Baño electromagnético

¿Qué hay en el rango de los 0.1 a los 2.5 GHz que valga la pena escuchar? Muchas cosas: las redes de telefonía celular, el wi-fi y la televisión digital, por ejemplo, se transmiten en ese rango.
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En la foto está el Snuff: un aparato que capta las señales que se transmiten entre los 0.1 y los 2.5 GHz y las traduce, mediante procesos que me encuentro completamente imposibilitado de explicar, a una señal que el ser humano (cuyo espectro audible está entre los 20Hz y los 20 kHz) es capaz de oír. ¿Qué hay en el rango de los 0.1 a los 2.5 GHz que valga la pena escuchar? Muchas cosas: las redes de telefonía celular, el wi-fi y la televisión digital, por ejemplo, se transmiten en ese rango.

Este artilugio tiene otra peculiaridad, su procedencia. No fue ensamblado en China, sino en México. Como una actividad paralela a su exposición SIN, que se presenta desde el 20 de junioy hasta el 1 de septiembre en el Laboratorio de Arte Alameda (LAM), el artista mexicano radicado en Berlín Mario de Vega impartió, junto con su compinche español Víctor Mazón, el taller BABEL, que invitaba “a indagar sobre los límites de percepción humanos a partir de la construcción de dispositivos electrónicos con la capacidad de amplificar y traducir rangos de frecuencia no audibles a actividad acústica perceptible por el oído humano”. Yo acudí a invitación del LAM, tan interesado en indagar sobre los límites de la percepción como en construir dispositivos electrónicos, sobre todo después de leer que la experiencia o conocimiento en electrónica no era necesarios. Se desprende de lo anterior que el aparato de la foto lo ensamblé yo. Más adelante mostraré que además funciona.

De Vega y Mazón nos reciben un sábado en la mañana en la nave central del LAM, una antigua iglesia que ahora es “es un espacio dedicado a la exhibición, documentación, producción e investigación de las prácticas artísticas que utilizan y ponen en diálogo la relación arte-tecnología”, según reza en su página web. Hay una mesa larga con tomas de corriente y cajas con instrumental eléctrico. En el lugar donde cada quién habrá de sentarse espera una hoja de papel con tres recuadros. El primero muestra una serie de piezas con abreviaturas: capacitores, resistencias y el detector algorítmico AD8313, el cerebro del Snuff. El segundo recuadro contiene un diagrama donde se muestran las posiciones que estas piezas habrán de ocupar en un circuito integrado. El tercer recuadro solo contiene la imagen de un cerebro. Y encima de él está el esqueleto del Snuff: una caja de plástico de 2 x 4 x 3 cm., en cuya tapa superior está impreso el circuito integrado del diagrama. 

Cuando hemos llegado todos, Mario y Víctor comienzan con las presentaciones de rigor. De Vega es un artista que ha explorado, a través de distintos medios y plataformas, “el valor de las fallas, la vulnerabilidad y la simulación”. Mazón estudió litografía y grabado, pero muy pronto se desvió hacia la electrónica. Juntos han trabajado en ://R, “una plataforma móvil con proyectos en curso en Berlín y la ciudad de México, que investiga temas relacionados con la irritación, la corrupción de datos, la propaganda, el diseño, la amplificación de señales ocultas y la psicoacústica”. Por medio de talleres similares al nuestro, De Vega y Mazón difunden instrumentos como el Agorae, que detecta frecuencias bajas no audibles; el Babel, que es un amplificador portátil de bajo voltaje, y el Radial, un transmisor de radio FM y televisión en blanco y negro por VHF que puede conectarse a una computadora por USB. Son creaciones propias, cuyos componentes se fabrican bajo pedido en Japón, y que, puestas al alcance de unos cuantos geeks, pueden subvertir y/o poner en evidencia el espeso tráfico electromagnético que nos atraviesa y pone en contacto a nuestros aparatos de comunicación.

Entre los once asistentes al taller hay un ingeniero que está diseñando una mano robótica, una estudiante de música, un programador, un productor radiofónico, un sujeto que modifica circuitos de sintetizadores y un tipo que renta equipo de sonido para eventos del GDF. Es mi parecer que todos tienen más experiencia y conocimiento en electrónica que yo.

Mazón y De Vega reparten las piezas que ya hemos visto en el recuadro de la hoja de papel. Diminutos trocitos de silicio y metal que uno debe colocar en una posición exacta encima del circuito integrado, y luego soldar con un movimiento rápido y preciso. Para esta zambullida exprés al universo de la electrónica se requiere buena motricidad fina y cierta tolerancia al dolor. El proceso será largo: unas seis horas de fundir estaño, de manipular esas piezas minúsculas y conectar cables en el reducido espacio de la cajita. Por momentos, parece que terminar será imposible. Pero Mazón y De Vega nos han asegurado que todos saldremos de ahí con un aparato que funcione, y en no pocos momentos ponen manos a la obra para asegurarse de que así sea. En alguna de esas intervenciones de emergencia, Mazón califica mi estilo de soldar como “punk”. El toque individual, producto del accidente, la torpeza o la destreza técnica, afecta no solo el aspecto físico del Snuff, sino también su funcionalidad. Un trabajo de soldadura punk producirá, de hecho, un sonido menos puro, más cargado de interferencia. Tras el circuito integrado vienen las piezas que le darán vida: la pila, el interruptor, el regulador de voltaje, la antena.

Atardece cuando termino el Snuff y salgo a probarlo. Con unos audífonos en la cabeza, camino sosteniendo una antena. El escenario es la Alameda central un sábado por la tarde. Hay gente paseando en torno a las fuentes danzantes. Autos en las avenidas circundantes. Edificios en todas direcciones. El sonido es algo así:

 (Antes de oír, recomendamos bajar el volumen)

Es decir, una atmósfera de estática de entre la cual emergen pulsos, vibraciones metálicas: un diálogo entre las máquinas encargadas de codificar, transmitir y decodificar voces e imágenes. Información privada que puede ser interceptada por la National Security Agency (NSA). Cables ultrasecretos que pueden acabar en poder de un whistle blower. Datos bancarios sobre millonarias transacciones ilegales. Conversaciones cachondas entre un diputado y su amante. Un mensaje preguntando si llegarás a cenar. Al ponerse esos audífonos, uno percibe en toda su dimensión el mundo de promiscuidad digital en que vivimos. Percibir, desde luego, no es entender: para eso necesitamos el auricular del teléfono, la pantalla de la computadora. La orgía informacional se parece más a estar sentado en una mesa en la que todos cuentan chistes sobre ti en un idioma que no comprendes.

 

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