De libros y viajes por Myanmar

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Un modo tan bueno como cualquier otro de relatar un viaje es acudir a los libros que se leyeron —o no— durante el mismo. En una librería del aeropuerto de Singapur, camino de Myanmar —ese país ensimismado del sudeste asiático que pocos saben señalar en el mapa desde que dejó de llamarse Birmania—, compré los únicos libros relacionados con mi destino que encontré: More Far Eastern Tales, de Somerset Maugham, Through the Jungle of Death, de Stephen Brookes, y Letters from Burma, de Aung San Suu Kyi. En Bagan, aparte de pasear en bicicleta y visitar una treintena de los más de dos mil templos budistas que convierten esta llanura junto al río Irawady en un lugar maravilloso e irreal, leí el relato autobiográfico de Brookes. Cuenta la huida de su familia anglobirmana por las selvas del norte del país ante la invasión japonesa en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, y es uno de esos libros que sirve para demostrar algo obvio: no basta con sufrir experiencias extremas para escribir bien. Para recuperarme, de vuelta a Yangún por carretera, entre arrozales, campos de girasoles y palmerales, me incliné por un valor seguro. De los relatos de Maugham seleccionados en la edición, sólo uno, "Masterson", transcurre en Myanmar. Su prosa, tan elegante como sus personajes, me llevó a pensar que si salía de la habitación del hotel me iba a encontrar el pasillo repleto de sportsmen bebiendo ginpahits y mujeres tan aburridas como poco inquietas.
     En el avión hacia Sittwe, ciudad portuaria del oeste, empecé las cartas de Aung San, ganadora del premio Nobel de la Paz en 1991, líder de la oposición al régimen dictatorial socialista birmano y todavía en arresto domiciliario. El grito de un joven birmano al ver la foto de la portada interrumpió mi lectura: "Oh, the Lady!". Me dijo que él tan sólo conocía el contenido del libro de oídas, prefirió no arriesgarse a que se lo regalara, y me explicó que si los agentes del gobierno descubrían que yo lo llevaba, podría tener problemas. No obstante, decidí no deshacerme de él, quizá porque a un libro prohibido y valiente se le coge cariño. A partir de ese momento, los controles de equipaje en los aeropuertos se convirtieron en algo no sólo molesto, sino también tenso. Tras una apacible travesía en barco por el río Aungdat, llegué a Mrauk-U, un pintoresco pueblo en el que se levantan, entre arroyos y una frondosa vegetación, las ruinas de las pagodas y los templos construidos en piedra de un poderoso reino rakhaing del siglo XVI. Allí disfruté con la edición pirata de Burmese Days, de George Orwell, que había comprado —lo siento— en Bagan. Irónico y mordaz, Orwell describe el sofocante y embrutecedor ambiente que se respira en una minúscula colonia inglesa asentada en un lugar perdido de la selva.
     Unos días después, para mi desgracia, antes de llegar a la playa de Ngapali, pasé por el trago de que cinco funcionarios de aspecto patibulario se entretuvieran con mi equipaje durante un cuarto de hora que a mí me pareció interminable. La ropa limpia, la sucia, el neceser, los cuadernos y todo lo demás se convirtieron en un espectáculo a mayor gloria de su diversión. Reían, me guiñaban el ojo, preguntaban si estaba casado y, llegado el momento, lo único que estaba deseando es que encontraran el libro de Aung San y acabaran de una vez. Pero no fue así —quizá porque les ofrecí un cigarrillo y pensaron que ya estaba bien de reírse a mi costa— y el libro continuó su viaje. En la playa, sin más tareas que las de pasear hasta un pueblecito de pescadores, nadar o comer, me vi en la obligación de comprarme un libro a precio de hotel, porque ya no disponía de más lecturas. Aunque caro, Burma, de Max y Bertha Ferrars, una descripción práctica y muy anglosajona del país y sus gentes, resultó ser una fuente inagotable de información, y la constatación de que Myanmar no había cambiado nada desde finales del siglo XIX.
     De vuelta a Yangún, la capital, que vive a la sombra de la desmesurada e impresionante pagoda Shwedagon, me acerqué a los puestos de libros de la calle 37, con la intención de comprarme uno en birmano, atraído por su singular caligrafía. La escritura birmana —una de las cuatro pali, aquellas que recogen los textos budistas— consiste en una sucesión de círculos y semicírculos de extraordinaria belleza. Su amor incondicional por la curva se debe a que, por desconocerse el papel, se escribía con un buril sobre hojas de palma, y al ser casi imposible trazar líneas rectas sin romper las hojas, la escritura fue evolucionando hacia la actual. Los libros antiguos de hojas de palma, apaisados, muy largos y con las cubiertas lacadas, son verdaderas joyas. Yo me conformé con comprar un librito editado por Zabu Meit Swe Press en 1960, del que ignoro su título o contenido, y que, por descontado, nunca leeré. Y así, con unos cuantos buenos libros leídos, alguno no tanto, otro prohibido y el último ilegible para mí, regresé a Madrid de un viaje por Myanmar, el país hipnotizado por sus propias pagodas.-


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