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Es difícil imaginarse una sospecha más abominable pendiendo sobre un político que la de considerarlo encubridor de una banda de pederastras. El político, idealmente definido, está allí para cuidar el orden y mantener la virtud en la ciudad. La sospecha en torno a Mario Marín, sospecha sustentada por la publicidad de una conversación telefónica tabernaria entre él mismo, gobernador de Puebla, y un depravado, habría provocado que el sospechoso renunciase a su cargo público al menos mientras estuviese ocupado en demostrar su inocencia. Es deprimente que la mayoría de los magistrados de la Suprema Corte de Justicia hayan exonerado a Marín, premiando al impune en el país de los impunes. Tampoco será fácil olvidar a aquellos priistas que, habiendo mendigado durante años el voto y la amistad de los progres haciéndose pasar por liberales, han protegido a Marín, su camarada y su cómplice, con su silencio y con sus triquiñuelas. El asunto entero es asqueroso. Me recuerda al público de aquellas películas mexicanas de cabareteras que, en los años setenta, aplaudía a rabiar cuando el zafio galán golpeaba una mujer.

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