Buceando en las venas ocultas de la ciudad

Julio César Cú Cámara, un buzo de aguas negras.
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Cuando digo que Julio César Cú Cámara parece un pez podría creerse que se debe a su habilidad para moverse en las aguas dulces o saladas, y también por esa capa que cubre a los animales acuáticos (en proceso de tornarse lama), y que al intentar atraparlos, hace que se escurran —resbalen sea quizá la palabra—, escapándose de nuestros dedos.

Julio César, si bien un pez escurridizo y hábil, es ciego en el agua; sus demás sentidos lo sostienen. Cierto es que él ve perfectamente, pero en las aguas del drenaje capitalino, entre natas y una profundidad que va de los 8 a los 20 metros — la altura de un edificio de unos cuatro a ocho pisos—, la densidad del agua cambia, todo es descomposición y además de ese olor a nausea, que envuelve todo, puede encontrarse lo que uno jamás se imaginó que existiera. Lo de menos son los excrementos.

“Eso quisiera yo saber”, dice Cú Cámara, cuando le pregunto cómo llega al drenaje profundo el cascajo, cuerpos o partes humanas, animales, troncos, muebles, aparatos eléctricos…, hasta el cascarón de Volkswagen que sacaron un día. Después me explica, que es la basura que se tira en la ciudad: desagüe industrial, de casa, así como todo aquello que avientan a los canales.

Aprendió a observar con las manos desde hace 31 años. Al principio se confundía con las dimensiones de algún objeto que estorbaba el paso del agua por alguna compuerta, en otras fallaba en diferenciar un tronco de un tubo. “Esto se trata de paciencia —dice él—, calma, concentración, mucho trabajo y tacto”. Sensibilidad que traspase los guantes y reúna todos los sentidos.

Él es como un pez, definitivamente, porque es muy difícil de localizar en tierra firme, más en época de lluvias, cuando las emergencias se presentan una tras otra. La basura y nuestra terrible educación nos hacen rehenes en esta ciudad de México.

Ahora, basta decir que sin el trabajo manual de este hombre de 54 años, alto, corpulento y con piel de bronce, zonas enteras de la ciudad habrían de inundarse con las consecuentes tragedias sociales, enfermedades y muertes. Lo que él es capaz de restaurar o corregir con sus manos al sumergirse unas horas, sin él, tardaría días enteros. Ha aprendido a reparar bombas, averías, tapar fisuras —chicas o grandes. Cuando el líquido negro va subiendo de nivel a gran velocidad, el buzo quita lo que obstruye las compuertas para que el agua de desecho fluya.

Por interés personal, casi por necesidad, Julio César comenzó a nadar a los ocho años y a los 15 buceó por vez primera, más adelante quiso ser buzo industrial, pero en 1980 el ingeniero Martin Fischer de la entonces Dirección General de Construcción y Operación Hidráulica del Departamento del Distrito Federal (ahora Sistema de Aguas de la Ciudad de México) fundó el equipo de buzos de aguas negras. Julio César ni siquiera sabía que esa labor existía, pero acabó uniéndose al equipo tres años después de su fundación.  Desde entonces, y con solo 23 años, comenzó a trabajar como buzo de aguas negras para sumergirse por las bocas de cada una de las 86 plantas de bombeo de la ciudad, que conectan los 160 kilómetros de ductos que conducen el agua residual. Se calcula que de las 17 mil toneladas de desperdicios que genera diariamente el Distrito Federal, el 30% aparece en las aguas negras que además, escupe a una velocidad de millón y medio de litros por minuto.

Aunque ahora Julio César es el único miembro del equipo de buzos (llegaron a ser seis integrantes, pero por jubilación, muerte y renuncias, únicamente quedó uno: él) no trabaja solo. Para hacer una inmersión en aguas negras se apoya en unas 15 o 20 personas, además de dos asistentes que lo acompañan en todo momento y otros dos trabajadores, a los que capacita en el oficio. Para entrar al drenaje, se requieren grúas, choferes, ingenieros y técnicos. Es labor de equipo.

Cú viste un traje de neopreno térmico, de buzo, debajo de otro traje plástico fabricado por noruegos, con un costo de 400 mil pesos (unos 30 mil dólares), que impide que bacterias, agua contaminada y desperdicios entren en contacto con su piel. Se coloca una escafandra en la cabeza -un casco de acero con aleaciones de bronce-, de unos ocho kilogramos; un cinturón con cuatro pesas de plomo, de diez libras cada una; el tanque de oxígeno… Cinco personas revisan su vestimenta, que pesa completa casi 70 kilos. Se mide la profundidad, presión y se mantiene la comunicación a partir de una consola y un transmisor, con cable y mangueras, denominados ‘línea de vida’, que permanecen unidos a la superficie. A alguna de las plantas de bombeo el buzo es bajado con la pluma de una grúa en una jaula protectora.

Dicen los conocedores, que para soportar la fetidez del drenaje se recomienda fumar un cigarrillo y hasta un traguito de alcohol, pero Julio César fuma por vicio, aunque confiesa que un poco también, para tranquilizarse antes de incursionar en las cloacas citadinas.

Él canta cuando está abajo, porque le ayuda a enfocarse y fuma cuando está arriba. Es el buzo que fuma y canta. El buzo, el único para la ciudad y quizá para la República Mexicana —ya que lo han solicitado en otras entidades para resolver emergencias. Sabe que su labor, aunque mal pagada (7 mil pesos quincenales vs los 900 pesos diarios que habría podido ganar como buzo industrial) es fundamental. Lo importante para él es sentirse útil.

Esta labor a ciegas, podría convertirse en un verdadero deporte extremo o una de las promociones que podrían hacerse en el Arrecife, de Juan Villoro. Sin embargo, pocos se atreven, por eso solo hay uno: Julio César Cú Cámara.

 

 

 


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