A modo de poética

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Siempre he considerado que el papel esencial de la literatura (igual que el del arte en general) consiste en ahondar en la condición humana, en arrojar algo de luz acerca de qué significa y qué comporta para un ser humano existir, hallarse entre las cosas y bajo la capa del cielo; en explorar los diversos condicionamientos que nos dan forma. No puede haber una buena obra literaria si no hallamos al menos un resto de esa búsqueda. A menudo, al leer una novela, lo que menos me ha interesado ha sido la trama, rara vez consigo que me inquiete lo que va a suceder en los capítulos siguientes. Abomino de las historias en las que sólo pasan cosas, muchas cosas, pero todas ellas a personajes de papel, a fichas de complejos entramados narrativos, en lugar de a seres de carne y temblor y hueso. Dicho de otro modo, yo no quiero saber quién es el asesino, yo no quiero saber si arderá la astronave, yo no quiero saber qué ejército se hará con la colina. Prefiero sentir el miedo de los personajes abandonados en medio de la vida, su culpa y su deseo, su mirada sobre el mundo; saber a qué ciudad les gustaría huir, por ejemplo, o la naturaleza del temor que les retiene paralizados. No pretendo, ni mucho menos, que los grandes temas que desde siempre han preocupado al hombre aparezcan resueltos en la obra literaria, lo que sí pido es que estén en juego, que en cada página permanezcan sobre la mesa.
     En el relato, que es hasta el momento el género al que más me he dedicado, me preocupa evitar tanto que el resultado sea una novela comprimida y asfixiada, como que se asemeje a un poema en prosa. Cada historia requiere un tratamiento, una voz, y también una extensión determinadas. No entiendo tampoco que deba ser una trama concebida como puzzle o juego de salón, ni la aventura sin más de personajes que se nos deshacen entre los dedos bajo un estrépito de disparos y persecuciones, sino como nudo de búsquedas, lenguajes y destinos: debe hacer visible un pedazo de vida, sugerir mucho más de lo que muestra, como esas fotografías de Cartier-Bresson en las que, a partir de la imagen detenida de una escena cotidiana, lo que vemos realmente es una historia a veces no tan borrosa, una tristeza, una época. Cuando digo que el relato ha de mostrar la realidad, quiero referirme a una realidad plural, ampliamente entendida, con su diversidad de planos, matices y recovecos; la realidad es tanto la superficie de las cosas, inevitablemente teñida del tono de la mirada, como lo que asoma bajo ella, presencias latiendo desde lo oculto, en forma de deseo, de tiempo o identidad de repente quebrados; de recuerdo que deviene, al cabo, demiurgo de un universo.
     Últimamente me he visto obligado a hacerme una serie de preguntas que hasta la fecha, creo que sabiamente, había venido pasando por alto. Preguntas como “¿Por qué escribo?” o “¿Por qué escribo lo que escribo?”. Y más que respuestas, lo que me viene a la mente es una serie de imágenes que creo que de alguna manera tienen que ver con esto, aunque quizá no. Y me viene a la cabeza un Machado para siempre sin Leonor, con los zapatos rotos y llevando casi a cuestas a una anciana agonizante que es su madre, cruzando la frontera por los Pirineos sólo para morir juntos pocos días después bajo un sol de la infancia, y veo a mi madre leyéndonos historias de los Mares del Sur, por la noche, fragmentos de libros que durante el día escondía, nunca he sabido dónde, no fuéramos a hacer trampa y leer el final, y también me vienen a la memoria los cementerios de París y los últimos minutos de la vida de Pessoa pidiendo papel y lápiz a una enfermera para escribir “yo no sé lo que pasará mañana”. Y un paquete de Gauloises sin filtro en una mesa de mármol del madrileño café de Lyon y una lluvia sin consuelo vista a través de un cristal en el que se reflejan a su vez montones de libros desordenados.
     Y veo también a una chica del instituto que se llamaba Yolanda García Bravo, la cual apenas conseguí que me mirara porque siempre, displicentemente, leía un libro que tenía entre las manos y recuerdo haber pensado: “algún día yo seré ese libro y no querrás mirar al universo porque estarás conmigo”.
     Y escribo por todo eso. Y porque no encontré mejor manera de conocerme que alejarme de mí, inventar historias. En aquella época se estilaba bastante lo de llevar un diario en el que se supone que había que ir anotando las pequeñas tristes cosas que a uno le iban sucediendo, que en aquellos años solían ser invariablemente granos, chicas que miran hacia otro lado, torpes deseos y ridículos fracasos. Yo pensé que, puestos a escribir una vida, nada impedía que esa vida no fuera exactamente la mía, podía caer tranquilamente en la vieja tentación de ser otro porque, al fin y al cabo, lo importante de las cosas es cómo se cuentan, de la misma manera que una vida contada es siempre infinitamente superior a una vida vivida: más hermosa y, sobre todo, más llevadera. Así podría tener otros problemas con otras mujeres, distinto miedo a monstruos diferentes (quizá sea éste el motivo de que en mi libro abunden la primera persona y los escritos con forma de diario o correspondencia).
     Y no sé, supongo que en algún momento elegí convertirme en un ser seriamente enfermo que, bajo el lema “siempre en precario”, miraría vivir, rebuscaría bajo la superficie de las cosas, otros planos, otras dimensiones, algo más que la nada bajo el doblez: ir poco a poco descubriendo una historia que dormía desde antiguo enredada en su maraña. Y empecé a escribir sobre eso, sobre la soledad radical desde la que nos enfrentamos a los demás y al mundo y a nosotros mismos, y de la imposibilidad de satisfacer nuestros deseos, Apolo y Luis Cernuda, los sueños convertidos en polvorientas hojas de laurel.
     Y escribir se convertía en un refugio donde —a cambio de parte de mi tiempo y algo de mi sangre— podía, por un lado, dar al miedo, a la angustia y al desconsuelo la dimensión trivial de la ficción y, por otro, obtener licencia para mentir o para llegar a la verdad a través de mil sucias mentiras: mentir y ser valiente, mentir y la vida ser menos escasa, mentir y rebelarse contra el sinfín de humillaciones, Machado enfermo cruzando la frontera, orines sobre la tumba de Baudelaire, Yolanda G. Bravo sin levantar sus dulces ojos del libro, la policía en los pasillos de la facultad, o M. Duras bebiendo a manos llenas un tembloroso vaso de esa leche que contenía disuelta su vieja derrota.
     Y continúo escribiendo porque hay historias que quiero leer y no encuentro por la sencilla razón de que nadie las ha escrito todavía, y porque la sensación es como encontrar el libro que mi madre escondía durante el día y transformar a mi conveniencia los finales de esas historias que entonces me hacían sufrir, e inventar lenguajes y destinos y revolver las entrañas de algún desconocido que me lee al tiempo que lucha contra su insomnio en mitad de una noche distinta de la mía, que de esta manera se convierte en mi noche, la noche de mi soledad y mis palabras.
     Quizá, si me leéis, estáis sufriendo con sangrante injusticia el castigo que, en realidad, yo reservaba sólo para Yolanda García Bravo. –

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