Conciertos de charola

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Patrick Jane, en la serie televisiva The Mentalist, dirige una alocución con su peculiar estilo descarado a los millonarios asistentes a una gala benéfica y los insta a levantar la mano si están satisfechos por no ser pobres; en seguida les pide no bajar la mano si están dispuestos a donar. Como remate pide a un divertido caballero de la fila más próxima busque en el bolsillo izquierdo de su esmoquin. El acaudalado decano extrae una pequeña paloma temblorosa.

Hay una retórica en nuestra cotidianidad y acaso pocas culturas más retóricas que las anglosajonas. Cuando me enteré de la gravedad de los sismos que estremecieron a Haití, recordé que apenas unos días antes había visto en E! Entertainment Televisión una entrevista con Wyclef Jean. El rapero destacaba el papel que las unidades deportivas desempeñan como puntos de referencia para los jóvenes pobres, siempre tentados y copados por la delincuencia como única alternativa en un mundo miserable y aburrido, y promovía donaciones para su natal Haití. Así que pensé: seguro Wyclef hará una gala benéfica para recaudar fondos; una ocasión como ésta amerita un concierto con estrellas pop reunidas.

Si Patrick Jane, ingeniosa y cínicamente encarna el papel del mago que obliga a la gente a extraer su chequera, en el ecosistema pop las cenas y galas de beneficencia han sido sustituidas por los conciertos. Si antes se ironizaba al decir que si una noticia no salía en los diarios no existía, hoy podríamos afirmar que una desgracia que no es soliviantada, así sea parcialmente, por un concierto de beneficencia, no es una tragedia.

Los primeros conciertos que recordamos fueron ingentes y marcaron el derrotero de los festivales pop. Al punto de que Monterey Pop es más recordado como el epítome del magno festival que por haberse concebido para recaudar fondos. Memorable fue el concierto para Bangladesh. George Harrison, descubriendo el potencial político que la palabra “beatle” entrañaba, reunió una pléyade pop, con Bob Dylan, Eric Clapton, Ringo Star y Ravi Shankar. Este concierto, que surgió del acuerdo entre Harrison y Shankar, determinó los lineamientos para los conciertos benéficos sucesivos. Una estrella pop con el suficiente liderazgo convoca a sus colegas instándoles a actuar por poco o nada. En el caso de Harrison, quiso ayudar a su mentor, el músico indio de origen bengalí, Ravi Shankar, quien buscaba paliar la miseria de los pakistaníes orientales asolados por la guerra intestina y por los monzones. Harrison y Shankar en un primer momento acordaron donar las regalías del sencillo “Bangladesh” del ex beatle, y luego propusieron un concierto de larga duración en el Madison Square Garden.

Si el Concierto para Bangladesh es el decano de estas iniciativas, acaso el concierto benéfico más famoso de la historia pop sea el Live Aid: concierto bifronte celebrado en Londres y en Filadelfia en 1985, bajo la égida de Sir (Saint) Bob Geldof con Midge Ure (Ultravox) como diácono. Aunque el imaginario recuerda más a Etiopía como destinatario, en realidad se concibió para paliar la hambruna que asoló el oriente de África en esos años. Live Aid marcó la modalidad de los conciertos en la posmodernidad. Se trasmitió globalmente gracias a la televisión satelital –diferido–, en vez de como testimonio documental fílmico, tal como fueron Monterey y Bangladesh, o show exclusivo por televisión, como los de Camboya y el Gran Baile de la Policía Secreta en Inglaterra. Su impronta fue tal que el acontecimiento quedó registrado más allá de los anales de la música. En México, Juan Villoro lo enunció como una de las singularidades de su crónica de los tiempos del rock: Tiempo transcurrido, breviario de los cambios en la sensibilidad de las generaciones pop y su asimilación mexicana.

Curiosamente el fin de semana en que se celebró el magno, omnipresente concierto en la televisión de paga, Hope for Haiti Now, también se trasmitió un pequeño e íntimo concierto cuyo propósito era igualmente recaudar fondos, aunque para otra causa: el de Donovan. El concierto en beneficio de Haití consiguió, más allá de la congregación de estrellas del mundo pop al que Wyclef Jean pertenece –Justin, Shakira, Alicia Keys, Rihanna, Cristina Aguilera, Jay-Z, Beyoncé– y de unos pocos rockeros infaltables, conciliar diferencias y unir canales. Un auténtico Teletón –el concepto es originalmente norteamericano y no mexicano: ya los Fabulosos Hermanos Baker salían en uno que recababa muebles para un gimnasio colegial– que se pudo apreciar durante dos horas por CNN, Fox, Warner, Entertainment, Nacional Geographic, Sony, MTV, VH1, HBO… El de Donovan en cambio, aunque modesto, también se trasmitió globalmente. Ambos parecen decisivos, pese a sus diferencias y su alcance; ejemplos del posible futuro de los conciertos de beneficencia.

Antaño, el encanto de los conciertos masivos era ver interpretar en una o varias noches a las estrellas más célebres sus mayores éxitos. Una especie de antología con lo mejor de lo mejor pero en vivo. Ahora, después del Live Aid, los conciertos, además de trasmitirse simultáneamente, ser un catálogo del in del mundo pop, devienen también un pretexto para entregarse a la cursilería. Por supuesto debe de existir una canción que todos puedan entonar y que exprese los buenos sentimientos. Hope for Haiti Now reunió a estrellas de cine y televisión con músicos de rock y pop en una empresa humanitaria. Por ello, se pronostica que los conciertos, en adelante, unirán el esfuerzo común de las celebridades, sean mediáticas o musicales.

Donovan Leitch, uno de los grandes músicos de la década de los sesenta, en activo aún, ha concebido una fundación mediante la cual apoya el ejercicio de la meditación trascendental en las escuelas. La meditación controla la agresividad y ayuda a combatir los trastornos de atención en niños problemáticos. Apoyado por David Lynch, el músico escocés ha ofrecido dos conciertos en años recientes para recaudar fondos. Dos días después del maratón televisivo convocado por George Clooney y Wyclef Jean, Donovan se presentó en el recién reconstruido teatro Cuvillies de Munich. Lo inédito del concierto fue que, al igual que el de Hope for Haiti Now, se trasmitió igualmente a todo el mundo, aunque en este caso a través de la página de Donovan en Internet. En el antiguo recinto diseñado para conciertos de música clásica, con un público de personas mayores de cuarenta años, Donovan, ataviado con una sencilla camisola de seda cruda púrpura y pantalones amplios de lino a la usanza yogui, con una guitarra acústica con los emblemas de Irlanda y la simbología celta, interpretó varios de sus éxitos más reconocibles: “Superman Sunshine”, “Colours”, “Yellow Mellow”, “Season of the Witch”, además de otras canciones menos famosas pero igualmente emotivas, en especial “Sand and Foam”: una bella descripción de las playas mexicanas, acaso bajo el efecto de la mezcalina.

El concierto en apoyo de Haití será recordado como el primero que logró que una nación, Estados Unidos, se uniera, gracias a la aristocracia del pop –la verdadera realeza según Martin Amis–, a través de la televisión en apoyo a otra nación. Y marca, como se ha dicho, un derrotero en conciertos de esta magnitud: el esfuerzo conjunto de las celebridades, sin importar el ámbito de influencia. El concierto de Donovan, por su parte, humilde y de bajo perfil, será recordado como un concierto global de beneficencia sin gran parafernalia, con un equipo modesto pero eficiente, que permitió, sin paga alguna, llegar a todas partes donde hubiera un fan que tuviera una conexión a Internet. Por ello me parece igualmente decisivo: cualquier celebridad capaz de conseguir financiamiento de empresas y particulares podrá, con bajo presupuesto, trasmitir globalmente y concienciar a través de la red, sin recurrir a la televisión o a otros canales convencionales.

Donovan, abanderado conmovedor de la sensibilidad jipi, sin detrimento de sus ideales, pues los ha conservado –uno puede no estar de acuerdo pero respeta su congruencia y honestidad–, sentencia: la red social es el nuevo ensueño del jipismo. Y uno asiente y comprende que aún en su versión más mercantilizada, en su propósito más melodramático, los conciertos benéficos son uno de los sueños de los sesenta que llegaron para cambiar el mundo. Y permanecen.

– José Homero

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