIP 2 Saga Package hicieron lo propio a la una de la tarde. El público general podía ingresar desde las 3:30 p.m. y, al llegar, la tribuna central ya estaba repleta. Nos ubicamos en la lateral izquierda, cuidando que los armatostes que sostienen parlantes y pantallas no obstruyan nuestra vista.

Mi hija y su amiga me piden que les cuide sus asientos. Recorren las tribunas compartiendo sus ‘freebies’. La buena onda que decae a veces: Montserrat me confesará luego que mucha gente solo aceptaba intercambios. Y otros se les tiraban encima por un regalo. Yo miro la estrecha franja de la sección frente al escenario ya repleta. El cuerpo central en la cancha se va nutriendo poco a poco; una larga fila de chicas se incorporaba en paciente orden, mientras sobre las tribunas subía el olor a chorizos a la parrilla, se ofrecía canchita a 20 soles y una botella de agua a diez para refrescar el susto. El menú cantado incluye hamburguesas, bebidas energizantes, chilcanos en lata y cervezas heladas que, por un momento, creo merecer, pero que no compraré por paterno pudor. 

Sentado en la tribuna, miro el perfil de la Facultad de Letras donde me formé y hoy siento la vida deformarse. Hace frío. Chispea. Pronto la fina garúa se precipitará con más fuerza. Debemos esperar hasta las 8 de la noche. Veo a mi hija y a su amiga subirse las caperuzas. Al lado hay chicas que hacen planes para saltar la valla que las separa de la sección platinum, pero el tamaño de los agentes de seguridad les hace cancelar sus intentos. Me siento un polizón en medio de un sonoro ritual masivo: las chicas empiezan a calentar gargantas cuando, frente a nosotros, se enciende la enorme pantalla mostrando el título de la gira, de cuyos góticos caracteres caen aceitosas gotas de sangre. La aguda ovación vuelve a encenderse cuando se proyectan los tutoriales narrados en coreano, inglés y castellano para colocar correctamente las baterías de los lightstick. Nuevas ovaciones resuenan en el momento en que el rostro de un técnico anónimo aparece en pantalla haciendo pruebas. Sucederá lo mismo cuando el personal de limpieza aparezca sobre el escenario para trapear los charcos de lluvia empozada. La estridencia alivia el frío. No hay mucho que hacer. Solo esperar mientras suena la banda sonora de lo que parece un oscuro videojuego. 

Sentado en la tribuna me pongo a hacer cálculos: una hilera de 21 butacas, por 16 filas. Y soy el único hombre en medio de adolescentes vestidas con casacas negras o rojas de cuero y minifaldas. Mi hija lleva un polo con un corazón y una frase que dice If you say, igual a la que lucen sus ídolos en el álbum Romance: Untold. Mientras esperan, ella y su amiga se toman fotos con filtros, con narices u orejas de conejo, o comiendo un ramen digital frente a ellas. El encuadre me incluye y aparezco con nariz canina. En la espalda de la camiseta de la muchacha sentada adelante están anotados los destinos que cubrirá la gira: Enhypen partió de Seúl a Sao Paulo, luego a Lima y de allí volará a Ciudad de México, Dallas, San Diego, Tacoma, Oakland, Las Vegas; para volver al Asia y presentarse en Macao, Tokio y Aichi. ¿Dónde queda Aichi?, me pregunto y dejo de leer su espalda, no vaya a descubrirme sus compañeras y pensar que soy un pervertido.

Treinta minutos antes de comenzar, se encienden los lightstick y cambian de color como prometía el video tutorial. Las olas en las tribunas se apaciguan, atentas a esos coordinados puntos de luz. La tribuna intenta robarse el show cantando un verdadero himno de la cumbia: “Nunca, pero nunca, me abandones, cariñito…”, dedicando las líneas del compositor Ángel Aníbal Rosado a sus ídolos.

De pronto, mi hija y su amiga gritan y yo me quedo pasmado como ellas con un despliegue de luces láser que no había visto nunca. Jay, Jake, Sunghoon, Sunoo, Jungwon y Ni-ki aparecen en escena para interpretar “Knife” apoyados en 10 mil voces que corean sin desafinar. Vestidos de cuero negro y acompañados por sus bailarines, mi hija se sabe todos los singles: “Daydream”, “Outside” o “Brought the Heat Back”. El K-pop nos envuelve en su fantasía gótica. Es el ataque musical de ángeles que enfrentan la oscuridad con drama, acción y romance. Cada canción los lleva a un sensual arrobamiento que hace delirar a la audiencia. Como si quisieran romper un muro invisible, las chicas martillan el aire con sus lightstick.

Entre tema y tema, los chicos de la banda buscan acercarse al público. Una traductora revela la sencillez de sus palabras: “¡Buenas noches Perú! ¡Hola Lima, se están divirtiendo? ¡La energía es increíble!”. También intentan masticar el castellano, agradeciendo la cálida acogida en medio de la lluvia. Sorprenden a las fanáticas con el repertorio de frases ensayadas: “¡Hola, causa!”, “¡Hemos probado cebiche y anticucho”, “¡Queremos ver Machu Picchu!”, “¡Visitamos Barranco!”. Con cada frase arrancan gritos al respetable. Mi hija ya me había confesado su frustración por no haberlos podido encontrar a la salida del colegio. Minutos antes habían filmado a pocas cuadras de casa, en las calles Unión y Génova, a espaldas del antiguo Mercado Municipal. Horas después, en escena, ellos exclaman: “¡Chévere!”.

“Estos patas se identifican como vampiros, ¿verdad?”, interrumpe a mis espaldas un padre que, como yo, no entiende nada. “¿Son chicas o chicos?”, vuelve a preguntar. Incómodo. “Son varones, papá”, responden ellas, ofendidas, cancelándolo. Yo miré a mi hija. Escuchándola gritar, me venía el recuerdo de los viejos videos de Los Beatles en el show de Ed Sullivan. El ritual pop se transforma para mantenerse igual en el siglo siguiente. Sonaban entonces temas como Bite Me, la más popular, así como Bills, Moonstruck, Future Perfect (Pass the MIC), Stealer, Drunk-Dazed, y Shout Out. A veces imagino influencias del  heavy metal melódico, otras del rap, incluso versiones pop que podrían firmar Bruno Mars o Robbie Williams. Después del fundido en negro, cambian de vestuario, del neo gótico al casual urbano. Veo saltar a Montserrat con su amiga, eufóricas. Ella siente que ya no estaba en un estadio, que había sido transportada a otro universo, me confía.

Que quede claro, los ojos me lloran por la atmósfera extraña en que el humo de los fuegos artificiales se combina con la densa garúa y los láseres rojos. Es el ambiente marciano que asfixió a Arnold Schwarzenegger entre las montañas del planeta rojo en Total Recall. Siento que participo de un videojuego desde dentro, o en una película expresionista del alemán F. W. Murnau. Es una situación hiperbólica, intensificada, de música, baile e imágenes en movimientos distintos y díscolos. “Este clima le favorece al concierto”, dice el novio de una de las chicas adelante. “¿No has visto esas películas en que están en un lugar lúgubre y sale un vampiro? Deberías estar agradecida de que pase esto”, le dice a la muchacha que se queja por el frío.

Con los chicos de la banda todo es amable, no hay impertinencias. Promueven un duelo de gritos entre sus devotas reunidas a la derecha y a la izquierda del estadio sanmarquino. Desgraciadamente para mis tímpanos, es la tribuna donde nos encontramos la que parece resultar vencedora. Pronto el juego tornará videojuego: los nombres de los fans aparecen en la pantalla para que el público los reconozca, luego seguirán los rostros de cada uno para ser vitoreados. Una propuesta de karaoke permite que las limeñas sorprendan con su coreano fluido. Cerca del final, intentan ponerse los chullos que el público les lanza, pero es imposible; sus peinados llevan demasiado gel como para ceder ante la lana de la prenda. Ondean nuestra bandera, aunque al inicio se equivocan y muestran el escudo al revés. Se despiden con la delicadeza de quien deja en su balcón a la novia enamorada. 

Terminado el concierto, mi hija me pregunta si me gustó lo que he visto y oído. Le comento la complejidad de las influencias musicales, y ella me hace notar incluso sus bailes, algunos de raíces africanas. “¿Eso no es apropiación cultural?”, le pregunto. “Por eso los funan”, me responde. Me explica luego que la cantera expresiva del K-Pop no se basa solo en apropiaciones. En toda su música se siente una base percusiva que remite a los grandes tambores coreanos. Lo investigo para este artículo: la percusión es el alma de la música tradicional coreana, conocida como gugak. Mientras que el Janggu destaca por su versatilidad y complejidad rítmica, el Buk aporta la base profunda y poderosa que sostiene el ritmo en las ejecuciones. Sabiendo esto, recuerdo a mi alrededor a las jóvenes empuñando sus lightstick, martillando al ritmo de la música, dándole al imaginario tambor de barril forrado en piel de animal. Algo empiezo a entender.

Pero en el estadio no había fornidos y marciales percusionistas, sino jóvenes introvertidos y dubitativos de encanto andrógino, que remueven referentes específicos coreanos para incluir elementos góticos europeos y estética victoriana. Para sus consumidores, sin embargo, el atractivo de su música no se basa en su occidentalización o en su coreanidad, sino en su modo particular de tratar temas y estéticas que hoy modelan la sensibilidad de una generación seducida por lo híbrido, el romance oscuro, el sueño cósmico. El K-Pop, esa zona intensificada de la música que la crítica musical a menudo soslaya, también está forjado en torno a actuales estremecimientos y emociones esenciales.

Dos horas y media se ha extendido el concierto. “Son cien soles por hora de show. Está bien pagado”, dice una de las muchachas a nuestro lado. El bolso de Montserrat está repleto de regalos: stickers, postales con el rostro de cada integrante, dibujos, también caramelos que ayudan a mantenerse, porque está prohibido llevar comida al concierto. Tiene tres billetes de 100 soles con la cara de los chicos de la banda. 

“¡Épico!”, repiten mientras enrumban a la salida. Preguntándome si mis tímpanos volverán a la normalidad, buscamos la salida más segura, pero todos los caminos conducen a una procesión caótica, ahorcada por la presencia de comerciantes, puestos de fritangas o repartidores en motocicletas avanzando en sentido contrario al del público. Sujeto firmemente las manos de mi hija y la de su amiga, aunque, ciertamente, son ellas las que me guían. 


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: