Autoentrevista

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Buenas noches, amigo José de la Colina.

— Lo mismo digo, enemigo José de la Colina. ¿A qué debo el dudoso honor de tu visita?

— A que nuestro mutuo amigo Nacho Trejo me ha encargado que lo entreviste a usted.

— Pues fíjate que no me agrada el género de la entrevista.

— ¿Por qué?

—Porque comparto aquello que alguien alguna vez dijo: “La entrevista es un artículo que yo hago y que tú cobras”.

— Pero espero que consienta usted en esta entrevista, puesto que se hará entre hermanos y tocayos.

— Tú eres mi tocayo, pero no mi hermano. Para mí, eres un perfecto desconocido, o siquiera un imperfecto desconocido. Vaya, eres un inquietante invasor de mi exigua intimidad (de la cual a veces soy un evasor) y sin duda eres además the Person from Porlock.1

— Pero me mitiga el hecho de que soy un admirador suyo, un verdadero fan de usted.

— Ah, muy bien, se ve que tienes buen gusto y un atinadísimo criterio literario. Así pues, dispara, forastero.

LAS LIBERTADES IMAGINARIAS

— Comienzo con una pregunta de cajón: ¿Qué es para usted escribir?

— Es ejercer las libertades imaginarias.

— ¿Por qué imaginarias? ¿No es usted un hombre libre?

— Nadie es un ser libre. No soy ni he sido marxista pero no puedo olvidar que en una de las paginas de Marx, de esas que los marxistas pasaban por alto para seguir profesando su religión, o sea el marxismo, se dice algo así como que el hombre está preso en el Reino de la Necesidad, y que lucha por acceder al Reino de la Libertad. Estoy en eso de acuerdo con el viejo topo Karl. Setenta y un años de experiencia personal como ser vivo2 me han convencido de que todos vivimos en el pesadillesco Reino de la Necesidad: habitamos un cuerpo y un espacio limitados, estamos obligados a comer y descomer, a trabajar para ganarnos la vida, y debemos acatar las reglas sociales y nos hallamos sometidos al terrorista sistema fiscal como parte de la atribulada tribu tributaria3. ¿Qué libertades me quedan, entonces? Me quedan las libertades imaginarias, que a mi juicio son las únicas que existen. Así que cuando escribo, aun cuando sean cosas de encargo, cosas para ganarme la vida, como por ejemplo mis textos para el periódico4, soy habitante del Reino de la Libertad, vivo en el tiempo y el espacio de la imaginación, y ejerzo mis derechos ciudadanos, mis plenos poderes: o sea que estoy en mi ciudad mental, en Freedonia.

— ¿Fregonia?

— ¡Freedonia!, como si dijéramos Libertonia. En principio, Freedonia es un país inventado por otro Marx (un Marx triple: los Brothers) en ese film tan cómico como poético, filosófico, político: Duck Soup. Pero yo tengo mi propia Freedonia, y cada noche la habito: leyendo, escuchando música, escribiendo… Ah, por cierto que esas tres acciones pueden ser una sola. Porque puedes oír música y escribir al mismo tiempo, y la escritura es lectura en un modo más físico. Uno es el primero e inmediato lector de uno mismo y, por cierto, el primer personaje que uno mismo inventa.

LA INEXPLICABLE VOCACIÓN

— ¿Por qué se hizo usted escritor?

— En realidad no soy un escritor hecho. A mis setenta y un años, con sólo una decena de libros publicados pero con unas cinco mil cuartillas escritas, sigo sintiéndome un escritor que está haciéndose.

— ¿Cinco mil cuartillas? ¿De veras ha escrito usted tanto?

— Sí, calculando por lo bajo, porque, como incurro en la peculiaridad de ser autodidacta, sólo veteado por seis años de enseñanza primaria en el Colegio Madrid, no tengo otro oficio, ni beneficio, que el de periodista cultural. Desde los quince años y en publicaciones periódicas de todo tipo he escrito cuentos, ensayos, crónicas, reseñas de libros, solapas de libros, artículos sobre cine, guiones radiofónicos, algunos argumentos cinematográficos, algunas páginas autobiograficas, algunos esporádicos Diarios, una biografía de mi gata Polvorilla, etc. Soy uno de los escritores más cuantiosos de mi generación, sólo que me vampirizó el periodismo. Hemingway decía que ejercer el periodismo es bueno para un escritor, siempre que acierte a dejarlo a tiempo. Y yo todavía estoy metido en él hasta el cuello.

—Cambiaré la pregunta, ya que no puedo cambiar de entrevistado. ¿Cuándo sintió usted la vocación de escritor?

—-Sospecho que una vocación es más bien una especie de deriva y que no se debe a una decisión: habría un primer hecho que nos ocurre a una edad temprana y casi por azar, y ese hecho derivaría hacia otros, y así iríamos convirtiéndonos en algo que no habíamos decidido ser, pero a lo que luego tendemos a ser, y… terminamos queriéndolo ser. Aunque quizá no sea la vocación verdadera, la que implícitamente estaba en uno.

— ¿Cuál hubiera sido su vocación verdadera?

— Quiero creer que sería la de músico. Porque, aunque no sé nada de técnica musical y apenas podría identificar el do en un teclado, siento la música, la necesito cotidianamente, no puedo vivir sin escuchar cada día algo de Mozart o de Schubert o de Debussy o de Mompou o de Miles Davis o de Pérez Prado o de cualquier cosa cantada en la voz sublime de Kiri Te Kanawa, etc. Comparto la famosa opinión de que la música es el arte al que aspiran todas las demás artes, y además, como cualquier citoyen moyen sensuel, me sorprendo cantando bajo la ducha “Cantando bajo la lluvia”.

PEQUEÑO DISCURSO DEL MÉTODO

— ¿Cómo escribe usted?

— Yo creo que escribo lo mejor que sé y que puedo, pero acaso no sea yo quien ha de decirlo. Esa pregunta deberías más bien hacérsela a los críticos literarios.

— No me refiero a la manera de escribir en términos de técnica literaria, de forma o estilo. Quiero decir: ¿cómo escribe usted física y cotidianamente? ¿Podría describirme su día de escritor?

— Mi día de escritor suele ser mi noche de escritor. La noche es el tiempo ideal para escribir: casi se reducen a cero los desagradables ruidos cotidianos (esos, por ejemplo de la aborrecible mañana citadina), y no habrá timbrazo en la puerta, ni sonará el teléfono, ni habrá visitas, ni vendrá the Person from Porlock5. En fin, en caso de que seas visitado en la noche, será por alguno de tus fantasmas: los del recuerdo, los del deseo, los de la imaginación, y hasta por ese pájaro no del todo bienvenido: el crítico que tiende a posarse en el hombro del escritor, etc. Pero aunque larga fuese la noche, aunque sea un largo viaje de la noche hacia el día, ella también, como éste, tiene un momento terminal. En cierto momento, cuando comienza esa ingrata luz de filo de cuchillo, la del alba, oyes que concluye el silencio nocturno, un silencio generalmente grato, que no es enteramente un silencio, sino un tejido de lejanos ruidos y leves susurros, y entonces comienza el ruido de las calles y del edificio en que vives, y pasan runflando, petardeando, tronando los autobuses y los camiones, y llega el grito del lechero o del recogedor de la basura orgánica e inorgánica y puede ser que toque a la puerta el tipo que te trae la amenaza del gang del Fisco Kid, y ya se te cortó la mayonesa y se te desinfló el pastel, ya no hay nada que hacer, ya sabes y sientes que el implacable Reino de la Necesidad, el infierno de la grosera realidad de cada día, entra pisando fuerte en el nocturno santuario, en la irrisoria torre de marfil o de mandril donde habías logrado fugaz hospedaje. Es el tiempo en que la hermosamente silenciosa utopía nocturna concluye y deja el terreno a la ciudad de la realidad, la ciudad concreta, que ya se reconstruye como lo hace cada día, se rehace en monstruo multitudinario y laboral, en el Gran Ruido hecho de mil ruines y rudos ruidos y del ubicuo rock, que también es nada más y nada menos que ruido: un caos aullador, un gigantesco horror lovecraftiano, algo así como el idiota dios-monstruo Nyarlotep o Caos Reptante: el horrorrock.

— ¿Escribe usted con pluma, con máquina de escribir, con computadora?

— Con pluma sólo escribo anotaciones eventuales, algunas cartas impublicables y las dedicatorias en mis libros (los cuales sólo dedico cuando se descuida el futuro lector). Con máquina de escribir sólo escribí hasta mediados de los años ochenta. Y a partir de entonces empecé a escribir en computadora6. Pero siempre he escrito durante el acto mismo de escribir, y repentizando sobre un tema que puede estar llamando a la puerta desde hace algún tiempo o que puede ir apareciendo mientras escribo. Es decir: muy frecuentemente compongo el cuento o el ensayo y aun el artículo para el periódico, no desde días u horas antes de sentarme ante el teclado, sino durante la acción de escribir.

— O sea que escribe usted irracionalmente, hace usted una especie de escritura automática.

—Bueno, sí, hago a veces escritura automática, pero no frecuentemente, sólo a veces y como ejercicio de calentamiento, o bien cuando me descuido y empiezo a navegar por otros mares de locura. Quiero decir que cuando escribo en serio, “normalmente”, me abandono un poco al desarrollo mismo de la escritura, la dejo ir hallando su asunto, su tema, pero siempre controlando yo el trayecto. Hablando a partir de una metáfora deportiva, escribo deslizándome sobre la escritura como haciendo surf: voy sobre el movimiento de la ola, dejándola un poco hacer su voluntad, pero voy de pie en la tabla y guardando el equilibrio. Y, desde luego, escribiendo así no encuentra uno nada que no esté en realidad dentro de uno mismo, que no esté desde antes o desde ese momento buscando voz, es decir escritura.

— ¿Teclea usted con todos los dedos, escribe rápida o lentamente?

— Tecleo con los índices de cada mano; es mi Sinfonía en Do, en Dos Dedos. Pero con la mayor frecuencia tecleo muy rápidamente, y creo que es entonces cuando mejor escribo.

— ¿Recuerda usted la primera frase que logró en su vida?

— No la recuerdo, pero sé que tuvo que ser una frase aproximada a la que ahora te diré. Cuando tenía dos años allá en Santander, España, y alguna vez jugueteaba en el suelo de la imprenta en que trabajaba don Jenaro de la Colina, mi padre, que era cajista (no cajero), él me prestaba las grandes mayúsculas de metal y de madera y un componedor, y entonces debí componer una frase tan compleja y misteriosa como ésta: MKLASOI ERTTDFG Ç+`CLOEAWDHC NOOP JHGF. He tratado, desde luego, de imitarla simplemente pasando los dedos por el teclado de la laptop, y es decepcionante que no me haya salido ninguna palabra, pero quizá si hubiera persistido, alguna saldría. Aunque ya sabes que alguien ha dicho que sólo si cien millones de monos teclearan a tontas y a locas durante cien millones de años, o una cantidad así, terminarían acaso reescribiendo la Divina Comedia.

OTRA VEZ EL ¿POR QUÉ?

— Y ahora otra vez la pregunta digamos ontológica: ¿Por qué escribe usted?

— Primero, porque me gusta escribir. Segundo porque escribiendo me gano la vida. Y escribir me gusta aunque deba hacerlo de encargo, aun cuando se trate de un trabajo “alimenticio”, como llamaba don Luis Buñuel a los films que hacía “de encargo”. Pero conste: esos encargos nunca deben ir contra mi modo de sentir y de pensar. Si así fuese, no los aceptaría. No soy “negro” de nadie, salvo de mí mismo.

— ¿Ha sufrido usted la Angustia del Escritor Ante la Página en Blanco?

— Yo no comprendo a esos escritores que hablan de la angustia ante la página (o la pantalla) vacía, y que si llegan a poder llenarla será con el incipit del millonésimo e insoportable cuento de asunto muy en boga hace veinte años, el relato del escritor huérfano de inspiración, que solía ir en este tenor: “Equis se levantó, no desayunó porque la boca le sabía a moneda de cobre tras la juerga de la noche, y no se bañó, no se afeitó, y, tras mirar por la ventana el paisaje gris de los edificios de enfrente, de la colmena humana, encendió el primero de los mil cigarrillos del día, se puso a mirar desolado hacia la máquina de escribir, la terrible Underwood, en cuyo rodillo resplandecía, hambrienta, cruel, implacable, inculpadora, la cuartilla en blanco, y…”. A mí la cuartilla o la pantalla en blanco me desafía, pero no me asusta, y más bien me enamora.

—Pero sí le habrá ocurrido alguna vez el famoso Bloqueo del Escritor.

—Sí, alguna vez, pero creo que ha sido cuando descubría que no me sentía a gusto con lo que estaba tecleando, que la escritura se estaba equivocando de asunto o de tema o de tono o de rumbo. Por lo general, escribiendo me siento tan a gusto como si estuviera haciendo el amor, o escuchando a Mozart o a Schubert o a Debussy o a Miles Davis o a Kiri Te Kanagua, o paseando por la ciudad, aunque sea esta Esmógico City, la impaseable. Además no puedo permitir que me ocurra el bloqueo del escritor, porque vivo de escribir. Semana en que no aparezca publicado un texto mío, semana en que me temblarán las carnes.

—Me parece usted un fatal grafógrafo (perdón, Salvador Elizondo), un prosificador maniático y narcisista, que se engolosina escribiendo en frecuentes oraciones largas, con muchos incisos que se despliegan por una página entera y hasta por varias páginas sin concederle al lector más punto que el terminal del texto. Eso se advierte en algunos momentos de sus cuentos o en algún cuento entero: “Los viejos”, “La noche de Juan”, “La última música del Titanic”, “El cisne de Umbría”, etc.

— Me aburre escribir en oraciones cortas. No tengo nada contra las oraciones cortas si las leo en Azorín, en Borges, en Paz, etc. Me parece muy bien que cada uno tenga su modo de respiración en la escritura. Yo hablo de mi propia escritura; e insisto: aun los trabajos de encargo los escribo à mon seul plaisir, y creo que el párrafo largo, la oración continua me da más sensación de fluencia, de seguimiento del tiempo, que la prosa de mucho punto-y-aparte y mucho punto-y-seguido. La escritura larga me permite, creo, cierta musicalidad de la prosa, quizá dar impresiones de perspectiva y volumen y diferentes ritmos y tiempos. Es como un placer sensual proseizar así, es como si la escritura adquiriera la materialidad de una tela que estás tejiendo o una arcilla que estás modelando, y eso lo sientes físicamente. Siempre he creído que los artistas plásticos, y aun los meros artesanos, nos llevan ventaja a los escritores porque trabajan con materias tangibles. Y al trabajar así con la prosa yo siento como si tejiera una tela o le diera forma a un vaso de barro o de cristal. Y, last but not least, siento que escribo musicalmente, pero procurando no hacer prosa rimada y métrica, que es una cosa abominable, propia de literatti subdesarrollados, mal rasurados y peinados con gomina. Este dizque método mío puede parecerte demasiado simple, una especie de artesanía presuntuosa, pero a mí me funciona como una incitación y hasta una provocación que surge de la escritura misma. Y, por supuesto, no soy ni el único ni el primero en escribir de este modo. La escritura de fraseo largo ya está en el memorioso duque de Saint-Simon, en Cervantes, y luego en Proust, en Faulkner, en Joyce, en Blaise Cendrars, en Corpus Barga…

— ¿Quiénes han sido sus maestros en literatura?

— Maestros ya fantasmas, ya sólo existentes en libros. Además de los que acabo de evocar están Azorín, Baudelaire, Borges, Chesterton, Conrad, Gómez de la Serna, Granada (Fray Luis de), Jiménez (Juan Ramón), Maupassant, Nerval, Paz, Pérez Galdós, Quevedo, Renard, Saroyan, Schwob, Stendhal, Stevenson, Valle-Inclán, y…

LA PÁGINA INMARCESIBLE

— ¿Antes dijo usted Fray Luis de Granada?… Es raro que un escritor de hoy lo mencione.

— Es el autor de mi favorita página de prosa española. Esa página inmarcesible está en la prodigiosa primera parte de su Introducción al Símbolo de la Fe (título que asusta, ¿verdad?). Allí habla del mundo, con todas sus criaturas, con el mar y las tierras, y, en fin, de la Naturaleza entera, como de un inmenso y delicado Libro de Dios. ¿Quieres oír la página que digo? ¿Te la leo?

— Viene.

— Trata de la isla de Santa Elena, la misma donde recluyeron luego a Napoleón, y dice así:

“En la navegación que hay de Portugal a la India Oriental (que son cinco mil leguas de agua) está en medio del gran mar Océano, donde no se halla suelo, una isleta despoblada que se llama Santa Elena, abastecida de dulces aguas, de pescados, de caza y de frutas que la misma tierra sin labor alguna produce: donde los navegantes descansan, y pescan, y cazan, y se proveen de agua; de suerte que ella es como una venta que la divina providencia diputó para solo este efecto, porque para ninguno otro sirve. Y el que allí la puso, no la habría de crear de balde. Y lo que más nos maravilla es cómo se levanta aquel pezón de tierra sobre que está fundada la isla, desde el abismo profundísimo del agua hasta la cumbre della, sin que tantos mares lo hayan consumido y gastado. Y demás desto, ¿cómo no siendo esta isleta para con la mar más que una cáscara de nuez, persevera entre tantas ondas y tormentas entera sin consumirse ni gastarse nada de ella? ¿Pues quién no adorará aquí la omnipotencia y providencia del Creador, que así puede fundar y asegurar lo que quiere? Este es pues el freno que él puso a este grande cuerpo de la mar para que no cubra la tierra: y cuando corre impetuosamente contra el arena, teme llegar a los términos señalados, y viendo allí escripta la ley que le fue puesta, da la vuelta a manera de caballo furioso y rebelde, que con la fuerza del freno pára, y vuelve hacia atrás, aunque no quiera.”

— Bravo, qué bello.

— Sí, es una página aún viva, un poema en prosa avant la lettre, y parece escrito ayer mismo. Fíjate en la melodía y en el ritmo prosísticos, fíjate en esa greguería: la isla como un pezón de tierra; y fíjate en el comienzo en lenta suavidad y luego el final enérgico, casi violento. Y hay un admirable movimiento imaginativo: tenemos la isla como una gran bodega de los alimentos terrestres y luego como una teta, y tenemos al mar como una dulce bestia que lame a la isla y después como un caballo que se encabrita. Yo quisiera lograr una escritura así.

— Para concluir, ¿no ha practicado usted la poesía?

— Me da una insolación de rubor decirlo, pero he cometido algunos sonetos, sonetorpes, sonetorvos. ¿Quieres una muestra, para que cerremos de una vez este azaroso monodiálogo?

— Viene.

— Es mi Soneto a la Gripe, y va así:

La gripe me sumerge en su pantano

donde acechan febriles cocodrilos;

la gripe me aprisiona con sus hilos,

me corta sin cuchillo por lo sano.

Soldado de la gripe veterano,

paseo por dolientes peristilos,

absorto, contemplando los tranquilos,

nubarrones de un cielo tan urbano.

La gripe, profesión de fe nefanda

(salió el verso, con efes, muy gangoso),

el espíritu chupa hasta las heces.

El aliento apresado en la bufanda,

los ojos en estado lacrimoso

…y la mano escribiendo estupideces.

(3 de abril de 2005)

* En: Ignacio Trejo Fuentes, Ixchel Cordero Chavarría, Autoentrevistas de escritores mexicanos. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2008.

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1 Acerca de esta persona se hablará más adelante en esta misma entrevista.

2 O como Inmortal del Momento, pues cualquiera es inmortal mientras no se muera.

3 ¡Y vaya que soy tributario del Fisco, de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, de esa delincuencia organizada, esa extensa mafia del atraco legal que me exige confesión de ingresos y tributo del 35 por ciento cada mes, oh, cada mes, aparte de que cada año, para extorsionarme más, inventa una o dos veces que no he cumplido en algún pago, con algún trámite, y me amenaza con multas o con saqueo legal, es decir con el embargo de mi modestos bienes, entre los cuales el primero que me quitará seguramente será la computadora o procesador u ordenador o como quiera llamársele al querible instrumento! (Si la propiedad es un robo, el Fisco es un lento y periódico asesino.)

4 Actualmente, publico esas cosas en el Milenio Diario, donde los miércoles respondo de la columna “Carta de Esmógico City” y los domingos de la página “Los Inmortales del Momento”.

5 A tal personaje, the Person from Pollock, verdadero emblema del interruptor de la musa literaria, lo inmortalizó así su víctima el poeta Samuel Taylor Coleridge: “En el verano de 1797, el autor, por entonces achacoso, se había retirado a una apartada casa campestre situada entre Porlock y Linton, cercanías de Exmoor, en Somerset y Devonshire. A resultas de un leve trastorno, se le recetó un analgésico que le hizo quedar dormido en su sillón cuando leía la siguiente frase, o algo similar por su asunto, de Purcha’s Pilgrimage: ‘En este lugar, el khan Kubla ordenó se contruyesen un palacio y un jardín magníficos. Para ello se cercaron con un muro diez millas de terreno fértil’. Durante las tres horas en que, por lo menos en lo concerniente a sus sentidos exteriores, el autor estuvo dormido profundamente, tuvo la vívida sensación de haber compuesto unos doscientos o trescientos versos, si es que puede llamarse composición al surgir como cosas en torno suyo, sin aparentes conciencia ni esfuerzo, de aquellas imágenes con sus expresiones correspondientes. Al despertar, conservaba un recuerdo nítido de los versos y con pluma y tinta comenzó a ponerlos por escrito. Estaba en eso cuando fue interrumpido por una persona que, llegada de Porlock para algún asunto, lo entretuvo más o menos una hora, de modo que al volver el autor a su habitación, advirtió, con sorpresa y pena, que, si bien todavía guardaba un recuerdo impreciso y global de su visión, todo el resto de los versos, menos unos ocho o diez de ellos, y unas cuantas imágenes dispersas, se habían perdido como las figuras reflejadas en la superficie de un quieto río al que se ha lanzado un guijarro, pero ¡ay! sin que después se reconstituyeran.”

6 Computadora es palabra que por cierto no me gusta, porque no sé qué cosa es computar. Tampoco procesador, pues no acostumbro poner proceso a nadie. Y menos ordenador, porque detesto dar órdenes o recibirlas. Deberíamos tener una palabra española adecuada para el instrumento.

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