Cuando la gloria es ser Nadie

Un escritor nunca sabe si pasará a la fama como Alguien con nombre y apellido, o a la fantasmal gloria de ser Nadie.
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Un escritor nunca sabe si pasará a la fama como Alguien con nombre y apellido, o a la fantasmal gloria de ser Nadie. El segundo caso lo está comprobando el que esto escribe, yo mero, José de la Colina, quien, para no abundar en el “odioso yo”, en adelante seré aquí nada más que J de la C.

En el prólogo de un libro publicado hace veinte años: la Antología de cuentos de terror y de misterio (colección Sepan Cuantos, Editorial Porrúa, México, 1993), se leen estas líneas:

“Años atrás escuché el relato siguiente, que de entonces para acá carece de dueño. Un hombre extraviado en el desierto llega sediento a un oasis. Ve un manantial y al lado de él una virgen hermosa. Se acerca y dice: ‘Por favor, dime que no eres un espejismo’. A lo que ella responde: ‘El espejismo eres tú…’ Y acto seguido, el hombre desaparece.”

Una semanas antes Ilán Stavans, el reponsable de tales líneas prologales, las había publicado en el suplemento semanal de un importante periódico de México. Al leerlo, J de la C sintió que el espejismo era él mismo, el autor de ese minicuento del que no hay quien pueda presentar alguna prueba de haber sido contado, escrito y mucho menos impreso antes del 14 de julio de 1976, en que por primera vez fue publicado (¿o fue un espejismo de tinta y papel?), con otros minicuentos del mismo J de la C, y bajo el título global de “Espejismos”, en el Diorama de la Cultura, suplemento semanal del diario Excélsior.

La frase titular ,“Una pasión en el desierto”, es la única ajena a J de la C en ese relato que luego sería recogido en dos libros suyos: Tren de historias, de editorial Aldus, 1998, y Traer a cuento, del Fondo de Cultura Económica, 2004. Es el titulo de un relato de Balzac en el que un legionario perdido en el desierto vive amores con una pantera, y no hay allí ni espejismos ni oasis ni mujer. Pero el minicuento del viajero perdido y el oasis y la mujer, etc., sí es de J de la C, quien lo escribió al vapor, además de otros diez, en la muy cafeinada media tarde del 13 de julio de 1976 en que Ignacio Solares, entonces director del Diorama de la Cultura, había entrado en la vecina redacción de la revista Plural para solicitarle al susodicho “unas cuartillas de lo que se te ocurra, cualquier cosa que tengas en el cajón o que puedas hacer en un decente maquinazo para mañana mismo, pues tenemos en blanco toda una plana”. Y semanas más tarde Edmundo Valadés publicó en uno de los famosos recuadros de su revista El Cuento, número 88, y con la firma del autor al pie, el tal minicuento, que va así:

“El extenuado y sediento viajero perdido en el desierto vio que la hermosa mujer del oasis venía hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.

–¡Por Alá–gritó–, dime que esto no es un espejismo!

–No –dijo la mujer–, el espejismo eres tú.
Y en un parpadeo de la mujer, el hombre desapareció.”

En fin, acaso la transcripción de Stavans mejora el cuento haciéndolo más rápido y aligerándolo de un mero adorno (el agua danzante en el ánfora), pero en cambio J de la C preferiría conservar el decisivo parpadeo del segundo personaje, la mujer, a quien Stavans le atribuye la condición virginal, como si eso fuese perceptible a primera vista por un asoleado náufrago del desierto que en tal situación no se hallaría muy perspicaz ni muy interesado en virguerías.

El cuento está recogido, ¿y para siempre aposentado?, en Traer a cuento (Fondo de Cultura económica, 2004), antología de la obra cuentística de J de la C, pero desde que Stavans lo declaró carente de dueño (o sea sin autor reconocido) se aparece a veces por ahí sin atribución al autor o como de “autor anónimo”, lo cual le recuerda a J de la C unos versos de Manuel Machado (hermano de Antonio):

    “Hasta que el pueblo las canta

las coplas, coplas no son,

y cuando las canta el pueblo

ya nadie sabe el autor.

     “Tal es la gloria, Guillén,

de quien escribe cantares:

oír decir a la gente
que no los ha escrito nadie.”

Y quizá J de la C habrá de resignarse a que ese cuento sea desde ahora como piedra rodante que irá de boca en boca, cada vez más de Nadie, mientras que su autor irá siendo como aquel Rey de Runagur (de un cuento de Lord Dunsany) a quien los dioses condenaron no sólo a dejar de ser, sino, además, a nunca haber sido.

 

 

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