Ah, la cienciología

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1.
     A ella y a mí nos separa una puerta cerrada. Ella, detrás de un escritorio, come sopa de letras en un tupper ware y contesta escandalosamente el teléfono. Yo, sola, a oscuras, en el cuarto de al lado, veo en silencio un video. Frente a mí, en la pantalla, es de noche y un hombre y su auto se estampan contra un árbol. El hombre sangra, intenta abrir la puerta y, un instante antes de hacerlo, queda inconsciente. Una ambulancia, que surge por generación espontánea, lo traslada a un hospital. Del otro lado de la puerta, la mujer grita tan fuerte, “Jaqueline, te habla tu prima Mayra”, que por un momento parece que el accidentado contestará, alarmado, el teléfono. Pero el accidentado no se levanta. La ambulancia sigue su curso y uno de los paramédicos, dentro de ella, pregunta al otro cómo va con su novia. Éste responde que han terminado, que ella comenzaba a presionarlo, que la vida es corta para comprometerse de manera irreversible. Un narrador nos asegura que el accidentado, inconsciente todavía, registra estas frases. Las de los paramédicos, no las de la mujer que ahora, en el otro cuarto, vuelve a gritar: “Dile a tu prima que se traiga el pollo rostizado que dejé en el refri.” Vuelvo a concentrarme en la pantalla. El accidentado se ha repuesto, tiene novia, viaja con ella en un coche. Ella le propone presentarle a sus padres y él, en un arrebato, dice lo que el paramédico: se siente presionado, la vida es muy corta. Terminan. Pasa un instante. El narrador lo aclara todo: el hombre guarda información en una parte reactiva del cerebro, información que desconoce y no es capaz de controlar. Debe ir a una suerte de terapia y el accidentado asiste a ella. Allí narra una y otra vez a un hombre el episodio del accidente hasta que descubre las frases de los paramédicos que ha repetido con calidad xerox, ocasionando disturbios en su vida. Reconstruye una y otra vez la historia, cada vez con más detalles, hasta que, de pronto, ríe liberado.
     Cuando salgo de la sala de proyección de la iglesia de la cienciología, la mujer guarda apuradamente su comida en un cajón. Cuesta trabajo adherirse a una religión cuando hay un pollo rostizado de por medio.
     2.
     La cienciología es la religión de moda. No lo digo yo, lo dice Tom Cruise, y él sabe de modas. Es la única religión tendida entre el paraíso y la alfombra roja, alumbrada no por la luz divina sino por los reflectores. Basada en los textos de L. Ron Hubbard (1911-1986) —autor, entre otras obras, de algunos libros de ficción—, la cienciología se sostiene en una tesis: la mente almacena información de manera inconsciente y después, en cualquier momento, esa información nos rige en situaciones de pánico o dolor. Por medio de la auditación —sesiones en las que alguien, un auditor, escucha la repetición de la narración de sucesos—, la cienciología promete controlar esos monstruos indomables.
     La primera iglesia de la cienciología se fundó en Los Ángeles en 1954. Origen es destino: fundada allí, en la Meca del cine, esta religión ha estado ligada desde siempre al espectáculo estadounidense. Hollywood es, desde su nacimiento, un templo laico; sus estrellas, figuras sacras, y el público, feligreses. La cienciología ha sabido aprovecharse.
     Algunas de sus iglesias son tan espectaculares como las películas que se producen en la misma cuadra. Tom Cruise, John Travolta, Chick Corea, Lisa Marie Presley y Beck son algunos de los miembros que la han promovido. Tom Cruise ha escalado hasta uno de los niveles más altos de la religión, llevando estantes de libros a las filmaciones, acusando a los periodistas de desconocer la psiquiatría, sentenciando la ignorancia de Brooke Shields por el uso de antidepresivos y hablando de su fe a la menor provocación.
     Hollywood sabe hacerlo.

3.
     Detrás del glamour, un libro fundacional: Dianética (1950). Un extenso postulado a favor del bien. Una cruzada contra los demonios internos. La promesa de ganar la guerra contra uno mismo. No es posible criticar los postulados del libro, pues, poniendo a un lado mi última relación, no puedo pensar en otra más tensa que la del mito fundacional y la razón. Las pretensiones religiosas han sido interrogadas hasta el cansancio por la crítica de la razón. La cienciología no ha estado exenta: en numerosas ocasiones ha sido arrojada a las brasas de la crítica. Dejemos, por ello, a un lado el contenido del libro, entendamos su impacto. Una religión moderna, con apenas medio siglo de vida y que cuenta ya con más de 5,100 iglesias y con feligreses que uno reconoce en voz alta en el cine, supone la evangelización más efectiva. Sus iglesias se multiplican, todos los días cientos de personas son expuestas a los videos introductorios.
     Digamos que Hubbard no tiene la culpa de las declaraciones déspotas de Tom Cruise. Goethe y su Werther tampoco pueden ser acusados por los familiares de los adolescentes suicidas. La lectura radiofónica de Orson Welles de La guerra de los mundos y el pánico de los escuchas no incriminan a H.G. Wells. Yoko Ono jamás podrá sentenciar a Salinger por el asesinato de John Lennon, ni las decenas de desmayados podrán reclamar a su doctor los efectos de las lecturas de Chuck Palahniuk. Y ahora mismo acepto que Joyce no tiene la culpa de que yo haya creído que sostenía al revés Finnegans Wake, así como Bradbury no es responsable de que mi madre, fanatizada con la lectura de Fahrenheit 451, haya tirado al fuego las revistas pornográficas de mi hermano.
     4.
     Pensar en una religión que tiene apenas cincuenta años, creada por un autor de libros de ficción, abre una posibilidad: fundar una religión en una novela. Pienso en El proceso, en una religión desprendida de sus páginas. No prometería la felicidad, como sí lo hace la cienciología, pero quién aspira a una felicidad a la Tom Cruise, carente de demonios personales, cinematográfica, tan sosa como Top Gun.
     El bien es tan seductor como una mujer comiendo sopa de letras detrás de un escritorio. –