Aztecas

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En Hotel nómada (Siruela, 2002), Cees Nooteboom narra sus impresiones de la sala azteca del Museo de Antropología de la Ciudad de México. La tensión narrativa del texto radica justamente en la sorpresa, casi diría el pasmo, de un europeo ante el esplendor hierático de una cultura ajena en todo a su sensibilidad y sus cánones, lo mismo artísticos que morales. Y eso que quien escribe no es un restaurador de frescos renacentistas que lejos de la Toscana se siente en Barbaria, sino un escritor viajero versado en mil lenguas y lares, alguien capaz de trasladarse durante un fin de semana a Gambia por simple despecho ante el representante aduanal de Mauritania, que le niega el visado.
     Y justamente eso es lo que está despertando la exposición Aztecas de la Royal Academy of Arts de Londres: asombro. Hace muchos años que una muestra de arte no causaba tal revuelo en Inglaterra, y para comprobarlo basta un veloz rastreo de la prensa británica, aunque sea en plan de solapa de libro: “Simplemente no te la puedes perder” (The Times), “produce asombro permanente” (The Observer), “un triunfo incalificable” (Financial Times) y “un éxito masivo”, según el masivo The Sun.
     La saga histórica de los aztecas es una de las más apasionantes de la humanidad. De ser un anónimo pueblo de Aridoamérica, seminómada y semiinculto, hasta constituir la metrópoli de un imperio gigantesco en el corazón de la civilizada Mesoamérica, el transcurrir de los aztecas en sólo dos siglos es puro vértigo condensado, con dos escalas importantes: la apropiación de las claves de la refinada cultura de Mesoamérica y la construcción de la poderosa ciudad-Estado de Tenochtitlán sobre un peñón insalubre y olvidado en la orilla de un inmenso lago, habitado en sus riberas por poderosos pueblos y señoríos. Además, la toma de Tenochtitlán por Cortés y sus aliados indígenas, que se sumaron a los españoles con tal de romper el yugo de la tiranía azteca, marca el proceso histórico más singular de la historia de la humanidad. Como ha narrado con singular maestría Hugh Thomas en su retablo de la Conquista de México, nunca antes dos civilizaciones se ignoraron la una a la otra en su totalidad hasta el momento de su encuentro, se enfrentaron a vida o muerte hasta la destrucción de la menos avanzada tecnológicamente y, por último, se amalgamaron en un largo sincretismo y mestizaje de siglos que dio origen al México moderno.
     Como ocurre en todo imperio, un arma poderosa al servicio de los tlatoanis aztecas fue la manipulación histórica, la cual, a la vez que los éxitos concretos, verídicos, y el paulatino (y arduo) ascenso en la pirámide del poder en Mesoamérica, trufado de alianzas dinásticas, guerras y traiciones, construyó una versión mítica de esa historia. Dicha sublimación hizo de una tribu de guerreros implacables los herederos de la cultura tolteca (por lo tanto, del legado civilizador de Quetzalcóatl), y de su anónimo y duro deambular un proceso de predestinación, metamorfoseado el árido peñón en el lugar señalado por el dios tutelar Huichilopoztli, “colibrí izquierdo”, desde donde ese “pueblo elegido” iba a construir su imperio.
     Lo sorprendente de un país como México es que esa señal dada por Huichilobos —como nombraba José Vasconcelos a este implacable dios azteca, que anuncia la fundación del imperio justo en el lugar donde un águila descansa sobre un nopal devorando a una serpiente— sea hoy el escudo nacional de México, por más que una lectura de Carl Jung pueda abstraer una lógica diáfana (una deidad superior, aérea, devora a una deidad inferior, terrenal, hasta confundirse con ella) de este anacronismo histórico.
     La exposición está estructurada en once temas (desde los antecedentes de la cultura azteca hasta el arte indio-cristiano y los códices) y reúne, por primera vez, piezas de los museos de México nunca vistas en Europa y piezas de colecciones europeas nunca antes expuestas fuera de su sede. Un verdadero acontecimiento. Esta vertebración de la muestra permite entender a los aztecas en sus facetas más diversas, aunque quizá omite una verdad inherente a todas ellas: fue la religión como motor civilizador y dentro de ella, como máxima divisa ideológica, el sacrificio humano, lo que hizo de esta cultura una de las más originales y horripilantes de la historia.
     México es un país occidental, cristiano en su inmensa mayoría, que disfruta de la extraña sensación de pertenencia a una cultura extinta y frente a la que es ajeno en todo lo verdadero, aunque habite sobre sus ruinas, se alimente con sus recetas e incluso, por una minoría nada desdeñable, hable sus lenguas. A los mexicanos, por gracia y obra del proyecto educativo de la Revolución Mexicana, nos parece normal saber que Xipe Totec es “el gran desollado” y que la Coyolxauhqui, madre de la Coatlicue, es “la gran decapitada”. Y nos sentimos parte de unas piedras, unas ruinas y unos dioses que son polvo de la historia y que si renacieran de su letargo serían tan aterradores y perturbadores como insoportables a nuestra sensibilidad. Por esta falsa familiaridad, hemos perdido la capacidad de asombro y nos asombra que asombre lo que a nosotros simplemente nos parece normal, aunque sea bajo premisas falsas. Y claro que no me refiero a los logros objetivos —artísticos, arquitectónicos e incluso astronómicos o aritméticos— de las diversas civilizaciones del caldero mesoamericano, sino a su legado de terror y muerte, a su sanguinaria visión del mundo, a su implacable estructura jerárquica, con la divisa de los sacrificios humanos como máxima cláusula ideológica. Y esto es justamente lo que fascina de esta cultura allende nuestras fronteras: más allá de la belleza de un tocado de plumas, un perro de obsidiana o una estela funeraria, subyace el estupor de saber que todo ese tejido social y toda esa estructura civilizadora estaban basados en el puñal de obsidiana que arranca de cuajo el corazón aún palpitante de la víctima en turno.
     La cultura azteca (y mesoamericana) murió bajo el hierro de los conquistadores y la sublevación de los pueblos indios que aprovecharon la llegada de los arcabuceros extremeños para liberarse del yugo imperial, así como al dictado evangelizador de los monjes franciscanos (y después dominicos, mercedarios, agustinos y jesuitas) que esparcieron la Buena Nueva por esas tierras de América, explicando a los naturales, en sus propias lenguas muchas veces, que Dios se hizo hombre para sacrificarse por todos nosotros y salvarnos, no que era necesario sacrificarnos nosotros por los dioses. De la asimilación de este cambio copernicano nace México. Hoy, con la exposición Aztecas de Londres, los antiguos dioses palpitan de nuevo, pletóricos de belleza y furor, en las esperamos sólidas vitrinas de la Royal Academy of Arts de Londres, y vuelven a deslumbrar a los europeos que los combatieron y derrotaron.
     El catálogo de la muestra corre a cargo de la editorial Turner y no sólo incluye, con una calidad de impresión difícilmente igualable, todas la piezas de la muestra, sino también una serie de ensayos y estudios preliminares que permiten al lector neófito (y al conocedor) tener una idea global de los méritos, taras y excesos de esta cultura singular y única, atroz y perturbadora. ~