Adolphe Quételet: el triunfo del hombre inexistente

Quételet reconoce que un solo individuo puede ser infinito, inabarcable; en cambio un conjunto de individuos, una masa, es comprensible.
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Un hombre joven que sueña convertirse en pintor deambula por las calles de Gante, en Bélgica. Deambula en un mundo donde la luz eléctrica ni siquiera ha sido imaginada. Aún habrá de transcurrir una década antes que un filósofo británico de apellido Whewell enuncie por primera vez el vocablo scientist; pasarán más de veinte años para que el motor de combustión interna se dibuje en la mente de un sacerdote italiano de nombre Barsanti.

Adolphe Quételet (1796-1874) aprendiz de artista a la fuerza –es huérfano de padre desde la infancia–, prueba suerte en la música, la escultura y la pintura, ensaya también con la literatura. Ha desarrollado una habilidad poco común para observar a la gente que se cruza en su camino y a aquellos que posan delante suyo: mira con atención los arcos que delinean las mejillas, el tamaño de las fosas nasales, las siluetas que describen las manos. Sigiloso anatomista, se detiene con inexplicable diligencia en el volumen del tórax de esas personas que traslada a un óleo o a un basalto. La necesidad o la oportunidad se le aparece como una invitación difícil de resistir: al terminar el liceo le ofrecen un trabajo como profesor de matemática. Sin desearlo, sin que él hubiera podido anticiparlo, ese viraje en sus ocupaciones hará de Quételet un hombre de una influencia mayúscula en su época, y un personaje de trascendencia determinante para los que vendremos después.

Casi al mismo tiempo en que Adolphe Quételet se estrena como profesor, en su natal Gante se inaugura la Universidad y él se matricula de inmediato. A los 23 años de edad, gracias a una tesis de geometría analítica, obtiene un doctorado en matemática. Se especializa en el estudio de las curvas cónicas y comienza a interesarse, lenta pero irrefrenablemente, en el análisis matemático del movimiento de los astros. Con la misma perseverancia con la que anteriormente observaba la anatomía de sus modelos, ahora revisa cada sección de circunferencias, elipses, parábolas, hipérbolas. Hacia 1823, Quételet consigue ser comisionado para viajar a París a explorar cómo podría establecerse un observatorio astronómico en Bélgica. Allá ese relaciona con los mejores físicos y matemáticos: Arago, Fourier, Poisson, y queda especialmente deslumbrado por Pierre-Simon Laplace, quien ha sabido desarrollar una original técnica para corregir los errores de medición en la astronomía mediante el cálculo de probabilidades. Su metodología fue enriquecida por el alemán Carl Friedrich Gauss hasta originar una herramienta que permitirá comprender fenómenos naturales a partir del estudio de solamente una muestra representativa de datos, explicando las correlaciones y dependencias de aquellos fenómenos. Este método estadístico será fundamental para entender el movimiento de los planetas —esos cuerpos errantes, por definición—, pero el astrónomo Quételet, aficionado a la meteorología, vislumbra un escenario inédito: si a partir de reconocer regularidades y anormalidades es posible usar la estadística para interpretar el comportamiento del universo, lo mismo debería ocurrir con las personas. 

Devoto de los números, ofuscado por las aplicaciones astronómicas de la matemática que ha conocido en París, Adolphe Quételet regresa a su patria, funda el Observatorio Astronómico de Bruselas en 1828 y es nombrado su director. Pero sus desvelos son otros: durante varios años se ocupa de trasladar la estadística de Laplace y Gauss al estudio de la humanidad. Desde la astronomía importa no solamente algunas formas de trabajo sino también cierto vocabulario: habla de estadística social, mecánica social o física social. Con desenfreno colecciona innumerables registros de la talla y el peso de diversos individuos; sutil anatomista, se convence de que las características físicas de las personas están relacionadas con elementos intelectuales y morales, porque encuentra regularidades en la incidencia de crímenes o nacimientos ocurridos en una población, cifras constantes en la cantidad de internados en los manicomios y los asilos. Con atrevimiento, Quételet descubre una manera de asociar ciertos comportamientos sociales(suicidios o la duración de los matrimonios) con algunos aspectos demográficos (longevidad, tasa de fallecimientos) y las aptitudes y condiciones antropométricas (altura, peso, complexión). Declara: “la altura media del hombre es un elemento que nada tiene de accidental. Es el producto de causas fijas que le asignan un tamaño determinado. No debemos considerar la altura de los hombres como la altura de los edificios de una ciudad que varía según el gusto de la época y el capricho de aquellos que las construyeron”.

Publica varios libros, y uno de ellos destaca por su novedad: Sobre el hombre y el desarrollo de las facultades humanas o Ensayo de física social (1835). Allí presenta una idea agitadora: la convicción de que es posible hablar de un ser ficticio que sirva como parámetro para definir los valores que se consideren deseables en una sociedad en particular; “un individuo que resumiera en sí mismo, en una época dada, todas las cualidades del hombre promedio”. Ese “hombre promedio”, por lo tanto, “representaría a la vez todo lo que hay de grande, de bueno y de bello”. Con esta abstracción Quételet reconoce que un solo individuo puede ser infinito, inabarcable; en cambio un conjunto de individuos, una masa, es comprensible: “Reuniendo los individuos de una misma edad y de un mismo sexo y presentando la media de sus constantes particulares, se obtienen las constantes que atribuyo a ese ser ficticio que denomino ‘el hombre promedio’ de un determinado pueblo”. Esa certidumbre, a partir de entonces, se volverá una tendencia; el comportamiento o la condición más frecuente de una población se interpretará como el ideal; aquello que se aleje de esa frecuencia será una anomalía.

A casi dos siglos de distancia de que un aspirante a pintor devenido en astrónomo y matemático social hubiera parido a su sujeto ideal, su creación se mantiene invicta: desde el diseño de los objetos que nos rodean hasta el diseño de las políticas públicas, el “hombre promedio” de Quételet está presente, a pesar de que sea prácticamente imposible encontrarlo en la calle: nos dicen que nuestro contemporáneo mexicano promedio es un hombre de 1.64 metros de altura y 74.8 kilos de peso[1] que si estudió una licenciatura tiene salario mensual de 13,444 pesos,[2] que a los 29.4 años de edad se casará, que lee 2.9 libros anualmente[3] y vivirá exactamente 75.1 años.

Adolphe Quételet, entusiasta aficionado a la literatura, influyó notoriamente al Robert Musil autor de una obra capital del siglo XX: El hombre sin atributos (1940), precisamente el hombre sin singularidades específicas, llamado solamente Ulrich —de profesión matemático— en cuyo hogar “Si alguna vez la claridad, la ciencia, la belleza abrían sus ventanas, era permitido gozar, entre muros de libros, la exquisita paz de la mansión de un letrado», que empeñado en «investigar lo imposible” se apoltrona detrás de una ventana a mirar las calles y sus habitantes; cronometra la rapidez de los tranvías, los carruajes y los peatones, mide los ángulos de los trayectos, “las fuerzas magnéticas de las masas fugitivas que atraen hacia sí al ojo fulminantemente, lo sujetan, lo sueltan”. El matemático Ulrich como la voz definitoria de nuestro presente, quien —igual que Quételet— deduce que “cabría definir el sentido de la posibilidad como la facultad de pensar en todo aquello que podría igualmente ser, y de no conceder a lo que es más importancia que a lo que no es”.

 


[1]¿Cuánto mide México? El tamaño sí importa, estudio realizado en 2012 por la Cámara Nacional de la Industria del Vestido.

[2]Datos de la Asociación Mexicana de Empresas de Capital Humano, publicados en Reporte Índigo (abril, 20134.

[3]Primer informe de la Encuesta Nacional de Lectura 2012, Cámara Nacional de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana. 

 

 

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