30 años, 90 números, fin

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Eso es lo que puede leerse en la portada del último número de la histórica revista argentina Punto de vista. La multiplicación es sencilla: tres números por año durante tres décadas. El título del editorial suma una palabra: “Final”. Lo firma –no podría ser de otro modo– la directora, Beatriz Sarlo, quien empieza diciendo: “Durante treinta años, Punto de Vista fue la mayor y más constante influencia sobre mi vida. Otros podrán discutir si ha sido una revista influyente; sobre mí, no tengo dudas”. Precisamente en esa identificación radica uno de los aspectos más importantes del proyecto: como Victoria Ocampo o como Octavio Paz, Sarlo ha sido el alma máter de una revista inseparable de su propia obra ensayística, de su propia evolución intelectual. Así define la publicación en ese editorial: “Agotadora, absorbente, atacada, incluso detestada”; pero añade: “La necesité para ser lo que soy porque nunca creí que alguna otra institución podría darme lo que esta revista me dio”.

En 1978, en plena dictadura militar, Ricardo Piglia, Carlos Altamirano, Elías Semán y Beatriz Sarlo decidieron resucitar el espíritu que había animado la revista Los libros, desaparecida en 1975. Eran años de cultura en las catacumbas, de clases de literatura dictadas en domicilios particulares, de vínculos estrechos entre escritura y resistencia política. En los ochenta, una vez llegada la democracia, se convirtió en la brújula intelectual de Buenos Aires. Sus páginas acogían novedades internacionales, ámbitos de reflexión pioneros, reivindicaciones que se adelantaban a las corrientes de opinión mayoritarias: la noción de “campo intelectual”; la defensa de la obra de Saer, de Sebald, de Chejfec; los estudios de cultura urbana; la reflexión extremadamente crítica sobre la política nacional, que ha estado presente en la revista desde el primero hasta el último número.

Por sus consejos de redacción han circulado personalidades como Juan Carlos Portantiero, María Teresa Gramuglio, Óscar Terán, Rafael Filippelli, Adrián Gorelik o Ana Porrúa; en sus páginas han publicado los mejores escritores y académicos argentinos, latinoamericanos e internacionales, desde Nora Catelli o Raúl Antelo hasta Raymond Williams, Pierre Bordieu o Andreas Huyssen. Se ha caracterizado por la discusión sistemática: política, literatura, urbanismo, cine, sociología, periodismo, arte contemporáneo, cualquier aspecto de nuestro mundo y de su teorización ha sido debatido en el seno de la revista, en pulso constante con el presente. No es casual que en el número último Sarlo analice tres novelas argentinas publicadas en 2007; no es casual, tampoco, que haya una mesa redonda titulada “El cine moderno revisitado”. De hecho, uno de los géneros o formatos emblemáticos de la publicación ha sido ése. Mesas redondas nunca complacientes: auténticas mesas de disección.

Me imagino así las reuniones del consejo de redacción: como polifónicas lecciones de anatomía. No hay duda que en ellas, no obstante, siempre ha habido una voz y un bisturí que han destacado sobre el resto. Ya he dicho que Beatriz Sarlo se ha identificado durante tres décadas con el proyecto de Punto de Vista, hasta el punto de que en los últimos tiempos la persona y la revista eran totalmente inseparables. Después de dejar la Universidad de Buenos Aires, confiesa en el editorial que es ella quien provoca ahora la desaparición de Punto de Vista, al tiempo que la victoria de Cristina Kirchner en las elecciones presidenciales ha iniciado una extraña etapa en la historia política de Argentina. Una etapa de peronismo matrimonial. Una etapa en que se ha oficializado la perspectiva de las víctimas de la dictadura militar, quienes durante casi treinta años han actuado como contrapoderes. En ese contexto, Sarlo, la ensayista argentina más leída y una de las analistas políticas más influyentes, pasados los sesenta y cinco años de edad, acomete una nueva etapa de su siempre desafiante carrera intelectual. Es posible –aunque estas líneas aparezcan precisamente en una revista, aunque yo mismo codirija una– que estemos en un mundo donde las revistas culturales son un anacronismo. De ser así, de nuevo Sarlo y sus colaboradores habrán actuado como pioneros.

A partir de ahora los números de Punto de Vista, como los de Sur o los de Vuelta, empezarán a venderse en las librerías de viejo, serán perseguidos por los coleccionistas y estudiados por los historiadores de la cultura. Los que aguardamos su aparición cada cuatro meses, los que los compramos en los quioscos de Corrientes, los que los leímos en tiempo real, nos convertiremos, así, en náufragos, en testigos –aunque seamos jóvenes, todavía. ~

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