Conan I de Europa

Schwarzenegger ha declarado que le gustaría ser presidente de Europa. Esa anécdota resulta reveladora y profundamente inquietante, en un momento en el que la Unión genera poco entusiasmo y en el que lo nacional pesa mucho más que lo suprenacional.
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    Entre los deseos de Arnold Schwarzenegger está alcanzar la presidencia de Europa.
    Leí la noticia en Le Figaro, y en Burdeos, y mi primer pensamiento, casi un acto reflejo, fue: los estadounidenses son gilipollas, cuánta ignorancia y cuánta prepotencia.
    Sin embargo, cuando la niebla antiyanqui se disipó de mi cabeza, pensé que era la primera vez, en muchos meses, que escuchaba a un político que apostaba verdaderamente por Europa, y que le parecía un proyecto suficientemente interesante para trabajar en él.
    Ningún líder europeo ha dicho que anhela esa presidencia, que, de todas maneras, no existe como la sueña Arnold Schwarzenegger.
    No existe porque no existe una Constitución Europea, que pese a su imperiosa necesidad, fue derrotada en varias consultas populares, asaeteada por quienes creían que no era más que un documento económico. No existe porque no hay elecciones europeas, sino elecciones nacionales al parlamento europeo, que es quien organiza una comisión gubernamental, ahora presidida por José Manuel Durão Barroso.
    Arnold Schwarzenegger podría presidir la comisión si fuera parlamentario electo por Austria, país en el que nació y que fue pionero, gracias al líder ultraderechista Jörg Haider, en evidenciar que en la Europa democrática había partidos nacionalistas y racistas que podían gobernar, y poner en práctica sus políticas rancias. Después llegaron los ascensos de la familia Le Pen y los verdaderos finlandeses y los verdaderos húngaros y otros verdaderos xenófobos.
    Por miedo a perder electores, la derecha mainstream ha asumido algunas de esas “ideas ultra”, y la quiebra inminente del Tratado de Schengen, que garantiza la libre circulación de personas por todo el territorio europeo, forzada por Sarkozy y Berlusconi ante la llegada de inmigrantes tunecinos, es una muestra más, pero muy relevante, de que lo nacional pesa mucho más que lo supranacional.
    Jorge Semprún se preguntaba, en una entrevista para la edición de febrero de esta revista, y a propósito de la quiebra demográfica: “¿Por qué Europa no asume la inmigración en vez de dejarla al azar de la historia?”
    Esa pregunta, como otras sobre la plasmación política y social de la gran idea de Victor Hugo, interesa muy poco en esta Europa en crisis, económica y política.
    Solo al actor que interpretó a Conan en el cine le parece un sueño gestionarla.