Cabeza de skin

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En España hay skins. Skins y nazis, fachas, falangistas, ramiroledesmistas, nostálgicos de Franco, esotéricos… La extrema derecha española está fragmentada en un millón de pequeñas (y pequeñísimas) organizaciones. No consiguen articularse en un partido político que pueda dar algo de batalla en las urnas: ese parece ser su sueño. Democracia Nacional es la única formación con cierta estructura. No hay un líder que sea respetado: ese parece ser su segundo sueño, un nuevo guía que los agrupe, que lleve con mano firme tanta energía desperdiciada. No creo que Ricardo Sáenz de Ynestrillas consiga convertirse en el líder de la extrema derecha española. [Para saber el alcance de la extrema derecha española merece la pena darse un garbeo por la página de enlaces de “¿Patriotismo en España?”: http://www.geocities.com/sin—acritud/, y sentir escalofríos.]
     En España gobernó Franco durante cuarenta años, pero hay quien nunca tiene suficiente: suficientes fusilamientos, muertes, censuras, represiones, dogmas. En Europa gobernó Hitler durante demasiados años, pero hay quien nunca tiene suficiente: suficientes muertos, suficiente dolor. Para saber qué fue Hitler basta acercarse a una sala de cine y ver Amén, la película de Costa-Gavras, en la que nunca sale Hitler (cualquier representación le hace perder fuerza). La extrema derecha española piensa lo mismo que la extrema derecha francesa, que tiene unos resultados electorales para echarse a temblar: los inmigrantes son malos, la democracia es un régimen putrefacto, nos persiguen, Hitler y Franco y el régimen de Vichy fueron maravillosos. Ideológicamente, la extrema derecha en Europa no ha dado ni un paso atrás ni un paso adelante: aunque la estética skin desagrade a la extrema derecha de orden, sus ideas y sus actos les complacen.
     Antonio Salas decidió averiguar qué demonios pasaba por la cabeza de un cabeza rapada, como a Günter Wallraff se le ocurrió pensar qué le ocurría a un turco en Alemania o como a Barbara Ehrenreich se le ocurrió pensar qué pasaba en los trabajos peor pagados de Estados Unidos. Antonio Salas se introdujo en los grupos de skins, armado con una cámara oculta, y trató de llegar al fondo del asunto: quiénes son, qué piensan, qué hacen, cómo se financian, de dónde proceden, qué música oyen, en qué trabajan… Se convirtió en un skin: se rapó la cabeza, se compró el uniforme, se introdujo en los chats nazis, creó una página web nazi, se hizo amigo de algunos nazis, fue a conciertos nazis, se metió en sus bares, compró sus revistas nazis, leyó sus libros nazis, entrevistó a sus líderes, participó (aunque afirma que no intervino) en palizas, bebió con ellos, tuvo sexo con una skin, asistió a proyecciones de películas sobre la División Azul, fue a campamentos en la naturaleza, animó en el Bernabéu y tuvo que escapar de un grupo de rojos. Lo ha contado en Diario de un skin1 y en el programa de televisión que ha elaborado con las imágenes que tomó con su cámara oculta, y con tanto y justificado miedo.
     El trabajo de Antonio Salas es antropológicamente aceptable, pero no consigue responder algunas preguntas básicas (que sí tienen respuesta, por ejemplo, en el caso del fascismo británico): ¿quién articula, en último extremo, el discurso ideológico nazi en España?, ¿quién financia?, ¿cuántos son?, ¿representan una amenaza real? A veces, parece que todo surgiera espontáneamente, de la nada, como las bacterias antes de la llegada de Pasteur. Toda su investigación se parece demasiado a un programa de televisión: incluso en la retórica.
     Lo que más me interesó de Diario de un skin fue cómo Antonio Salas transmite la sensación de camaradería, de fuerza, de victoria, que consigue cuando camina con otros rapados.
     ¿Cómo ha sentado el libro a la extrema derecha? Basta buscar en Internet: el Centro de Estudios Indoeuropeos (derivación actual de CEDADE) muestra una doble cara: critica el libro denunciando su falsedad pero en sus foros defiende la expulsión de los skins del movimiento nacionalsocialista. Algunos skins que aparecen en el libro afirman que no conocen a Antonio Salas, que no estuvo con ellos jamás, aunque él lo afirme. Otros le recriminan su ignorancia musical (la investigación sobre la música skin ocupa demasiadas, y aburridas, páginas del libro). Otros revelan a medias la identidad del periodista. Miguel Serrano, el ideólogo esotérico chileno del nazismo, que goza de una gran reputación (inexplicable para quien haya leído su prosa delirante), dice que todo es un complot de la CIA. Da la impresión de que todos están muy satisfechos: uno de los estigmas de la extrema derecha es su invisibilidad y festejan cualquier aparición, aunque sea negativa (y para algunos lo ha sido: hay ya denuncias en los tribunales).
     Antonio Salas tuvo que abandonar la investigación sobre el movimiento skin porque un policía le delató a los rapados. Ojalá eso no quiera decir lo que parece decir. ~

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