Blitzreisetagebuch. Diario de viaje. 1

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(Primera de dos partes)

El recorrido es largo y en automóvil, pero no va de París a Marsella, no tiene invención ni les lleva un mes hacerlo a quienes participan en él. Comprende, como cualquier viaje, cruzar la distancia entre dos puntos. Lograrlo tomará poco más de veinticuatro horas. Por obvias razones no termina como aquella hazaña, Los autonautas de la cosmopista, con “esta últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir como acaso hemos llegado a mostrarlo en esta aventura que toca aquí a su término pero que sigue, sigue en nuestro dragón, sigue para siempre en nuestra autopista” (Julio Cortázar, diciembre de 1982).

En realidad ésta no es siquiera una aventura, es un disparo mental que comienza un día antes con un par de llamadas, la compra en línea de un boleto de avión y la caída de las bolsas en todo el mundo (Nikkei: -9.6%; Footsie 100: -1.21%; Dow Jones: -7.33%; Nasdaq: -5.47%). El presunto autor de estas líneas también anda de cabeza; cae, aunque no sabe a qué velocidad ni en qué porcentaje. Sin llegar a ser un cínico, el presunto autor no cree en mucho. Son tiempos de inminente crisis. El presunto autor cree, eso sí, en sus amigos y va hasta Nuevo Laredo, Tamaulipas, para alcanzar a uno de ellos.

Come cualquier cosa y deja su casa antes del amanecer para tomar un vuelo a las 6.30 am. Faltan cuatro horas para la apertura de los mercados en la Gran Manzana Podrida. En el taxi veloz suena una canción de música ranchera: “Soy borracho y buen amigo. ¿De qué te quejas mujer?”.

El vuelo MX7220 con destino a Nuevo Laredo, aunque dura poco tiempo, se convierte en una pesadilla. El presunto autor faltó al único hábito estricto que mantiene. No es la primera vez que le ocurre. Tomó su antidepresivo una hora después de ingerir alimentos y siente que trae una bola de fuego en la boca del estómago. El vuelo llega con trece minutos de retraso, 8.23 am. Al bajar del avión, policías federales solicitan identificación oficial a todos los pasajeros. Empiezan a apartar a varios de ellos. El presunto autor mira de reojo la credencial de elector del tipo que va formado delante de él: Tomas Cocuyo Pucheta, oriundo de quién sabe dónde en el estado de Puebla. Lo apartan. Para obtener derecho de paso y continuar su camino hacia el Norte, será extorsionado junto con los demás.

Dos horas y media después, el presunto autor ya está con su amigo avanzando hacia el Sur, en dirección a Monterrey. Condiciones óptimas de manejo a bordo de “Odisea”. El amigo, quien a pesar de venir exhausto desde el glorioso estado de Illinois, sigue conduciendo un tramo más.

A las 12:09 pm, en su calidad de copiloto el presunto autor piensa en obviedades, por ejemplo la forma caprichosa en que funciona la memoria. Imágenes borrosas en su mente. Toma una foto que titula Blurring memories. Recuerda que hace poco tiempo se enamoró de alguien imposible (o creyó enamorarse, desconfía de sus propios sentidos como si éstos fueran una cuadrilla de intermediarios hipotecarios) a las puertas del Hotel Virreyes, ciudad de México, alguien cuyas refulgentes facciones han empezado a desvanecerse en su memoria.

1:25 pm en Monterrey, Nuevo León,

27 grados centígrados en la ciudad sin sombra.

1: 42 pm. Hora de comer. El presunto autor hace acto de aparición frente a las puertas del último reducto de Paraíso en esta comarca devastada.

– Bruno H. Piché

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